Azul
Desde la cima de la pared norte la vista podía abarcar todo el perímetro del cráter. Ajustando su máscara facial para que reprodujera el efecto de unos binoculares, Jensen recorrió la franja de paneles solares que los chinos habían dispuesto rodeando la formación, desde el borde opuesto del cráter en el que estaba la entrada a su base, hasta justo debajo de donde él se encontraba ahora. Pensó que sería muy fácil llegar hasta ellos moviéndose alrededor del foso bajo los paneles. Pero por alguna razón que nadie se molestó en explicarle, el comando superior de la US Space Force había dispuesto otra ruta. Miró resignado hacia el fondo del cráter. En la oscuridad eterna donde jamás daba el sol, se ocultaba la razón por laque lo habían enviado allí. El glaciar, un enorme témpano de hielo de un kilómetro de ancho y cien metros de alto. Una riqueza invaluable en la inclemente sequedad lunar.
Jensen se cargó a la espalda la pesada mochila y descendió agachado siguiendo una grieta de poco más de un metro de profundidad, hasta encontrarse lo bastante cerca del anillo de paneles solares. En una maniobra precisa que explicaba por qué lo habían elegido a él para la tarea, recorrió de un solo salto la distancia que lo separaba del panel más cercano, aterrizando en cuclillas debajo del mismo. Se volvió para confirmar que no hubieran quedado rastros sobre el regolito. Las huellas en la Luna duraban millones de años, pero incluso si sólo fueran unas horas ya sería suficiente para que los chinos lo descubrieran. Al verificar que el salto había sido perfecto, siguió su camino a cuatro patas bajo los paneles, hacia el borde interior de la estructura.
Su misión era cavar un túnel bajo el glaciar que lo llevara hasta la base china del otro lado del cráter. Una vez allí, colocaría un dispositivo en el risco, justo debajo del asentamiento. Le habían explicado que no se trataba de un explosivo, porque los Estados Unidos no podían permitirse reanudar las hostilidades con China luego del ataque nuclear táctico que había inhabilitado los puertos del pacífico. Era un láser muy potente que vaporizaría el regolito, cavando un túnel de unos pocos centímetros de diámetro hasta llegar a un depósito de hielo treinta metros debajo de la base. Al fundirse el hielo, un breve sismo afectaría a la colonia causando una pequeña catástrofe. La intervención "humanitaria" de las tropas americanas llegaría mucho antes que la ayuda china, dejándoles con el control del asentamiento, y de su valioso recurso congelado.
Tres perfectos saltos, pisando rocas sólidas sobre las que no quedaban huellas, lo llevaron desde el borde interior del anillo de paneles solares hasta la zona eternamente oscura en el interior del cráter. Al hallarse tan cerca del polo sur lunar, el sol estaba siempre muy bajo sobre el horizonte, por lo que la sombra de la pared del cráter sumía el interior en tinieblas permanentes. Caminó sin prisa sobre el suelo, que se hallaba a 270 grados bajo cerro, hasta llegar a la enorme masa del glaciar. Tanteando en la oscuridad, puso en marcha el reactor nuclear portátil RTG que llevaba en su mochila. La radiación del aparato sin duda le mataría, pero no le importaba, ya había muerto una vez antes, cuando los chinos vaporizaron Hawaii. Junto con su mujer y su hija, de las cuales no había registro genético que hiciera posible clonarlas como hbaian hecho con él.
– Malditos asesinos amarillos– murmuró entre dientes.
Todo lo que sabía sobre su vida se lo habían contado en la base de la US Navy, donde había pasado su rehabilitación y reentrenamiento. Había despertado con la amnesia más perfecta posible, la de un cerebro clonado completamente nuevo, que jamás había vivido experiencia alguna. Le explicaron que su personalidad sería básicamente la misma que la del Jensen muerto, pero que debía reconstruir sus memorias estudiando todos los detalles posibles de su vida. Fotos, vídeos, notas y correos, publicaciones en redes sociales, cartas, le habían dejado ver una felicidad que ahora estaba perdida para siempre. Sólo le quedaba la venganza, y pensaba satisfacerla aunque para eso tuviera que morir otra vez.
Conectó al RTG el láser infrarrojo, y lo apuntó justo donde la pared de hielo que tenía delante tocaba el suelo lunar. Un agujero de medio metro de diámetro comenzó a crecer a medida que el hielo se transformaba en vapor. En pocos minutos había hecho un túnel de unos tres metros de profundidad. Se metió reptando en su interior, con el láser por delante y arrastrando a sus pies con una soga la pesada mochila. Avanzó sin pausa, consciente de que el vapor que generaba el láser a sublimarse detrás de él cerrando el túnel, y que el hielo lo atraparía si se detenía por demasiado tiempo. Cuando hubo avanzado unos 200 metros, se volvió sobre su espalda y disparó el láser hacia arriba, para cavar una cámara en el hielo lo bastante grande como para ponerse de pié. Se permitió encender una débil luz para ver a su alrededor. Azul, tan profundo e infinito como el tiempo, tan frío e inconmobible como su soledad de muerto resucitado que había perdido todo lo que amaba.
