Carta abierta al presidente Pedro Sánchez.
Si el problema de las redes es el tribalismo, la emoción desbordada y la lógica de bandos, ¿por qué eso es inaceptable en digital pero perfectamente normal en un estadio de fútbol?
Uniformes, cánticos, exaltación del grupo, demonización del rival.
Eso sí lo consideramos experiencia formativa.
El problema no es la tecnología.
Es la condición humana.
Apagar el router no apaga la pertenencia.
Prohibir es fácil. Educar, difícil.

Carta abierta al presidente Señor Pedro Sánchez: He escuchado con atención su propuesta de limitar el acceso de menores de 16 años a las redes sociales. Lo hace usted en nombre de la salud… | Carlos Sánchez Almeida
Carta abierta al presidente Señor Pedro Sánchez: He escuchado con atención su propuesta de limitar el acceso de menores de 16 años a las redes sociales. Lo hace usted en nombre de la salud democrática y de la protección frente a la radicalización. Permítame una pregunta sencilla. Si el riesgo es la exposición temprana a dinámicas tribales, a identidades cerradas, a consignas coreadas y a emociones colectivas desbordadas… ¿Prohibimos también la entrada de menores de 16 años en los campos de fútbol? Lo pregunto sin ironía. O casi. Porque en un estadio encontramos: — Uniformes cromáticos. — Cantos sincronizados. — Exaltación del grupo. — Demonización ritual del adversario. — Suspensión del juicio individual en favor de la masa. Exactamente los elementos que, según algunos manuales, alimentan los fenómenos autoritarios. Y, sin embargo, a los niños no solo se les permite entrar: se les viste con la camiseta, se les enseña el himno y se les pide que elijan bando antes que criterio. Si el problema es la simplificación emocional binaria, el marcador es un pedagogo implacable: ganar o perder, nosotros o ellos, héroes o traidores. Las redes sociales, con todos sus defectos, al menos permiten disentir. En la grada el disidente no suele durar mucho. No propongo cerrar estadios. No propongo prohibir cánticos. No propongo fiscalizar la pasión. Propongo coherencia. Si el Estado decide proteger a los menores de la intensidad tribal digital, debería explicar por qué la intensidad tribal analógica es pedagógicamente irreprochable. O quizá el problema no sea la tecnología. Quizá el problema sea nuestra eterna fascinación por pertenecer. Y eso, señor presidente, no se soluciona apagando el router.