Discurso de Lord (George Gordon) Byron: En defensa de los luditas en la Cámara de los Lores
Lord Byron fue el único noble que se opuso a la aprobación de una ley que castigaba con la muerte a quienes rompieran máquinas. Los amigos luditas
Una traducción revisada de su discurso:
En Antología del Discurso Político (es un pdf) hay partes del discurso de Lord Byron traducidas (pero no todo el discurso).
«El 20 de marzo de 1812 entró en función la Frame-Breaking Act, una ley que castigaba con penas hasta de muerte a cuantos atentaran contra los nuevos telares característicos de la Revolución industrial. La de Lord Byron fue de las pocas sensibilidades del tiempo capaces de enfrentarse al resto de lores de la Cámara para salir en defensa de estos luditas e introducir un punto de comprensión a su violencia. Las nuevas máquinas estaban destruyendo el sistema de vida y de trabajo de la gente. Estos reaccionaban aplicando una justicia destructora-reparadora, que remitía a las tradiciones comunitaristas (el rescate de personajes de leyenda como el Capitán Ludd así lo atestigua). Pero a ello se pretendía responder con toda la contundencia del primer Ejército del mundo, ahora empleado en su guerra contra Napoleón, el escenario general de este instante. Byron quiso hacer ver lo insensato de esa solución y la injusticia que conducía a los trabajadores a la desesperación, al hambre, a la violencia y, ahora, al patíbulo.
Antología del Discurso Político
Lord (George Gordon) Byron
En defensa de los luditas
27 de febrero de 1812, Cámara de los Lores, Londres
Este asunto sometido por primera vez a sus señorías, aunque nuevo en la Cámara, no es, de ninguna manera, nuevo en el país. Creo que todos lo han ponderado cuidadosamente mucho antes de su introducción para que sea analizado por esta Legislatura cuya interferencia por sí sola podría ser de gran contribución. Como soy una persona en contacto, en cierta media, con el condado que lo está sufriendo, aunque siendo un extraño, no sólo a esta Casa en general, sino para casi todos los individuos de cuya atención presumo solicitar, debo reclamar un poco de indulgencia de sus Señorías, mientras ofrezco algunas observaciones sobre el tema en el que me confieso profundamente interesado.
Entrar en los detalles de estos disturbios sería superfluo; la Casa ya es consciente de cada afronta cometida que llevó a los derramamientos de sangre que han sido perpetrados, y que los propietarios de los telares, que eran tan ofenvisos para los alborotadores, y para todas las personas que supuestamente están conectadas a tales aparatos, fueron sujeto de insultos y de violencia.
Recientemente, durante el breve tiempo que pasé en Nottinghamshire, no transcurrieron doce horas sin algún acto de violencia, y el día en que dejé el condado se me informó de que cuarenta telares habían sido destrozados durante la noche anterior y, como suele ser habitual, sin que nadie opusiera resistencia y sin que nadie lo detectara.
Tal era la situación de ese condado entonces y tengo razones para creer que así sigue siendo en estos momentos. Pero si bien hay que admitir que estos atropellos existen en un grado alarmante, no puede negarse que han surgido como consecuencia del sufrimiento más extremo. El modo en que estos miserables hombres perseveran en sus actuaciones tiende a demostrar que nada, salvo la miseria más absoluta, podría haber conducido a gran parte de estas personas honradas y trabajadoras a cometer excesos tan peligrosos para ellas mismas, sus familias y la comunidad. Durante el episodio al que he aludido hubo un gran despliegue militar en la ciudad y el condado; la Policía se había movilizado y los magistrados se habían reunido, pero, a pesar de todo, estos movimientos, civiles y militares, no conducieron a nada. No ha habido un solo caso en que se haya detenido a algún delincuente en el momento de los hechos, ni existen pruebas legales suficientes para su condena.
Pero la policía, por más inútil que fuera, no estaba, de ningún modo, inactiva : varios notorios delincuentes se detectaron; hombres que fueron condenados, con las más claras pruebas, del crimen capital de la pobreza; hombres, que habían sido vilmente declarados culpables de engendrar legalmente a varios hijos, a quienes,-gracias a estos tiempos! -eran incapaces de mantener.
