𝑳𝒂 𝒆𝒖𝒈𝒆𝒏𝒆𝒔𝒊𝒂 𝒔𝒖𝒆𝒄𝒂
Cuando se habla de eugenesia, muchas personas piensan inmediatamente en la Alemania nazi.
Sin embargo, una de las historias más incómodas del siglo XX ocurrió en un país que suele aparecer asociado al bienestar social, la igualdad y los derechos humanos: Suecia.
Entre 1934 y 1976, el Estado sueco mantuvo un programa oficial de esterilización que afectó a unas 63.000 personas.
La medida se presentó como una política de salud pública destinada a mejorar las condiciones de vida de la población y reducir problemas sociales futuros.
Pero detrás de aquel lenguaje técnico se escondía una realidad mucho más oscura.
La mayoría de las víctimas fueron mujeres jóvenes.
Muchas procedían de familias pobres, vivían en instituciones o dependían de servicios sociales.
Otras tenían discapacidades físicas o intelectuales, o simplemente habían sido catalogadas por las autoridades como personas problemáticas, inmaduras o incapaces de adaptarse a las normas sociales de la época.
Lo inquietante es que los criterios eran extremadamente amplios.
En numerosos expedientes, la pobreza se interpretaba como una señal de incapacidad.
La rebeldía juvenil podía verse como un defecto hereditario.
Tener dificultades escolares, comportarse de forma diferente o no ajustarse al modelo femenino dominante bastaba en ocasiones para que alguien acabara en el punto de mira de médicos y funcionarios.
No siempre existía una orden explícita.
A muchas mujeres se les hizo entender que si querían abandonar una institución, acceder a determinados beneficios o recibir autorización para casarse, debían aceptar la esterilización.
Sobre el papel podían firmar un consentimiento.
En la práctica, la capacidad de elección era muy limitada.
Uno de los casos más citados por los investigadores resume perfectamente los peligros del sistema.
Una joven fue considerada intelectualmente deficiente porque no conseguía leer correctamente lo que aparecía escrito en la pizarra.
Más tarde se descubrió que no tenía ningún problema cognitivo.
Lo único que necesitaba eran unas gafas.
Pero para entonces ya había sido esterilizada.
Historias como esa revelan hasta qué punto los prejuicios podían convertirse en diagnósticos.
Las ideas eugenésicas no nacieron en Suecia.
A finales del siglo XIX y principios del XX se extendieron por gran parte del mundo occidental.
Muchos científicos, médicos y políticos creían que era posible mejorar la sociedad controlando quién podía tener descendencia y quién no.
Hoy sabemos que aquellas teorías estaban profundamente contaminadas por prejuicios sociales, raciales y económicos.
Sin embargo, en su momento fueron defendidas por universidades, instituciones médicas y gobiernos de distintos países.
Programas similares existieron en Estados Unidos, Canadá, Dinamarca, Noruega y Finlandia.
En algunos estados norteamericanos miles de personas fueron esterilizadas por motivos parecidos, y determinadas minorías étnicas resultaron especialmente afectadas.
Lo más peligroso de la eugenesia es que rara vez se presentaba como una política cruel.
Se envolvía en palabras como progreso, modernización, salud pública o bienestar colectivo.
Sus defensores afirmaban estar actuando por el bien de la sociedad.
Pero detrás de esos argumentos se escondía la idea de que algunas vidas tenían más valor que otras.
En el caso sueco, el debate permaneció relativamente oculto durante décadas.
No fue hasta los años noventa cuando periodistas e historiadores comenzaron a investigar en profundidad los archivos oficiales.
Los testimonios de las víctimas provocaron una enorme conmoción en el país.
La presión pública llevó al gobierno a reconocer lo sucedido.
En 1999 se puso en marcha un programa de compensación económica para algunos supervivientes que habían sido esterilizados de manera injusta.
Pero el dinero no podía reparar completamente el daño.
No podía devolver la posibilidad de formar una familia.
No podía recuperar los hijos que nunca llegaron a nacer.
Tampoco podía borrar décadas de silencio, humillación y sufrimiento.
SIGUE ↘️