Avanzó a través del hielo durante varias horas, vaporizando la pared delante de sí y dejando que el vapor volviera a congelarse detrás. El tiempo transcurría sin marcas mientras él se concertaba en su trabajo dentro de la gélida burbuja azul. Pensó en los cincuenta millones de víctimas del ataque nuclear táctico, y en los pocos que, como él, habían tenido la suerte de ser clonados para poder contribuir a la retaliación. Pensó en su mujer y su hija, a quienes nunca había conocido fuera de los esfuerzos que había hecho para reimprimirlas en su memoria. La furia crecía en su interior, así como el ansia por causarles a sus verdugos siquiera una fracción del dolor que ellos habían provocado.
Casi no sintió el temblor. El láser infrarrojo dejó de funcionar y, cuando se volvió para ver qué había sucedido, vio la grieta en el hielo que se había llevado su mochila junto con el RTG. El hielo terminó de desmoronarse encima, enterrando cualquier esperanza de recuperarlos.
– ¡Mierda! –dijo en voz alta dirigiéndose al universo.
Sabía que estaba condenado. Sin la energía del RTG, le quedaba algo menos de dos horas antes de que se terminaran las baterías del traje y el frío del glaciar se ocupara de él. Moriría congelado, con tan poco dolor como escasa gloria. Mientras meditaba si informar a la base de su fracaso aún corriendo riesgo de ser interceptado, la radio del traje se activó por si sola.
– Hola mayor Jensen –dijo una voz– no se mueva y mantengase de pie para minimizar la pérdida de calor. Llegaré hasta usted en unos veinte minutos.
– ¡Hijo de puta! –dijo Jensen– ese temblor no fue natural.
– Oh, no, no lo fue –rió el desconocido– fue el mismo tipo de sabotaje que pensabas infringirnos. Hemos estado al tanto de tu misión desde el principio, te sorprenderías de cuanto sabemos sobre ti. ¡Tenemos tanto de qué hablar!
– Maldito cerdo comunista, no podrás sonsacarme nada, antes yo... –Jensen se dispuso a desconectar su traje, lo que le provicaria una muerte casi inmediata, cuando lo voz lo interrumpió.
– No seas tonto, si te suicidas por congelamiento o asfixia, simplemente te reviviremos. Y créeme que te interesa lo que tenemos para decirte. Por ejemplo, empecemos por tu mujer y tu hija...
– ¿Qué vas a decirme que no sepa? –a través de la cortina azul de la masa de hielo, Jensen ya podía ver las luces de su interlocutor acercándose– Murieron en el ataque nuclear táctico en el que ustedes, malditos genocidas, mataron a dos millones sólo en Hawaii...
– Oh Jensen... –la voz sonó más sería– tu familia no murió en un ataque nuclear táctico, no sólo porque no hubo ninguno, sino porque nunca tuviste tal familia. La vida del mayor Philip Jensen que te contaron es una enorme mentira, hecha para generar en tu mente las condiciones perfectas para manipularte. Tu país nunca fue atacado, simplemente fue víctima de sus propias contradicciones, eligiendo un régimen fascista que le hizo perder la carrera espacial y hundirse en la decadencia. El Philip Jensen original no fue un mayor de la fuerza espacial muerto en un bombardeo nuclear, sino un activo militante independentista hawaiano asesinado por tu gobierno. Y estaba casado, sí, con una mujer del pueblo originario de las islas, pero no tenía hijos. Las dos bellezas rubias por las que haces duelo jamás existieron.
– Comunista de mierda, si piensas que voy a creerme por un minuto esas mentiras...
– Piénsalo Jensen –lo interrumpió la voz– despiertas en una base militar donde te explican que eres un clon de alguien cuya historia no puedes reconstruir por ti mismo, porque convenientemente todo ha sido destruido y el lugar es inhabitable. Desde que empiezas a pensar por ti mismo solo quieres vengarte, y las mismas personas que te contaron tu supuesta historia te dicen dónde y cómo hacerlo y te proveen los medios, –el brillo en el hielo ahora se veía muy cercano a su derecha– ahora quédate quieto que voy a fundir el último metro de hielo.
Jensen se disponía a saltar sobre su captor en cuanto lo tuviera al alcance. Si iba a morir nuevamente, al menos esta vez quería llevarse algún maldito chino con él. La voz continuó hablando:
– Eres inteligente y ágil, pero muy emocional, y desde que despertaste no te han permitido desarrollar tu sentido crítico. Eso te hace extremadamente controlable. Por eso te han usado... –la voz hizo una pausa, y luego continuó– tantas veces...
El hielo desapareció, y Jensen tensó sus músculos para atacar a la figura que tomaba forma entre el vapor enfrente de él. Pero no pudo hacerlo.
A través de una máscara empañada, el rostro que lo miraba era el suyo propio.