/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
El 4ºB del edificio no aparecía en los registros.
Nadie vivía allí, decían.
Las ventanas siempre cerradas, la puerta cubierta de polvo, el buzón lleno de propaganda antigua.
Pero todos en el grupo de vecinos sabían que había algo.
Algo que se movía cuando nadie debía estar.
Una noche, alguien escribió en el chat:
—¿Quién vive en el 4ºB?
Silencio.
—Nadie —respondió otra vecina—. ¿Por qué?
—Porque bajé la basura y escuché pasos dentro —dijo la primera, con la voz temblando.
Al principio creyeron que era imaginación.
Que el eco del pasillo, que las tuberías viejas… cualquier explicación servía.
Pero ella envió un audio.
El pasillo sonaba normal.
Sus pasos.
El silencio.
Y luego, detrás de la puerta del 4ºB, una voz.
Suave, baja… susurrando nombres.
—¿Qué nombres? —preguntó alguien.
—Los nuestros —dijo ella, con un hilo de voz.
El portero, veinte años en el edificio, intervino:
—Sí. Son los nombres de todos los que vivimos aquí.
El chat quedó en blanco.
Nadie respondía.
Nadie respiraba.
Cinco minutos después llegó otro audio, esta vez desde el propio 4ºB.
La voz susurró:
—Falta uno.
Y entonces todo cobró sentido.
No era un piso vacío.
Era un lugar que esperaba.
Que observaba.
Que anotaba cada nombre, cada hábito, cada rutina.
Esa noche, nadie volvió a mirar la puerta igual.
Nadie bajó la basura sin mirar el 4ºB.
Porque todos sabían que lo que ignoramos… a veces no nos ignora.
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