Querida loca resentida:
Un par de noches atrás me dispuse a limpiar a fondo la taza grande, de medio litro de capacidad, en la que bebo el té y otras infusiones. Tenía en el fondo alguna suciedad incrustada por tanto uso y yo un producto de limpieza nuevo cuyo objeto es, a priori, facilitar la desaparición de las manchas difíciles sin tener que dejar la vajilla en remojo.
Rocié con el espray la taza y lo dejé actuar veinte minutos. Retiré con agua caliente. El resultado fue mejorable. Pulvericé de nuevo y ahora froté con un estropajo de aluminio el culo de la taza, la zona más necesitada de mi esfuerzo. Entre la espuma, el agua y el froti froti la taza se me escapó de las manos en un descuido. Fue a parar justo debajo, sobre los platos que estaban escurriendo. Pero con la fuerza de la caída fue suficiente como para hacerle una mella en el borde.
Mi taza favorita, la única de gran tamaño que tengo, desportillada tan solo once meses después de su compra.
Pienso en esto desde que la rabia descendió. Es frágil la belleza. Aún la puedo usar, pero ahora es otra cosa. Ahora sé que solo tengo esa taza y que está tocada, desconchada. Antes parecía que estaría conmigo para siempre porque su apariencia era saludable.
Los seres vivos compartimos una sección importante de este razonamiento. Sin embargo, yo pienso aprovecharme de las disparidades: entre mis planes está adquirir una nueva taza de similar formato. Cuando la posea, gracias a la paz de saberme con un reemplazo, la defectuosa me lo parecerá menos.