Durante mucho tiempo la estrategia narrativa neoliberal de matriz angloamericana ha estado pasando por dos movimientos:
1) El intento de definir el mundo liberal como el único mundo posible, para el cual, a largo plazo, no hay alternativa (de Fukuyama a Thatcher), y
2) el intento de subsumir todas las formas de vida, todas las organizaciones políticas y todos los sistemas culturales que pretenden no reducirse al paradigma liberal como «iliberales –y por tanto– totalitarios».
Así, acaba en el saco del “iliberalismo –y por tanto– totalitarismo” toda religión que pretende ser más que un hecho privado (por ejemplo: el Islam), todos los países que pretenden mantener la soberanía sin arrodillarse ante el imperio americano (China, Rusia, Irán, Corea del Norte, pero luego también, dependiendo de cómo operen sus gobiernos, Cuba, Venezuela, Bielorrusia, Hungría, Serbia, Sudáfrica, etc.), y desde luego todas las ideologías que históricamente han rechazado el sistema liberal (el socialismo y el comunismo ante todo, los conservadurismos pre-liberales cuando existen, y, en la medida que desarrolló una teoría, el fascismo de entreguerras).
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