En mi ciudad, todas las calles, en todos los barrios, tienen edificios desocupados. Repito, todas las calles, incluyendo la más cara por metro cuadrado. Edificios enteros vacíos durante décadas, que sospechosamente nadie quiere mover, a pesar de que hoy en día valen muchos, muchos millones. Apuesto a que pasa también en la tuya.
Es tan aberrante que ya se ha convertido en un deporte para mí, voy por las avenidas buscando ventanas vacías y portales clausurados. Hasta he pensado hacer una web para censarlos, con un mapa que los resalte en rojo, y que sea evidente la gran mentira.
Porque, al mismo tiempo que existe esta ciudad fantasma paralela, se vende el argumento de que no hay pisos para todo el mundo, y que por eso hay que construir obra nueva. En una de las promociones de bloques más recientes, bordeando ya las afueras, los precios de salida oscilaban entre 300.000 y 400.000 euros.
¿Cuánto valdrían si se habilitase todo el espacio sin usar? ¿Por qué el gobierno no les fuerza a ello gravándolos a impuestos? Ahora se entiende por qué se permite que existan tantos edificios muertos. Si todo lo que está abandonado saliese al mercado, la vivienda no costaría ni la mitad. O resultaría evidente que los que están detrás son siempre los mismos y están manipulando la oferta a sabiendas.
Hay sitio para todos, igual que hay dinero para todos o comida para todos. Siempre lo ha habido. Lo que ocurre es que el que más tiene ha decidido que quiere aún más, hasta la última moneda de nuestros bolsillos.







