Otra vez el poder queriendo decidir qué se puede decir en las aulas. Esta vez con un 0800 (línea telefónica)para denunciar “adoctrinamiento”. ¿Pero quién define qué es adoctrinar? ¿Desde qué lugar se juzga lo que se enseña?
Sabemos que esto no va solo de educación: va del control del pensamiento. Se instala el miedo como mecanismo de orden, se marca al docente como amenaza, y se busca que la escuela deje de ser un espacio de preguntas para convertirse en un espacio de obediencia.
Pero la educación no tiene por qué responder a la lógica del Estado, ni a la de ningún partido. No es un servicio al poder, es una posibilidad de fugarnos de sus límites. En vez de repetir verdades oficiales, podemos encontrarnos, pensar con otros, equivocarnos, crear.
El conocimiento no es algo que se transfiere como una receta, sino algo que se crea en la relación, en el hacer compartido. Por eso hablar de adoctrinamiento es negar que el aprendizaje es diálogo, y que nadie se forma solo .

Hay muchas maneras de conocer y vivir. Hay formas de saber que nacen del cuerpo, del vínculo con lo no humano, del cuidado colectivo. ¿Quién decide que eso no vale? ¿Por qué solo algunos saberes son “objetivos” y los demás son “ideología”?

Cuando el poder construye enemigos simbólicos (como el docente “peligroso”) lo hace para mantener su dominio cultural. Para que solo una historia sea contada, y las demás se pierdan en el silencio.

La escuela no es del Estado ni del mercado. Es de quienes la habitan. Es territorio en disputa, sí, pero también de creación. Resistimos desde la ternura, el pensamiento crítico, la imaginación radical. Porque enseñar no es adoctrinar: es abrir grietas en el muro para que florezca lo posible.