Querida loca resentida:

Otra vez es el cumpleaños de la abuela. Otro cumpleaños desierto. Era el último del tramo principal de cumpleaños, una racha que comenzaba el uno de febrero y terminaba el veinticinco de marzo. Cómo soltar la costumbre, más estando débil, necesitando de todo lo bueno conocido. Supongo que cambiándola por otra. Ahora está J., cumple el quince de abril.

#mymadbaddiary

Querida loca resentida:

No sé si me desintegra más lo que sucede o alimentar el trampantojo social de que en nada me afecta. Desgasta esto de ser un material de alta conductividad con una capa aislante por encima.

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Querida loca resentida:

Entre todas las cosas que hoy se -me- dieron, tanto dentro como fuera de la cabeza, si es que esta dualidad existe, en el último momento me sucedió una francamente notable: alcancé a ver que solo una i jugando al cucu tras con desenvoltura separa al miedo del medio.

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Querida loca resentida:

Esta película me dejó tocado. A su vez, me sacó de su propia sinopsis al valerse de tácticas narrativas innecesarias. Da la impresión de que debía ser un documental y la forzaron a cambiar de indumentaria, de ahí que la historia me roce fuerte sin adentrárseme. Me debato en este punto. Por suerte, los sucesos fuera de las pantallas están faltos de ese control estructural que busca el impacto, y que con ello, a veces y en su perjuicio, lo dificulta. Tal vez madurar sea continuar sintiendo lo que le ocurre a las otras personas sea como sea que se nos cuente, capear el volverse de piedra año a año, drama a drama.

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Querida loca resentida:

Anoche terminé un libro por sorpresa. Nada parecía indicar que ya se acababa. Había algunas hojas más de margen (que resultaron ser agradecimientos y asuntos del estilo) y la historia no daba motivos para rematarse de modo inminente. Pues se terminó. Releí las últimas páginas de nuevo para cerciorarme, para ubicarme, para aceptar que el vehículo se detenía ahí. Daba lo mismo cuántas relecturas hiciera: seguía sin comprender que justo en ese punto los personajes decidieran continuar en la intimidad sus vivencias. Lo más probable es que me perdiera entre las páginas del relato cuyo estilo y posibilidades tanto me gustaban, y parece que tanto me desorientaron.

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Querida loca resentida:

Un par de noches atrás me dispuse a limpiar a fondo la taza grande, de medio litro de capacidad, en la que bebo el té y otras infusiones. Tenía en el fondo alguna suciedad incrustada por tanto uso y yo un producto de limpieza nuevo cuyo objeto es, a priori, facilitar la desaparición de las manchas difíciles sin tener que dejar la vajilla en remojo.

Rocié con el espray la taza y lo dejé actuar veinte minutos. Retiré con agua caliente. El resultado fue mejorable. Pulvericé de nuevo y ahora froté con un estropajo de aluminio el culo de la taza, la zona más necesitada de mi esfuerzo. Entre la espuma, el agua y el froti froti la taza se me escapó de las manos en un descuido. Fue a parar justo debajo, sobre los platos que estaban escurriendo. Pero con la fuerza de la caída fue suficiente como para hacerle una mella en el borde.

Mi taza favorita, la única de gran tamaño que tengo, desportillada tan solo once meses después de su compra.

Pienso en esto desde que la rabia descendió. Es frágil la belleza. Aún la puedo usar, pero ahora es otra cosa. Ahora sé que solo tengo esa taza y que está tocada, desconchada. Antes parecía que estaría conmigo para siempre porque su apariencia era saludable.

Los seres vivos compartimos una sección importante de este razonamiento. Sin embargo, yo pienso aprovecharme de las disparidades: entre mis planes está adquirir una nueva taza de similar formato. Cuando la posea, gracias a la paz de saberme con un reemplazo, la defectuosa me lo parecerá menos.

