La Declaración Universal de Derechos Humanos es un escudo, no un arma. Nadie, ni gobiernos, grupos poderosos ni individuos, puede usar estos derechos humanos como excusa para violar los derechos de otros.

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Es ilegítimo, deshonesto y está prohibido manipular la Declaración Universal de los Derechos Humanos para justificar la represión, la discriminación o cualquier acción que limite los derechos y libertades.

Si un Estado censura medios de comunicación, si una organización promueve el odio, o si alguien usa su influencia para silenciar a otros, están traicionando el espíritu de este acuerdo universal.

Por eso, ninguna autoridad, por legítima que parezca, puede suspender o negar estos principios bajo ningún pretexto.

La Declaración Universal no es una lista de sugerencias, sino un compromiso inquebrantable con la dignidad humana.