¿Sabían que el monolito de Coatlicue, descubierto el 13 de agosto de 1790 en la Plaza Mayor de la Ciudad de México, causó tal temor y desconcierto entre las autoridades virreinales que fue enterrado nuevamente por órdenes religiosas?
Tras su hallazgo durante las obras de nivelación y empedrado del Zócalo, la escultura monumental —que mide 2.52 metros de altura y pesa aproximadamente 3 toneladas— fue trasladada a la Real y Pontificia Universidad de México. Sin embargo, los frailes dominicos, al observar que los indígenas acudían al recinto para venerar a la "madre de los dioses" y dejarle ofrendas de flores y velas, consideraron que la pieza representaba un peligro para la evangelización. Por este motivo, se ordenó su reinhumación en los patios de la misma universidad para evitar el resurgimiento de cultos prehispánicos, permaneciendo oculta hasta 1821, cuando tras la consumación de la Independencia fue desenterrada definitivamente.
Un detalle fascinante de su iconografía es que la figura carece de cabeza humana; en su lugar, emergen del cuello dos chorros de sangre representados por cabezas de serpiente que se encuentran de frente, creando la ilusión de un rostro fantástico. Además, el monolito esconde un relieve detallado en su base que no es visible para el público: una representación de Tlaltecuhtli, el señor o señora de la tierra, en una posición de contacto con el suelo que simboliza el ciclo eterno donde la vida nace de la muerte. Esta pieza, labrada en andesita alrededor de 1506, es considerada una de las obras maestras más complejas de la cosmogonía mexica debido a su dualidad como entidad creadora y devoradora.
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