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Querida loca resentida:

Limpiando donde la vecina tuve una epifanía de andar por casa. Sostenía una figurita de cerámica mala que contaba con polvo y alguna telaraña. Le pasaba la bayeta húmeda con frustración, pensando en lo poco que aguanta la limpieza, en la lucha interminable que es, una auténtica carrera de fondo. Así, me planté en la idea de que lo que llamamos suciedad es otra de las sofisticadas maneras que tiene la naturaleza de sentarse a nuestra mesa y reclamar pasivamente lo que es suyo. Un maremoto o un huracán son formas más impactantes de hacer acto de presencia, pero no sé si más efectivas que marcar nuestras moradas con una pátina perpetua de polvo.

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Querida loca resentida:

Recibí una información por azares. De un modo indirecto, a través de una tercera persona, supe que le sucedió algo bueno a alguien de mi entorno. No me alegré. El contexto me mató. Por suerte, ya son muchas matrículas de honor en urbanidad y disimulé al punto. En resumidas cuentas, yo soy el resultado de lo que soñé que sería y lo que aparento ser.

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Querida loca resentida:

Apenas hará dos semanas que coincido en mi hora habitual, la de antes del cierre, con una pareja (diría que son de otro municipio o llevan poco en este) en el gimnasio. Me caen regular, sobre todo él.

El tipo se pasea por la sala sin pretensiones, sin un objetivo. Luego se detiene, y se sienta en una máquina para contemplar el resto del espacio durante unos minutos (interminables si estás en su campo visual) hasta que comienza a moverla. Es común en él dejar la toalla y volver a caminar por los pasillos, puede que canturreando a media voz como si estuviera solo, parándose con su pareja o bien arrellanándose en otra máquina, ya sin toalla de por medio.

Cuando coincide que necesito hacer alguna de las que ocupa... me la salto y recalo en la siguiente según mi plan. Si estoy dentro de su campo de visión y está ocioso evito cruzar miradas y pongo cara de estar en un aseo público, neutral salpicada de mala hostia.

Parece estar en su casa aun conociendo el lugar hace menos de un mes. Su gestualidad, su cantinela, el tono de su voz, la postura de la espalda, los andares. No hay extrañeza del entorno ni reparos con las otras personas, solo una manera de estar entre la libertad y la mala educación. Dominio del escenario.

¿Qué se sentirá al ser un hombre?

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Querida loca resentida:

Volvía anoche a casa con Kira, ya pensando en encerrarnos, cuando un armatoste se nos apareció, dificultándonos el tránsito.

En la placeta de esta calle, así como en distintas localizaciones del casco urbano, colocaron un obstáculo para dotar de un atractivo extra al acontecimiento deportivo que tuvo lugar el día de antes. Yo, persona para nada deportista y sin implicación en las celebraciones municipales, lo tenía olvidado.

Llegando a la bocacalle antesala de la placetilla, vislumbré a una pareja joven sentada en un banco, mirando sus teléfonos. Inmediatamente quise evitar pasar a su lado. Aprovechando que Kira va pegada a las paredes, seguí su dirección natural, pues era la más alejada de ese banco. En medio de ellos y nosotras, el hándicap de troncos, tablas y malla metálica. Era cuestión de rodearlo por ese lado.

Lado que culminaba sin salida porque echaron paja por todo el extremo final del artefacto del demonio.

<<Solo es paja>>, pensé. <<No vamos a retroceder ahora y que encima de tener que pasar a su lado -de la parejita-, se percaten de mi error de cálculo. No es tanta paja, se pisa y punto.>>

Descubrí que el obstáculo tenía parte de juego sucio. Al pisar la paja mi pie se deslizó a causa de la hierba seca, pero también al descubrir mediante el tacto tablones ocultos con los que no contaba. Me desequilibré. Kira se asustó, y ya iba mosca por hacerla pasar por ahí. Me recompuse sin llegar a caer haciendo fuerza a la desesperada en la parte baja de mi cuerpo. Evité una caída pública y logré resentirme la próstata.

Superada la prueba sin nota, con un rídiculo público parcial hecho, quedaba continuar sin mirar atrás, al banco donde seguro que ya nadie miraba su teléfono, poner la espalda tiesa, aparentar dignidad, y llegar a casa.

Solo me dolió que hubiese testigos. De haberme tropezado sin remedio hubiera sido algo secundario si hubiese estado desierta la plazoleta. El ridículo molesta más que la próstata.

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