Se ha causado un considerable perjuicio a los propietarios de los nuevos telares. Estas máquinas eran para ellos una ventaja, en la medida en que sustituían la necesidad de contratar a un número de trabajadores y, en consecuencia, estos eran condenados a pasar hambre. Con la adopción de un tipo de telar en particular, un hombre realizaba el trabajo de muchos, y los trabajadores sobrantes fueron despedidos. Ahora bien, hay que observar que la calidad de la obra era inferior, que no era comercializada internamante sino que simplemente se puso en marcha con miras a la exportación. Era conocido, en la jerga del oficio, por el nombre de “trabajo araña”. Los obreros despedidos, ciegos en su ignorancia, en lugar de alegrarse por tan beneficiosos avances técnicos de la humanidad, consideraron que estaban siendo sacrificados en beneficio de ese perfeccionamiento mecánico. En su ingenuidad, se imaginaban que el mantenimiento y el buen hacer de los pobres trabajadores tendrían mayor repercusión que el enriquecimiento de unos pocos individuos gracias a las mejoras en el comercio, que dejaban a los trabajadores sin empleo y sin la digna prestación de su salario. Y hay que confesar que, durante el período de prosperidad de nuestro país, hubo una condición privilegiada de la economía que hizo posible la adopción de maquinas mayores, que beneficiaron al patrón sin perjudicial para el trabajador. Sin embargo, en la actual situación de nuestras manufacturas, que están pudriéndose en los almacenes sin perspectivas de exportación, con la demanda de trabajo y de los trabajadores disminuida por igual, este tipo de telares tienden significativamente a agravar la angustia y el malestar de estas víctimas decepcionadas.
Pero la verdadera causa de estas angustias y de los consecuentes disturbios es más profunda.
Cuando se nos dice que estos hombres se aliaron, no sólo para la destrucción de su propio bienestar, sino de sus propios ‘medios de subsistencia, podemos olvidarnos que fue la amarga política, la guerra destructiva, de los últimos dieciocho años, que destruyó su bienestar, el de ustedes, el bienestar de todos los hombres; que esa política emergente de «Grandes Estadistas que ya no existen más», sobrevivió a los muertos para convertirse en una maldición sobre los vivos hasta la tercera y cuarta generación!
Esos hombres nunca destruyeron sus telares hasta volverlos inútiles hasta que estos se convirtieron en obstáculos reales a sus esfuerzos por ganarse su pan de cada día
Pueden preguntarse entonces: en tiempos como estos, cuando los que quiebran, los condenados por fraude, y los imputados por delitos, se encuentran en un estado no muy por debajo del de sus Señorías, los que están más abajo, aunque sean el segmento más útil de los hombres, ¿deben uds. olvidarse de su deber ante sus aflicciones, y convertirlos sólo en menos culpables que uno de sus representantes? Pero aunque el delincuente exaltado puede encontrar los medios para burlar la ley, nuevas penas capitales deben ser elaboradas, nuevas trampas de muerte deben ser diseminadas, para el miserable mecánico al que se lo declara culpable por estar hambriento.
Esos hombres estaban deseando cavar, pero la pala estaba en otras manos; no les avergonzaba mendigar, pero no había nadie que les ayudara. Se habían eliminado sus medios de subsistencia.
Todos los posibles empleos estaban ocupados. Y los excesos cometidos, aunque vergonzosos y condenables, no deben sorprendernos en absoluto.
Se ha dicho, que las personas que tenian la posesión temporal de los telares fueron cómplices de su destrucción; si esto se demostró en un interrogatorio, sería necesario que los materiales utilizados en el crimen fuesen presentados como prueba para su castigo. Pero tengo la esperanza de que cualquier medida propuesta por los Lores del Gobierno de Su Majestad, fuera fundamentada en estas bases; o, en caso que esto fuera imposible alguna investigación preliminar, que alguna deliberación, fueran consideradas necesaria: no que fuésemos llamados inmediatamente, sin examinaciones y sin causas para dictar sentencias al por mayor y firmar garantías de muerte con los ojos vendados.
