Buenos días, almas guerreras:
La guerra no es un accidente de la historia. Es su motor.
Desde que el ser humano aprendió a mirar más allá de su tribu, encontró en el conflicto un modo de expandir territorio, recursos y poder. Pero la guerra no se sostiene solo con armas. Se sostiene con narrativa. Y ahí entramamos en la religión y la política.
Las religiones han sanctificado la guerra más veces de las que podemos contar. Las cruzadas, las jihad, las guerras santas de medio mundo. Se mata en nombre de Dios, del profeta, de la patria. El enemigo deja de ser humano: se convierte en infiel, en hereje, en amenaza existencial. La violencia adquiere propósito sagrado.
La política hace lo mismo con otros ropajes. Nacionalismo, patriotismo, seguridad nacional. Los Estados construyen enemigos para cohesionar a sus ciudadanos. La guerra externa evita la guerra interna. Y cuando no hay guerras reales, se inventan metáforas: guerra contra el terrorismo, contra la droga, contra la inmigración.
Pero aquí viene la incomodidad que nos gusta evitar: no hay un cielo esperándonos. No somos almas inmortales que sufren una prueba terrenal. Somos carne, hueso y memoria. Y ese infierno del que hablan las religiones no está abajo. Está aquí, en los campos de batalla olvidados, en las fosas comunes, en los niños que no llegaran a nacer porque alguien decidió que su pueblo necesitaba más espacio.
El infierno en la Tierra no es un concepto poético. Es un registro histórico.
Y mientras sigamos celebrando a los guerreros, venerando a los caídos y preparando a las próximas generaciones para el siguiente conflicto, lo seremos.
No hay redención en el campo de batalla. Solo hay tierra mojada con sangre y niños que aprenden a disparar antes que a leer.
Eso no es el dramaturgo buscando dónde está el cielo. Es ver dónde hemos puesto el infierno.