𖤐 𝑳𝒂 𝑪𝒂𝒓𝒄𝒂𝒔𝒂 𝑽𝒂𝒄𝒊́𝒂 𖤐
Hubo un día en el que dejé de existir.
No fue un apagón; fue una certeza gélida, súbita, imposible de discutir: estoy muerto.
No una metáfora, no una tristeza profunda.
Muerto.
Lo sé porque el silencio en mis costillas es absoluto.
Ni un latido, ni el rumor viscoso de la sangre empujando.
Solo quietud.
Un vacío limpio.
El tipo de silencio que no pertenece a los vivos.
El problema es que el mundo es testarudo y se niega a reconocer mi ausencia.
Salí a la calle y la normalidad de los vivos me resultó insultante.
Me saludaban, comentaban el tiempo, uno incluso me pidió la hora con esa confianza absurda que se deposita en los semejantes.
Le respondí mirando mis manos, esperando que notara el tono apagado de la piel, la rigidez incorrecta de los dedos.
Nada.
Para ellos soy un ciudadano más; para mí, soy carne estancada, materia sin impulso movida por pura inercia, como un cadáver empujado por la corriente.
Esa noche, la farsa continuó en la cocina.
Mis padres me observaban con la atención nerviosa de quienes creen que el amor se mide en cucharadas.
—Come un poco, te quedas en los huesos.
El plato apareció frente a mí como una ofrenda inútil.
El olor me sabía a ceniza y metal.
Tragué por compromiso, sintiendo cómo cada bocado caía en un pozo negro, sin estómago que lo recibiera.
No había digestión, solo desaparición. Verlos masticar con ese apetito animal, húmedo y real, me hizo sentir aún más lejos de este mundo que insiste en seguir funcionando sin mí.
Lo peor es el espejo del pasillo.
Ese cristal mentiroso me traiciona cada vez que paso.
Me devuelve una imagen joven, intacta, con mejillas sonrosadas y ojos claros.
Una máscara de vida.
Me quedo mirándola demasiado tiempo.
Me toco la cara frente al reflejo y siento calor, elasticidad, una piel que responde… pero mi mente grita que es mentira, que el espejo conspira para mantenerme en esta obra de teatro grotesca.
A veces creo que si parpadeo, el reflejo llegará tarde.
No pude más.
Necesitaba que la tierra me diera la razón.
Salí al jardín a oscuras y empecé a cavar con las manos desnudas.
Mis dedos “muertos” no registraban el frío ni el dolor de las uñas rompiéndose.
La tierra se abría dócil, como si me estuviera esperando.
Quería mi sitio, el refugio lógico de la humedad.
Cuando el hoyo fue suficiente, me tumbé dentro.
Sentí el abrazo pesado del suelo y pensé que, por fin, todo encajaba.
Cerré los ojos esperando que el pulso —si es que aún fingía existir— se detuviera de una vez.
Pero al amanecer, el sol me golpeó la cara y el aire volvió a entrar en mis pulmones como una condena.
Me levanté, sacudí la tierra del pijama y regresé a casa para desayunar. Nadie comentó nada.
Esa es la tragedia del síndrome de Cotard: que por mucho que sepas que no estás aquí, el mundo se empeña en ponerte una taza delante y preguntarte si quieres azúcar.
A veces el delirio se vuelve más grande que yo.
Sospecho que el mundo entero es un decorado barato, sostenido por costumbre.
Si yo estoy muerto, ¿qué garantiza que lo demás siga ahí cuando dejo de mirarlo?
Toco las paredes y suenan huecas, como si la casa también estuviera vacía por dentro.
Como si compartiera mi estado.
Hay días en los que la putrefacción se hace evidente.
Huelo algo rancio en cada exhalación, como si mis pulmones estuvieran cubiertos de moho.
Siento el corazón frío, esponjoso, inútil.
Hablan de fármacos, de ajustes de dosis, como si la química pudiera engañar a la muerte.
Quieren provocar espasmos en un cadáver y llamarlos mejoría.
La ciencia no es más que el miedo de los vivos intentando no mirarme demasiado.
Lo más aterrador es la sospecha de la inmortalidad.
Si ya no tengo órganos que fallen, ¿cómo voy a morir de nuevo?
Estoy condenado a ser esto: un cadáver funcional, atrapado en una carcasa presentable mientras los demás envejecen y se estropean con dignidad.
El tiempo no pasa para mí; se pudre alrededor.
Deseo la hospitalización para que dejen de mirarme con esperanza.
Me da igual que me aten, que me alimenten por sonda.
Mi higiene me importa tres pimientos; ¿quién limpia una tumba desde dentro?
Solo quiero que el espejo se rompa y deje de fingir.
Que muestre el hueco negro que soy.
Mientras tanto, cada mañana bajo a desayunar.
Sonrío.
Mastico.
Doy las gracias.
El espejo insiste en devolverme una piel rosada.
Pero a veces —solo a veces— juraría que el cristal parpadea… y durante un segundo, brevísimo, deja ver lo que hay detrás: algo vacío, algo que no debería seguir sentado a la mesa.
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