Incluso, admitiendo que estos hombres no tenían motivos para quejarse, que las las protestas de ellos y las de sus empleadores no tenían ningún fundamento, ellos merecerían lo peor; que ineficiencia, que imbecilidad, se ha evidenciado en el método elegido para reducirlos! ¿Por qué se convocó a los militares para hacer una parodia si no iban a ser llamados para nada? A pesar de la diferencia de las estaciones, ellos simplemente parodiaron la campaña de verano del Mayor Sturgeon; y, de hecho, todos los procedimientos, civiles y militares, parecen compuestos en los modelos del Mayor Sturgeon y de la Corporación de Garrett. Tales marchas y contramarchas! de Nottingham a Bulnell, de Bulnell a Bareford, de Bareford a Mansfield! Cuando finalmente, los destacamentos llegaron a su destino, con todo ‘el orgullo, la pompa y circunstancia de la gloriosa guerra,’ llegaron justo a tiempo para presenciar el daño que se había hecho, y la fuga de los autores; -para recoger el spolia opima [ hace referencia a la armadura, armas y otros efectos que un general de la antigua Roma se quedaba como trofeo de guerra tras haber vencido al general enemigo en un combate singular en el que sólo hubiesen participado ellos dos. Wikipedia], de los fragmentos de los telares quebrados, y regresar a sus cuarteles en medio de la burla de las mujeres ancianas, y los abucheos de los niños. Aunque ahora en un país libre.
Sería deseable que nuestros militares no fueran demasiado temibles, por lo menos para nosotros mismos. No imagino otra ley que los ponga más en situación de hacer el ridículo. La espada es el peor argumento que se puede utilizar, por eso que debería ser el último: en este caso ha sido el primero, pero, afortunadamente, hasta el momento ha permanecido en la vaina. La presente medida, de hecho, la sacará de ahí. Aunque hubo reuniones en los primeros momentos de estos disturbios, las quejas de los patrones han sido sopesadas y examinadas justamente. Creo que deberían haberse puesto medios para devolver a sus ocupaciones a estos trabajadores y la tranquilidad al país. Hoy en día, el condado sufre la doble presión de unas Fuerzas Armadas inactivas y de una población hambrienta. ¿En qué estado de apatía nos han sumido durante tanto tiempo como para que ahora, por primera vez, la Cámara haya sido informada oficialmente de estos altercados? Todo esto ha pasado a ciento treinta millas de Londres y, sin embargo, nosotros —¡hombres buenos y benévolos!— nos hemos solazado en nuestra grandeza y nos hemos sentado a disfrutar de nuestros triunfos extranjeros en medio de la calamidad doméstica. Pero todas las ciudades que habéis tomado, todos los ejércitos que se han rendido ante vuestros generales, no son más que miserias autocomplacientes si vuestra tierra se divide contra sí misma y vuestros dragones y verdugos deben ser soltados contra sus conciudadanos.
Podéis considerar a estos hombres una multitud desesperada, peligrosa e ignorante, y pensar que la única manera de silenciar a la bellua multorum capitum [turba] es cortar algunas de sus despreciables cabezas. Pero creo que será mejor disolverla mediante la razón, combinando conciliación y firmeza, más que irritación y sanciones. ¿Somos conscientes de nuestras obligaciones hacia la multitud? Es la multitud la que trabaja vuestros campos y cuida de vuestros caballos, la que se encarga de vuestra Armada y recluta vuestro Ejército; ella es la que os ha permitido desafiar al mundo, y la misma que os puede desafiar cuando el abandono y la calamidad los lleve a la desesperación. Ustedes pueden considerar a esa gente una turba, pero no deben olvidar que, a menudo, las multitudes representan los sentimientos de las personas.
Y aquí debo resaltar con qué presteza están ustedes acostumbrados a acudir en auxilio de sus aliados cuando se encuentran en apuros, abandonando a los afligidos de su propio país al cuidado de la providencia o de la parroquia.
Cuando los portugueses sufrieron luego de la retirada de los franceses, fueron ofrecidos todos los brazos, se abrieron todas las manos, -desde la generosidad del rico a la ofrenda de la viuda, todo les fue otorgado para que puedan reconstruir sus aldeas y reponer sus graneros. Y en este momento, cuando miles de compatriotas desafortunados e infelices están luchando en el extremo de la penuria y del hambre, vuestra caridad empieza en el Exterior, sin embargo, debería terminar en casa. Es una suma mucho menor-un décimo de la recompensa concedida a Portugal- incluso si estos hombres (no puedo admitirlo sin indignación) no podrían haber sido reconducidos a sus empleos, habrían hecho innecesario clavarles una bayoneta en sus entrañas y la horca. Pero, sin duda, nuestros fondos tienen demasiadas reivindicaciones extranjeras para admitir, en vez de una perspectiva de alivio doméstico – aunque nunca haya sido exigido tal objetivo.
