La educación también
RE: https://mastodon.social/@3CatInfo/116259908544873459
La consellera d'Economia, Alícia Romero, ha dit en una entrevista a "Matins" de TV3 que "els recursos són els que són".
És a dir, hi ha 65 milions per una ampliació innecessària del aeroport però no hi ha calers per la educació. Les prioritats del PSC/PSOE.
Si todavia no estais recibiendo el newsletter de Monma Mingot, os lo recomiendo muchisimo. Monma es un cuentacuentos remajo de les terres de Lleida que se ha asentado en Eivissa.
Te llena el corazón y te alegra el dia.
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— ¿Sabes cuál es la palabra más larga del mundo?
(En mi cabeza se asoma esternocleidomastoideo, pero como me está preguntando mi hijo y estamos en fase de adivinanzas, imagino que tiene trampa).
— Pues no
— Arroz. Porque empieza por la a y termina por la z.
Me reí, así que le dije que me gustaba.
La adivinanza. El arroz también me gusta, pero eso ya lo sabe: es mi comida favorita.
De hecho, mis amigos se rieron durante un tiempo de mí porque desayunaba arroz.
Una taza de arroz redondo, una de leche de arroz, dos de agua, pedacitos de pera sin piel, nueces troceadas y un toque de canela. Pones a hervir y cuando asome el arroz, apagas y dejas reposar con tapa. Una delicia.
Pero el arroz que realmente ha marcado mi vida era el de mi abuela.
Cada domingo reunía a toda la familia alrededor de su exquisita paella.
Era algo sublime. Sin duda, el mejor recuerdo que tengo de ella.
Aunque la disfrutaba con delirio, mi familia decía que yo de pequeño no era mucho de comer.
Así que de cocinar, ya ni te cuento.
En mi casa, la cocina era cosa de mujeres… y cuando mi madre (otra cocinera maravillosa, por cierto) estaba en la cocina, ahí no entraba ni el tato. Era su templo. Y punto.
Por lo que cuando me fui a vivir a EEUU con 16 años, no sabía ni hacer un huevo frito.
Y un arroz ya ni de broma, vamos. Era un negado absoluto.
Me hinché de comida basura, que te voy a contar.
Después, viajando por Latinoamérica antes de cumplir los veinte, me di cuenta de que saber domar los fogones era algo esencial para poder ir por el mundo.
Así que al volver a España, en medio de una crisis existencial propia de esa edad (andaba perdidísimo con mi vida) decidí ponerme a estudiar cocina.
Aprendí un montón y conocí gente muy bonita.
Pero al terminar la formación, solo tenía una cosa en la cabeza: aprender a hacer la paella de mi abuela antes de que muriese.
Recoger el legado de esa tradición tan especial para nuestra familia. Y quizá algún día para futuras generaciones.
Por lo que me presenté a su cocina con papel, boli y la ilusión de conseguir, por fin, LA RECETA. Así, en mayúsculas.
Una vez le pregunté todo emocionado, me contestó:
— ¿Paella? ¡Uy, ni idea! ¡Si yo no he hecho en mi vida!
Y se puso a reír como una niña pequeña.
Silencio.
No sé si me cayó el boli al suelo, pero el momento fue tan dramático que podría haber pasado. Pero no, creo que no se me cayó.
Lo que si se me cayó fue un jarro de agua fría.
Porque asistí al primer síntoma de su demencia, que con los años iría creciendo.
Y la receta se quedó enterrada en ese mar de nubes que nunca más se despejarían.
Así que decidí empezar a hacerla por mi cuenta, sin más. Sin receta ni nada.
Y a medida que pasaron los años, la iba cocinando con una paellera más grande para juntar a más gente querida.
Porque receta, etimológicamente, significa “lo que se recibe”.
Y lo que recibí de mi abuela era que hacer la paella era, en realidad, un ritual para juntarnos.
Por lo que sigo haciéndolo a su honor con mucha alegría.
De hecho, cuando hace poco más de un año murió, fui a su casa a ver si encontraba su paellera.
Si no tenía su receta, podía al menos heredar su herramienta.
Estaban todos los artilugios de cocina, pero ni rastro de la paellera.
Como si, realmente, no la hubiese usado en su vida.
Y todos esos domingos compartidos hubiesen sido fruto de nuestra imaginación.
O para demostrarme de nuevo que el legado auténtico no se puede escribir ni tocar.
Y que a veces hay cosas que se escapan de nuestro control, por lo que no queda otra que confiar en lo intangible, en lo que no es lógico, en lo que no se entiende.
Para descubrir así otra forma de ver la vida.
En la que, por ejemplo, la palabra más larga del mundo es arroz.
Al menos, durante esos segundos en los que te ríes con una adivinanza.
Un abrazo,
Monma
PD: Alguien me preguntó, después del último correo, si usaba la IA para escribir estas historias. Y creo que está bien que sepas que no lo voy a hacer jamás. Me gusta escribir desde mis entrañas y espero que así lo sientas. Y me pone contento que me contestes, aunque sea solo saludando. También te lo agradezco, para que el algoritmo sepa que esto va de comunicación entre seres humanos. Y quizá así dejan de llegar a la carpeta de spam a tantísimas personas. Gracias por estar al otro lado y compartir con quien lo sientas.
Cada luna nueva, una nueva historia
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Sense lluites no hi han victòries! ✌🏼