𝑳𝒂 “𝒑𝒐𝒓𝒏𝒐𝒄𝒓𝒂𝒄𝒊𝒂” 𝒑𝒂𝒑𝒂𝒍  

Hubo una época en la historia de la Iglesia que incluso algunos historiadores medievales describieron con un nombre tan duro como revelador: la pornocracia papal.

No se trata de pornografía en el sentido moderno.
La palabra viene del griego porné (prostituta) y kratos (poder).
Literalmente significa “gobierno de las prostitutas”.
Así llamaron algunos cronistas al periodo en el que varias mujeres de la aristocracia romana controlaron el papado desde las sombras.

Ocurrió aproximadamente entre los años 904 y 964, cuando Roma era un caos político.
El poder del emperador era débil en Italia y las grandes familias romanas se disputaban el control de la ciudad… y del papa.

Las protagonistas principales de esta historia fueron dos mujeres muy influyentes:
Teodora y su hija Marozia.

Ambas pertenecían a la poderosa familia de los Teofilactos, una especie de dinastía aristocrática que dominaba Roma.
Tenían dinero, alianzas militares y, sobre todo, una enorme capacidad para colocar a sus aliados en el trono de San Pedro.

Según el cronista Liutprando de Cremona, estas mujeres manejaban la política papal como si fuera un tablero de ajedrez.
Los papas se elegían muchas veces por influencia familiar, pactos o relaciones personales más que por cuestiones religiosas.

Uno de los episodios más comentados de esa época tiene que ver con Sergio III.
Varias crónicas aseguran que tuvo una relación con Marozia y que de esa relación nació un hijo… que años después terminaría siendo papa.

Ese hijo sería nada menos que Juan XI.

La historia no termina ahí.

Marozia llegó a concentrar tanto poder que prácticamente decidía quién sería papa.
De hecho organizó matrimonios políticos, alianzas y conspiraciones que le permitieron gobernar Roma durante años.
Incluso intentó coronarse emperatriz casándose con el rey de Italia.

Pero como suele pasar en estas historias medievales, el poder duró poco.

Su propio hijo, Alberico II de Spoleto, terminó rebelándose contra ella.
Organizó un levantamiento en Roma, la arrestó y la encerró en una fortaleza, donde pasó el resto de su vida.

Aun así, la familia siguió influyendo en el papado.
De hecho, el nieto de Marozia acabaría convirtiéndose en uno de los papas más escandalosos de la historia.

Ese nieto fue Juan XII.

Subió al trono papal con apenas 18 años y su pontificado estuvo rodeado de acusaciones de todo tipo: fiestas en el palacio de Letrán, apuestas, relaciones con mujeres e incluso convertir el palacio papal en algo parecido a una corte libertina.
Los cronistas de la época no fueron precisamente amables con su reputación.

Con el tiempo, los historiadores empezaron a llamar a todo este periodo “saeculum obscurum”, es decir, la edad oscura del papado.
Fue un momento en el que la política familiar, las intrigas y las ambiciones personales pesaban más que la autoridad religiosa.

No significa que toda la Iglesia fuera así, ni mucho menos.
Pero en Roma, durante esas décadas, el papado estuvo profundamente condicionado por las luchas de poder de la aristocracia local.

Y por eso, siglos después, algunos historiadores siguen recordando esa etapa con ese nombre tan provocador: la pornocracia papal.

Una época en la que, más que santos o teólogos, quienes movían los hilos del Vaticano eran las grandes familias de Roma.

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