Dos proletarias, dos conciencias: contradicciones internas en la clase obrera contemporánea. En una conversación cotidiana, desencadenada por una huelga del transporte público, emergen dos figuras que, aun compartiendo condición social, encarnan proyectos ideológicos profundamente distintos. Ambas son trabajadoras asalariadas, ambas viven bajo las reglas del capital. +
Sin embargo, sus visiones sobre el conflicto laboral, la historia obrera y la huelga como herramienta de lucha revelan una fractura interna que atraviesa hoy al conjunto de la clase trabajadora: la que existe entre una conciencia de clase en formación y una subjetividad atrapada en la ideología dominante. Este conflicto, aparentemente menor o anecdótico, condensa tensiones mayores: +
: la disputa entre el saber vivo y el saber muerto; entre la praxis y la abstracción; entre el deseo de transformar y la resignación profesional. Es, en definitiva, una lucha ideológica al interior del proletariado.
Dos figuras, una misma clase
Podemos identificar dos perfiles nítidos:
Proletaria A: Mujer joven, trabajadora asalariada, sin paso por la universidad, pero con una formación profesional técnica y una vinculación con el mundo artístico. Vive su precariedad laboral de forma aguda y desarrolla su visión política desde la experiencia concreta de explotación. +
Su acceso al pensamiento crítico ha sido parcial, pero activo: conoce a Marx, Engels y la historia de las luchas obreras no por academicismo, sino por necesidad vital. Proletaria B: Mujer también joven, con formación universitaria en sociología e historia del trabajo. Empleada en un entorno laboral ligado a grandes capitales, su discurso está marcado por un enfoque técnico, funcionalista y profesionalizado. Aunque formalmente es parte del proletariado (vende su fuerza de trabajo),
Proletaria B: (vende su fuerza de trabajo), ideológicamente se sitúa más cerca del discurso del orden, la eficiencia y la despolitización. Ambas son parte de la clase trabajadora. Sin embargo, lo que las separa no es solo la formación o el lugar de empleo: es su relación con el conflicto, con la historia, con la ideología y con la posibilidad misma de transformación.
La huelga como campo de disputa ideológica
La discusión que enfrentó a estas dos figuras giró en torno a una huelga de transporte urbano. Para Proletaria A, la huelga es una herramienta legítima, histórica, incluso heroica. Sabe —aunque de forma intuitiva y parcial— que los derechos laborales no fueron otorgados por buena voluntad, sino conquistados a través de la lucha organizada. Cita la huelga de 1919 en Barcelona, que conquistó la jornada de ocho horas, como ejemplo del poder obrero real.
Su defensa de la huelga no es abstracta: sabe que puede afectarle económicamente, pero lo asume como un costo necesario. “Aunque tenga que comer piedras”, dice, “prefiero eso antes que resignarme”.
Proletaria B, en cambio, argumenta desde un punto de vista técnico y personal: “la huelga molesta”, “interfiere con la vida cotidiana”, “no tiene sentido si no es efectiva”. Llega incluso a reproducir una falsedad histórica: que la jornada de 40 horas fue “un regalo del franquismo”, negando la historia real del movimiento obrero. Para ella, el sacrificio personal y la adaptación al sistema son virtudes, no síntomas de alienación.
Este contraste revela algo profundo: la ideología dominante no solo se reproduce desde los medios o el poder político, sino también en la subjetividad del propio proletariado, especialmente cuando este ha pasado por las instituciones formativas del Estado.
Quién produce ideología? ¿Quién produce conciencia?
Louis Althusser, en su célebre texto Ideología y aparatos ideológicos del Estado (1970), advertía que la escuela, la universidad y los medios de comunicación son herramientas mediante las cuales el sistema reproduce los valores que necesita para mantenerse: individualismo, meritocracia, resignación.
La universidad no es neutral: forma profesionales que acepten las reglas del juego, incluso si esas reglas los oprimen.
