El costo de la ceguera voluntaria
Parece que el inventario del desastre nunca es suficiente cuando la identidad está en juego. Nos preguntamos cuántos cuerpos, cuántas filas para el hambre o cuántas voces silenciadas se necesitan para que alguien suelte el dogma, la ideología, el apego a tal líder hasta defendernos a capa y espada, pero la respuesta es aterradora: para el fanático, ninguna cifra es demasiado alta. Para un [ideología] + "ista", la evidencia se niega no por falta de ojos, sino por miedo al vacío. Aceptar que la ideología que defienden a capa y espada es la misma que está empuñando el látigo, matando y haciendo sufrir a la gente significa aceptar que fuimos cómplices, que la "superioridad moral" era de papel y que el paraíso prometido es, en realidad, una fosa común llena de miseria y gusanos.
Hacerse "de la vista gorda" es un mecanismo de supervivencia emocional. El ser humano prefiere vivir en una tiranía que conoce que en una verdad que lo avergüenza. Por eso, aunque el panorama completo muestre un naufragio, muchos deciden quedarse en el camarote repitiendo consignas, tratando de convencerse que su ideología es lo mejor y es la solución de todos los problemas, mientras el agua les llega al cuello. Recapacitar requiere un nivel de honestidad y madurez que pocos poseen, porque implica reconstruir la propia vida desde las cenizas del error. Abrir los ojos duele porque la luz de la realidad siempre quema cuando se ha vivido tanto tiempo en la oscuridad de una mentira compartida.
S.P. Filósofa Urbana
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