He recorrido el teatro de la guerra en la península, he visitado algunas de las provincias más oprimidas de Turquía, pero nunca, aún bajo el más despótico de los gobiernos infieles, he contemplado la escuálida miseria que he visto aquí desde mi regreso, en el corazón de un país cristiano. ¿Y qué soluciones proponen ustedes? Después de meses de inactividad y de una actividad peor que la inactividad, surge la gran panacea que nunca falla…la panacea de nuestros médicos infalibles desde los días de Draco hasta la actualidad. Después de sentirle el pulso y no aprobar al paciente, prescribían el tratamiento normal de agua tibia y sangrías- el agua tibia de su insípida policía, y las sangrías de las lancetas de sus militares- estas convulsiones deben terminar en muerte, la consumación segura de las prescripciones de todas las sangrías políticas.
Dejando a un lado la injusticia palpable y la ineficacia del proyecto de ley, ¿no hay suficientes penas capitales en vuestros códigos? ¿Quieren encerrar a todo el país en la cárcel? ¿Erigirán una horca en cada campo y colgarán a hombres como si fueran espantapájaros? ¿O procederán (ya deberían hacerlo para implementar esta medida) con su ejecución; colocando al país bajo la ley marcial; a someter al país a la ley marcial, despoblando y arrasando todo lo que nos rodea, y devolviendo a su condición de coto de caza y refugio para los proscritos al bosque de Sherwood como un muy aceptable regalo para la Corona? ¿Son estas las soluciones para una población hambrienta y desesperada?
¿Acaso será llevando a sus horcas al hambriento miserable que ha desafiado a sus bayonetas? Cuando la muerte resulta un alivio, el único alivio que se les puedes asegurar es que pronto encontrarán la tranquilidad eterna.
¿Cuando la muerte es el único alivio concedido, serán obligados a eso tranquilamente? ¿Eso que no pudo ser efectuado por sus granaderos, pueden lograrlo sus verdugos? Si continúan por las formas de la ley, ¿dónde estarán las pruebas? Los que se han negado a acusar a sus cómplices cuando solamente el castigo era el destierro, difícilmente se verán tentados a testimoniar contra ellos cuando la pena es la muerte. Con el debido respeto a los nobles Lores, creo que una pequeña investigación, alguna averiguación previa, podría inducirlos incluso a cambiar su propósito. Esta medida, la más preferida por el Estado, tan maravillosamente eficaz en muchos casos recientes no produciría ninguna ventaja esta vez. Cuando se hace una propuesta para emancipar o aliviar, uds. vacilan, deliberan durante años, contemporizan y manipulan las mentes de los hombres; pero una proyecto de ley capital debe ser aprobada sin pensar en sus consecuencias.
Estoy seguro, por lo que he escuchado y he visto, de que aprobar la ley bajo estas circunstancias, sin consulta, sin deliberación, solo servirá para agregar más injusticia a la irritación y más barbarie a la negligencia. Los autores de ese proyecto de ley deben de estar contentos de heredar los honores
de aquel legislador ateniense cuyos edictos, según dicen, estaban escritos, no con tinta, sino con sangre.
Pero, supongamos que uno de estos hombres, que he visto demacrados por el hambre, deprimidos por la desesperación, despreocupados por una vida que sus señorías tal vez estén a punto de valorar como algo menos preciado que un telar; supongamos que este hombre, rodeado de unos hijos a los que es incapaz de procurarle el pan en el extremo de su existencia, a punto de ser alejado para siempre de una familia que últimamente sostenía pacíficamente, y que no es culpable de no poder seguir haciéndolo; supongamos que este hombre —y hay diez mil más entre los que ustedes pueden elegir a sus víctimas— es llevado al tribunal para ser juzgado por este nuevo delito, por esta nueva ley. Todavía necesitarán dos cosas para condenarlo: doce carniceros para un jurado y el juez Jeffreys [el famoso “juez de la horca” de Jacobo II] para presidirlo.
El Discurdo de Lord Byron en inglés
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