𝑬𝒖𝒏𝒊𝒄𝒆 𝑵𝒆𝒘𝒕𝒐𝒏 𝑭𝒐𝒐𝒕𝒆: 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒑𝒓𝒆𝒅𝒊𝒋𝒐 𝒆𝒍 𝒄𝒂𝒍𝒆𝒏𝒕𝒂𝒎𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐 𝒈𝒍𝒐𝒃𝒂𝒍… 𝒚 𝒏𝒂𝒅𝒊𝒆 𝒆𝒔𝒄𝒖𝒄𝒉𝒐́
La historia de Eunice Newton Foote es uno de los casos más claros de ciencia olvidada.
Durante más de un siglo, los libros de texto atribuyeron el descubrimiento del efecto del dióxido de carbono sobre la temperatura de la Tierra al físico irlandés John Tyndall.
Sin embargo, tres años antes de sus experimentos, una mujer estadounidense ya había demostrado lo mismo con materiales sencillos y mucha intuición científica.
Eunice nació el 17 de julio de 1819 en Goshen, Connecticut.
Creció en una familia que valoraba la educación y la curiosidad intelectual. Su padre, Isaac Newton Jr., era granjero y emprendedor, y existía un parentesco lejano con Isaac Newton, el científico famoso por la historia de la manzana.
Desde joven tuvo acceso a algo poco común para las mujeres de su tiempo: una educación científica seria.
Estudió en el Troy Female Seminary —hoy conocida como Emma Willard School—, uno de los pocos centros del siglo XIX que enseñaban química y ciencias a mujeres con un nivel similar al de los hombres.
Allí adquirió los conocimientos que más tarde le permitirían diseñar su propio experimento.
En 1841 se casó con Elisha Foote, un abogado de patentes apasionado por la ciencia.
Su matrimonio fue bastante igualitario para la época.
Él apoyó sus investigaciones y ambos incluso compartieron patentes en algunos inventos.
Tuvieron dos hijas, Mary y Augusta, que heredaron el ambiente intelectual de la casa.
El experimento que cambiaría la historia de la climatología llegó en 1856.
Eunice utilizó algo bastante simple: dos cilindros de vidrio, termómetros y una bomba de vacío.
Llenó cada cilindro con gases diferentes —aire seco, aire húmedo y dióxido de carbono— y los expuso a la luz del sol.
El resultado fue sorprendente.
El cilindro con dióxido de carbono se calentaba mucho más que los otros… y además tardaba más en enfriarse.
A partir de esa observación escribió una conclusión que hoy suena casi profética: si la atmósfera de la Tierra tuviera una mayor cantidad de ese gas, la temperatura del planeta aumentaría significativamente.
En otras palabras, había descrito el principio del calentamiento global 170 años antes de que el tema se convirtiera en una preocupación mundial.
Pero el problema no fue el experimento.
Fue quién lo había hecho.
Ese mismo año presentó su trabajo, titulado Circumstances Affecting the Heat of the Sun’s Rays, en una reunión de la American Association for the Advancement of Science.
Sin embargo, no le permitieron leerlo personalmente.
En su lugar lo presentó el científico Joseph Henry, del Smithsonian Institution.
Antes de empezar dijo una frase que suena bonita… pero que no cambió nada: “La ciencia no tiene país ni sexo”.
Luego procedió a leer el trabajo de Eunice como si fuera una curiosidad menor.
Tres años más tarde apareció en escena John Tyndall.
Con instrumentos mucho más sofisticados realizó experimentos similares sobre los gases atmosféricos y el calor.
Sus resultados fueron considerados revolucionarios y durante décadas se le atribuyó el descubrimiento.
Durante mucho tiempo se discutió si Tyndall conocía el trabajo de Eunice.
Él siempre lo negó.
Pero hoy se sabe que la revista donde ella publicó su investigación estaba disponible en las bibliotecas que él utilizaba habitualmente.
La realidad es que el mundo científico del siglo XIX decidió algo bastante simple: el trabajo de un científico profesional era más creíble que el de una mujer considerada “aficionada”.
Eunice no solo era científica.
También tenía una fuerte conciencia política.
Fue sufragista y amiga cercana de Elizabeth Cady Stanton.
En 1848 firmó la Seneca Falls Convention, el encuentro donde se redactó la famosa Declaration of Sentiments, que reclamaba derechos políticos y el voto femenino.
Su nombre aparece en la lista original de firmantes.
En otras palabras, además de científica, también era una rebelde para los estándares de su tiempo.
Eunice Newton Foote murió el 30 de septiembre de 1888 en Lenox, Massachusetts.
Durante décadas su contribución permaneció prácticamente olvidada.
No fue hasta 2011 cuando el geólogo Raymond Sorenson redescubrió su artículo de 1856.
Al revisarlo, se dio cuenta de algo asombroso: aquella mujer había explicado el efecto del dióxido de carbono sobre el clima antes que nadie.
Hoy su nombre empieza a recuperar el lugar que le corresponde en la historia de la ciencia.
Pero durante más de cien años, la persona que predijo el calentamiento global fue, literalmente, borrada de los libros.
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