En "Las locuras de don Quijote" (2005), la voz en off nos recuerda que don Quijote es "una parodia de esos libros, hoy diríamos películas, que nos secan el seso."
Y entonces se enciende una bombillita en mi mente.
No solo para decirle a los alumnos que hoy, más que películas, diríamos redes sociales, sino para pensar en todas las ramificaciones de esa crítica.
¿Es o no es posible que la lectura (o las películas) nos seque el cerebro?
A mis seis años, me parecían imbéciles aquellos niños que, tras ver "superman", saltaban por una ventana (casos reflejados en rumores y prensa amarilla, no sé si llegaron a ser verdad). Pero el mundo está lleno de "imbéciles", y no siempre son quienes uno supone.
El propio Rafael Alcázar (atribuyámosle a él las palabras del guion, aunque escrito a ocho manos) indica que Teresa de Jesús o Ignacio de Loyola eran lectores de libros de caballerías. Y ambos fueron, de una manera u otra "convertidos" por la lectura (la santa de Ávila lo refleja, de hecho, en sus memorias).
Y no solo es que en la sociedad actual haya gente que se ha vuelto loca leyendo fake news (los casos más famosos, el expresidente de Corea del Sur y el presidente de los Estados Unidos), sino que, de hecho, el propio código penal español prohíbe el acceso a "contenidos" que puedan "radicalizarmos", lo que de facto es una asunción de que es perfectamente posible "perder la cabeza" por leer libros o ver películas.
Algo que, por cierto, ya sabía la Inquisición, que, en su denodado esfuerzo por preservar la normalidad católica, prohibió cuantos libros se apartaran de la ortodoxia.
Pero, ¿quién perdió la cabeza realmente: los que quemaron los libros de Marx, o los que leyeron Mi Lucha?