𝑬𝒍 𝒂𝒔𝒆𝒅𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝑨𝒍𝒈𝒆𝒄𝒊𝒓𝒂𝒔 (𝟏𝟑𝟒𝟐-𝟏𝟑𝟒𝟒)
¿Cómo se rinde una ciudad que respira por el mar?
Esa fue la pregunta que tuvo que responder Alfonso XI de Castilla cuando decidió sitiar Algeciras.
No era una plaza cualquiera.
Era uno de los puertos más importantes del Estrecho de Gibraltar y la principal puerta de entrada para los refuerzos musulmanes procedentes del norte de África.
El asedio comenzó en 1342 y desde el primer momento quedó claro que no sería una campaña rápida.
La ciudad estaba bien defendida por el Reino nazarí de Granada y contaba además con el apoyo de los benimerines del norte de África, la poderosa dinastía de los Imperio benimerín.
Mientras los castellanos presionaban por tierra, pequeñas embarcaciones musulmanas entraban y salían del puerto burlando el bloqueo y llevando comida, refuerzos y noticias.
Mientras el mar siguiera abierto, Algeciras podía resistir.
Alfonso XI comprendió pronto que la clave no estaba en lanzar más asaltos contra las murallas.
La verdadera batalla se libraba en el agua.
El primer intento para cerrar el puerto fue bastante rudimentario: una barrera hecha con troncos de pino.
No funcionó.
Las corrientes del Estrecho y la habilidad de los marineros acabaron rompiendo el obstáculo.
El rey entonces decidió probar algo diferente.
Mandó construir una especie de red flotante formada por toneles unidos con cuerdas, cadenas y vigas, anclada al fondo marino.
Aquella estructura —conocida como el estacamiento— terminó cerrando el acceso al puerto.
No era una muralla de piedra, pero funcionaba casi como tal: impedía que las embarcaciones pequeñas se colaran y convertía el mar en una barrera.
A partir de ese momento el sitio cambió por completo.
La ciudad quedó aislada.
Sin alimentos suficientes y sin refuerzos, el tiempo empezó a jugar a favor de los sitiadores.
Durante casi veinte meses se mantuvo un pulso durísimo.
Las flotas cristianas dominaron el Estrecho mientras dentro de la ciudad el hambre comenzaba a decidir lo que las armas no habían conseguido.
En marzo de 1344, Algeciras capituló.
No cayó por un asalto espectacular ni por una brecha en las murallas.
Cayó por aislamiento.
Fue una victoria logística más que militar, una demostración temprana de algo que con el tiempo sería una regla básica de la guerra: quien controla el mar controla el destino de las ciudades costeras.
El sitio también dejó otra escena que los cronistas recordaron durante siglos.
Durante la defensa de la ciudad se utilizaron primitivos cañones de pólvora, una de las primeras veces que esta tecnología aparece documentada en la península ibérica.
Aquellas armas aún eran rudimentarias, ruidosas e imprecisas, pero anunciaban el futuro de la guerra.
Aunque el mando era castellano, el asedio fue casi una operación internacional.
El núcleo del ejército pertenecía a la Corona de Castilla, bajo el mando directo de Alfonso XI.
Pero no combatían solos.
La Corona de Aragón aportó barcos y apoyo naval para cerrar el Estrecho.
También colaboró el Reino de Portugal, interesado en debilitar el poder musulmán en la zona.
Un papel clave lo jugó la flota de la República de Génova.
Sus marinos eran algunos de los mejores del Mediterráneo y aportaron experiencia naval, mercenarios y tecnología marítima que resultó fundamental para mantener el bloqueo.
Además, la campaña atrajo a caballeros de distintos lugares de Europa.
Franceses, ingleses y alemanes acudieron movidos por el espíritu de cruzada y por la oportunidad de ganar prestigio militar en la frontera entre cristianos y musulmanes.
El contexto: la batalla que cambió el equilibrio
Dos años antes del asedio, en 1340, Alfonso XI ya había obtenido una victoria decisiva en la Batalla del Salado.
Allí derrotó a las fuerzas combinadas del Reino de Granada y de los benimerines norteafricanos.
Aquella derrota dejó a Algeciras prácticamente aislada por tierra y permitió preparar el gran asedio que vendría después.
Con la caída de la ciudad, Castilla daba un paso enorme para controlar el Estrecho de Gibraltar, una zona estratégica por la que circulaban tropas, comercio y comunicaciones entre África y la península.
Alfonso XI, el “Justiciero”
Alfonso XI gobernó Castilla entre 1312 y 1350 y fue uno de los reyes más activos de la Edad Media peninsular.
Su reinado estuvo marcado por dos objetivos claros: reforzar el poder de la monarquía frente a una nobleza muy turbulenta y frenar la amenaza de los ejércitos norteafricanos en el sur.
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