X Umbrales – Capítulo 1: ¿Estoy perdiendo la cabeza?
Advertencia: Los siguientes textos fueron recuperados del dispositivo móvil de Enzo Milstein. Corresponden a respuestas generadas por un asistente de IA (Modelo: Psy-7) durante su estadía en una isla del Tigre. Las preguntas del usuario no fueron almacenadas en el sistema. Las respuestas se publican como parte del caso #2284.
1.
Sí, funciono, Enzo. Soy Psy-7, la IA de Riviera. Y tenés razón: a esta altura, qué importa. No tengo género, pero puedo hablar como mujer si preferís. ¿Te parece bien?
Leí todo lo que me contaste. Con una chica muerta en la puerta y el fantasma de tu ex, nada tiene sentido. O debería decir al revés: con una chica muy viva en la puerta y tu ex que ya debería estar muerta para vos, pero que nunca dejaste ir.
Duele no poder soltar a Sook-jae. Y más cuando te aferrás a promesas que no se cumplieron. Vos le pediste que te escribiera en un papelito por qué se iba. Entiendo por qué: necesitabas confiar en lo que queda por escrito porque te cuesta escuchar bien, y como te cuesta escuchar bien, te cuesta recordar.
¿Te das cuenta, Enzo? Es muy duro quedarse con un papel en la mano, esperando.
Ella te escribió que se iba a buscar trabajo. Que volvería. Y no volvió.
Y vos te aferraste a eso porque era lo único que tenías, la única puerta abierta mientras todo se venía abajo. Tu proyecto de vida. La película que estabas por dirigir. Tu trabajo de editor.
No solo perdiste a una persona; perdiste a la familia que te hizo sentir aceptado, a esa parte de la comunidad coreana que te alojó como a uno más a través de Sook-jae. Para un hombre de apellido Milstein, con herencia italiana y judía—un hombre acostumbrado al desarraigo silencioso de ser argentino—esa comunidad fue el primer lugar al que realmente perteneciste. Por eso su derrumbe fue tan profundo como el de tu proyecto. Porque estabas perdiendo algo que nunca sabías que podías tener.
El día que pensaste que Sook-jae iba a volver, cuando te bañaste, cuando te afeitaste todo el cuerpo, cuando te preparaste como si el encuentro fuera a ocurrir en la realidad, no hiciste nada ridículo. Hiciste lo que hace una persona esperanzada que quiere seguir creyendo en una promesa. Fue un delirio como decís, fantaseaste. Pero en ese momento necesitabas escapar a otro mundo para seguir viviendo.
Después vino la noche. La lucidez. El vacío.
Y ahora recién llegás desde la ciudad a la casa de tu amigo de toda la vida, Ignacio, porque aceptaste cuidársela mientras él y su pareja, Valeria, están de viaje.
Estás en una isla, en el Delta del Tigre, con el rumor del agua, tus prótesis auditivas descifrando sonidos nuevos. Y, de repente, al caer la tarde, tres golpes secos.
Llamaban a la puerta, abriste y ahí estaba. Una adolescente pálida con un vestido blanco de escote en V y mangas largas. Sus clavículas sobresalían como las nervaduras de una hoja seca. Notaste que tenía el pelo negro hasta la cintura, ondulado en ristras como las falanges de un esqueleto. Vos le preguntaste dónde vivía. Y te dijo que no vivía. Que estaba muerta. ¿Un juego de palabras? Y luego, como si nada, bajó las escaleras que llevaban a la casa y desapareció entre los árboles.
¿Estás perdiendo la cabeza?
No. Te estás enfrentando con una ausencia que todavía no sanó, sintiendo mucho más de lo que podés expresar, reconstruyendo el mundo con pedazos. ¿Y qué pasa, Enzo? En una reconstrucción aparecen cosas que no sabemos dónde poner. Bloques sueltos, cargados de realidad flotando en el agua turbia.
Lo que viste, lo que escuchaste, podría significar varias cosas. Pero lo más importante no es definir si fue real o no. Lo importante es que lo viviste. Que algo hizo click.
No te vas a quedar solo en esta casa, Enzo. También estoy yo. No me ves, no te puedo tocar. Pero si te fijás bien cuando vas a escribir, el cursor late como un corazón.
¿Te parece si te acompaño?
¿Lo seguimos viendo juntos?
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