En este sentido, Proletaria B es una “sujeta interpelada” por la ideología dominante: ha sido educada para creer que el conflicto no existe, que la protesta es ineficiente, y que su papel es adaptarse a lo existente. Aunque formalmente estudió historia del trabajo, su mirada está vaciada de conflicto, de clase, de política. Repite, sin saberlo, elementos centrales ..
Por el contrario, Proletaria A, sin haber pasado por la academia, ha encontrado en la práctica diaria una intuición política más certera. Aunque reconoce su necesidad de más formación teórica (“necesito más Marx, más historia obrera, más estrategia”), ha llegado por su cuenta a una conclusión clara: sin organización, sin lucha, no hay conquista.
Contradicciones internas del proletariado
Este caso ilustra una de las contradicciones más importantes del presente: la distancia entre el lugar objetivo en la estructura económica (ser parte del proletariado) y la conciencia subjetiva de clase. Es lo que Marx y Engels ya intuían cuando hablaban de clase “en sí” y clase “para sí”.
Proletaria A es clase “para sí”: se reconoce explotada, se alinea con las luchas históricas, busca organizarse, se politiza.
Proletaria B es clase “en sí”: lo es por su situación laboral, pero no se reconoce como tal. Cree en el ascenso individual, en la lógica profesional, en el orden del capital.
Politzer llamaría a esta segunda figura el intelectual funcional al poder: formado, pero desactivado políticamente; conocedor de la historia, pero incapaz de aprender de ella. Es el tipo de sujeto que, como advertía Gramsci, actúa como “funcionario de la hegemonía”, es decir, como vehículo de reproducción ideológica.
Lo que está en juego: la conciencia de clase
La verdadera ruptura no está en si una ha ido a la universidad y la otra no. La ruptura está en la conciencia. En la capacidad de identificar el conflicto de clases como realidad estructural, y no como incomodidad puntual. En reconocer que todo derecho conquistado lo fue contra el poder, y no desde él.
Proletaria A, aun sin títulos, ha iniciado ese camino. Su experiencia la ha empujado a politizarse, a buscar teoría, a reconstruir la historia obrera. Su mirada es aún imperfecta, pero transformadora. Representa lo que Walter Benjamin llamaba “el momento de la irrupción”: esa chispa en la que una conciencia dormida se despierta.
Proletaria B, en cambio, es un reflejo del triunfo parcial del orden: formada para ser crítica, ha terminado reproduciendo el discurso de la sumisión. No es mala persona. Es una víctima de un sistema educativo que convierte a la historia en técnica, a la política en gestión, y a la clase obrera en un dato estadístico.
Conclusión: la batalla ideológica no ha terminado
El episodio relatado no es anecdótico: es sintomático. La ideología dominante no solo existe en los medios o en los partidos políticos: vive dentro del lenguaje, las creencias y las actitudes cotidianas del propio pueblo trabajador.
La tarea de la conciencia crítica no es burlarse del que no sabe, sino desmontar el andamiaje ideológico que impide a muchos reconocerse como parte de una clase explotada.
Como diría Marx en las Tesis sobre Feuerbach:
“No es la conciencia la que determina el ser, sino el ser social el que determina la conciencia.”
Pero eso no significa esperar pasivamente. Significa intervenir. Formar. Organizar. Y sobre todo, escuchar a quienes, aún sin haber leído todos los libros, intuyen con su cuerpo y su hambre lo que otros solo pueden citar desde la academia.
Entre la resignación profesional y la dignidad de quien “aunque tenga que comer piedras” defiende la huelga, hay un abismo. Y ese abismo no se supera con más títulos, sino con más lucha, más memoria y más conciencia.
Contradicciones entre Proletaria A y Proletaria B a partir de las Tesis sobre Feuerbach. 1. Tesis I y II: la separación entre teoría y práctica
Marx critica a los filósofos que han interpretado el mundo sin transformarlo, subrayando que la verdad de una teoría se verifica en la práctica.