La anestesia del mito: por qué preferimos una mentira bonita a la verdad histórica
Es un espectáculo cotidiano en el mundo moderno: personas inteligentes y estudiadas defendiendo con uñas y dientes a personajes, ideologías o creencias que la historia ya demostró que eran destructivos. Cuando se les presentan pruebas contundentes, documentos oficiales o declaraciones de los propios implicados, la reacción automática no es la reflexión, sino la negación absoluta. Esto ocurre porque los seres humanos rara vez nos enamoramos de la realidad; nos enamoramos de las narrativas que nos hacen sentir cómodos. Adoptar una bandera o un ídolo nos da una gratificante sensación de pertenencia y superioridad moral. El problema es que, con el tiempo, esa creencia se vuelve parte de nuestra propia identidad, y aceptar que nuestro héroe era un villano se siente como una traición a nosotros mismos.
Nuestra mente prefiere construir muros de justificaciones absurdas antes que aceptar el doloroso golpe de haber estado equivocados. Negar los hechos es un mecanismo de defensa del ego para no aceptar que fuimos engañados o que apoyamos causas hipócritas. Romantizar el pasado o las ideologías nos permite seguir viviendo en una película reconfortante de buenos contra malos, donde nosotros, por supuesto, siempre somos los buenos de la historia. Sin embargo, madurar como sociedad exige tener el coraje de abrir los libros de historia sin filtros, de mirar a los monstruos de frente y de aceptar que la verdad es compleja y muchas veces incómoda. Es mil veces más digno caminar con la verdad a cuestas que vivir arrodillados adorando a un mito de cartón.
— S.P. Filósofa Urbana
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