Escribe Antonio Muñoz Molina: “[El Dictador l]eía con dificultad y su voz era casi inaudible, tan temblorosa como sus manos: pero aún le quedó tiempo y energía para firmar siete sentencias de muerte, y sus esbirros siguieron torturando a estudiantes y sindicalistas, y cuando ya agonizaba sus herederos y parásitos lo mantuvieron en vida como un despojo lacerado, como si así pudieran seguir parando los relojes.”
https://elpais.com/opinion/2023-12-23/un-20-de-diciembre.html