/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/

Hay algo raro en las bromas del 1 de abril…
no en las que hacemos nosotros, no.
En las otras.

Las que no tienen dueño.

Todo empezó como siempre: mensajes tontos, audios editados, alguna foto manipulada.
Nada fuera de lo normal.
Hasta que me llegó ese vídeo.

Salía yo.
Mi salón.
Mi sofá.

Pero yo no lo había grabado.

En el vídeo estaba dormida, con la tele encendida.
Hasta ahí, vale.
Lo inquietante vino después: la “yo” del vídeo abrió los ojos… y miró directamente a la cámara.

El problema es que en mi casa no había ninguna cámara.

Pensé que era una broma muy currada.
De mal gusto, pero una broma.
Hasta que llegó otro vídeo.

Esta vez no estaba dormida.

Estaba sentada, mirando al móvil… leyendo ese mismo mensaje.

Exactamente ese.

Sentí un nudo en el estómago. Levanté la vista del teléfono muy despacio, como si algo dentro de mí supiera que no debía hacerlo.

El salón estaba en silencio. Demasiado.

Y entonces lo oí.

Un pequeño clic.

Como de grabación.

No venía de fuera.
Venía de dentro.

De algún sitio en la casa… o peor.

Miré alrededor, intentando no hacer ruido, como si eso sirviera de algo.
Y en ese momento, el móvil vibró otra vez.

Otro vídeo.

No quise abrirlo.
Pero lo hice.

Salía yo.
De pie.
Justo donde estaba ahora.

Mirando hacia la pantalla…
pero no al móvil.

A mí.

Y sonreía.

No era mi sonrisa.

Desde entonces, cada 1 de abril apago el teléfono, cierro las cortinas y no contesto a nada.

Porque hay bromas que no buscan hacer gracia.

Buscan comprobar cuánto tardas en darte cuenta…
de que ya no estás sola.

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