Nos han robado --o nos hemos dejado robar-- el ir madurando así, como al azar. Alguna vez he comentado por aquí una de mis primeras lecturas: los cuentos de Grimm, pero no en la versión de versiones que ahora encontramos en librerías y aledaños de mal vivir, sino en la versión traducida de la original. Una de esas lecturas que teníamos hace 50 años por nuestras casas porque entonces había pundonor. Lo mejor que tenían esos cuentos (Robert Darton lo explica muy bien) era que nos preparaban para la madurez. Tal vez en ese momento lo no entendiera, o tuve mi interpretación simple y clara de niño, pero las imágenes quedaron para conformar un pensamiento tan personal como universal, porque los símbolos son poderosos.
Le daba vueltas ahora al cuento de la princesa y el sapo, o la princesa y la rana, que no me acuerdo bien. Lo del beso, en el original fue un trabajo arduo y lleno de dolor. De hecho había tres aros en el corazón de la rana y los tres se quebraban, rompiendo poco a poco el hechizo, con dolores inmensos. El rechazo era el peor y agudizaba el ingenio, porque de alguna manera nada se supera en el llanto y en culpar al exterior. El último, cómo no, era la emoción del amor, el ansiado beso de corazón, tal vez incluso de deseo, que no estamos en la cabeza de la princesa. Ese sentir tan profundo es el fin, no el principio.
Y por eso creo que, de manera inconsciente, les ponía las películas de Miyazaki a mis hijos. De mayores entenderán cosas que tan sólo entraban por sus retinas y sus corazones entenderán (lo hacen ya) que las consecuencias no vienen de un movimiento y que la felicidad es un estadio que no es el fin en sí.
Hay que seguir el camino, superar el dolor y ganarle a la vida la partida rompiendo esos aros en el corazón que tanto nos limita.
#Cicely