𝑡𝒐𝒔 π’‚π’ƒπ’“π’‚π’›π’‚π’Žπ’π’” 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒏𝒐 π’“π’π’Žπ’‘π’†π’“π’π’π’” 𝒅𝒆𝒍 𝒕𝒐𝒅𝒐
β˜½β€•β€•β€•ββ€•β€•β€•β˜Ύ
Eran cuerpos imperfectos, sΓ­.
Cuerpos con esquinas, con polvo antiguo,
con pedazos que nunca volvieron a encajar.
Pero cuando se abrazaban,
el mundo dejaba de crujir un segundo.

No intentaban tapar sus grietas:
las sostenΓ­an juntos,
como quien sostiene una llama en mitad del viento.
Cada venda era un recuerdo,
no de la herida,
sino de la compaΓ±Γ­a que decidiΓ³ no irse
cuando quedarse costaba.

No eran mΓ‘rmol,
ni hΓ©roes,
ni figuras de museo.
Eran dos almas cansadas
que descubrieron que el amor de verdad
no arregla nada:
acompaΓ±a.
No borra el dolor:
lo hace menos solitario.

Y aunque las fisuras siguieran ahΓ­,
por ellas entraba la luz,
esa luz testaruda
que se cuela donde nadie la invita
y te recuerda que sigues vivo.

Porque al final,
la ternura es barro tibio entre las manos,
y la fuerza no es no romperse,
sino elegir abrazar
aunque te tiemble hasta el alma.
β˜½β€•β€•β€•ββ€•β€•β€•β˜Ύ

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