Diario de un Androide Roto – Día 15 (Versión expandida y reescrita)
AVISO AL LECTOR: Este capítulo fue completamente reescrito y expandido como parte de la versión final (bueno, la más reciente, digamos para no sonar tan tajante) de Diario de un Androide Roto. La serialización de la novela está siendo publicada y traducida al inglés en Substack, donde la historia continúa.
Hace rato que me estoy dedicando de lleno a la literatura. Y como tengo mala memoria, cada vez que abro algo escrito por mí, no sé muy bien con qué me voy a encontrar. En este tiempo aprendí que a veces no conviene reescribir tanto, porque hay que darle al lector espacio para imaginar. Pero también que a veces no es reescribir, es volver a escribir, volver a crear, y eso se disfruta.
En fin, solo quería poner en orden esto, para que no se me pierdan.
Para leer la versión definitiva, actualizada y en curso: adrianfares.substack.com
Día 15
Madre y padre contratan a una terapeuta para androides. Aunque hay terapeutas para androides que son androides, Tina es humana. Viene a casa para una sesión de evaluación, a ver si puede tomarme como paciente.
Tina es alta, flaca y pelirroja. Tiene sesenta años, pero aparenta veinte menos. Ni bien entra, sugiere que es mejor que madre y padre no estén presentes. Suben a la planta alta.
Yo voy y me siento en la poltrona que está al lado de la mesa. Tina se queda de pie y me pregunta por qué estoy sentado. Ya sabe que mi problema es el caminar por la casa sin parar. Le digo que me da vergüenza caminar frente a ella. Me pregunta por qué lo hago frente a padre y madre. Le digo que es mi familia y que me conocen tanto que puedo expresar mi verdadero yo delante de ellos. Que delante de extraños, como ella, enmascaro. Me dice que ella es Tina, terapeuta y que no tengo que tener vergüenza. Que camine.
Me incorporo y le pido permiso para que se corra. Se queda mirándome desde el ventanal mientras inicio mi recorrido. Voy del comedor al garaje y vuelvo; luego paso del comedor al living y regreso. Sin pausa, repito toda la secuencia completa dos veces más. Cuando vuelvo al comedor me dice que me detenga. Me pregunta en qué pienso cuando camino. Le digo que en Ara, mi exnovia, en náufragos y en suicidas, aunque a veces pienso en cualquier cosa. Asiente con la cabeza. Me pide que me siente en la poltrona, y lo hago.
Propone que le cuente un cuento. Sabe por madre y padre que yo le contaba historias a mis hermanos cuando eran chicos. Le digo que perdí esa facultad. Pero que a veces se me ocurren historias extrañas.
Como la de la mujer que tiene un hijo muy tranquilo. Apenas se escucha. Ella le lee cuentos de hadas hasta que el niño se duerme. Lo mira mientras da vueltas en la calesita para asegurarse de que baje sano y salvo. Le compra helados. Pero los helados se derriten en sus manos. La que se duerme contando los cuentos es ella. El niño no existe. Cuando la terapeuta de la mujer no le sigue más el apunte y, al final, le hace ver que no tiene ningún hijo, la mata.
Tina me dice que es interesante. Me pide que le cuente algo más esperanzador, menos oscuro. Dudo si seguir. Tina no pestañea. Entonces invento otra historia.
Es de un hombre que roba un feto del museo de la morgue judicial, piensa que es su hijo abortado, y recorre todo el país con el feto en una mochila. En el sur, frente a una montaña, se sienta a la orilla de un lago. Le da consejos al hijo, le advierte sobre la vida, el éxito y el amor.
Tina la escucha y me pregunta qué cosas puntualmente le dice el hombre al feto. En mi historia el hombre le dice que le hubiera gustado verlo crecer, pero que la vida es tan complicada que prefiere tenerlo ahí en la mochila y cuidarlo del mundo. “Y entonces para qué le da consejos”, me pregunta, como enojada. “Por si se le escapa”, le digo.
Trato de inventar más diálogos, pero no me salen. Tina frunce toda la cara, como si oliera feo. No parece haberle gustado el último cuento más que el primero. Le comento que para mí es una historia hermosa, y le digo que estoy seguro de que si la pudiera contar mejor, le gustaría a mucha gente.
Le pregunto a Tina si necesita más historias.
Me dice que por ahora está bien. Y me pregunta si contando cuentos me olvidé de Ara y de caminar. Asiento con la cabeza. Pero enseguida me levanto, le pido permiso y empiezo a caminar. Pregunta si no me da vergüenza esta vez. Le contesto que lo hago para que vea cómo estoy todo el día, así puede evaluar la terapia a aplicar. Me propone que, mientras camino, me aconseje a mí mismo en voz alta, como si fuera otro androide al que tuviera que convencer de que deje de caminar.
Le digo al androide ficticio que es malo para su red neuronal caminar todo el día adentro de la casa. Que sería mejor aprender algo nuevo, para la flexibilidad de sus conexiones. Que no piense tanto en su exnovia porque es probable que ella lo haya olvidado o que esté con otro androide o humano. Que es el pasado y hay que mirar hacia delante. Que no gana nada caminando de un lado para el otro porque su exnovia no va a volver así. Que afuera está lleno de androides que lo pueden querer por lo que es. Que él no tiene la culpa de haberla perdido si fue un desperfecto en su red neuronal. Que ya no puede arreglar lo del incidente en el hotel Dawson porque es pasado y el pasado no se puede, por ahora, alterar. Que si se pudiera alterar el pasado tal vez sí podría solucionar su problema, volver atrás y hacer que su exnovia siga siendo su novia. Que tal vez en una dimensión paralela a la nuestra él siga con Ara. Que ahí él nunca acogotó al huésped ni la lastimó. Tina me dice que me detenga. Me siento.
Le pregunto si va a ser mi terapeuta y me dice que lo tiene que evaluar. Me dice que llame a padres. Lo hago y bajan con mirada esperanzada. Tina les dice lo mismo, que lo va a evaluar, y en la puerta les murmura algo que no puedo escuchar.
Padre y madre entran y no parecen muy optimistas. Les pregunto cómo me fue y me dicen que bien. Que fui auténtico.
Les pregunto si puedo seguir caminando y padre me muestra las palmas de las manos a la altura de los bolsillos de su pantalón.
Entiendo que sí, puedo.
por Adrián Fares
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