Con un lápiz rojo que se dejó olvidado un carpintero, pinté un mural en la pared blanca del dormitorio de mis padres. Y se lo enseñé todo orgulloso, sin entender por qué gritaba tanto mi madre.
Peor fue lo que hice en la ferretería de mi tío abuelo. Cogí el fichero con separadores donde guardaba los documentos importantes, y corté todas las letras para jugar con ellas. Fue mi primer encuentro con la censura: querer juntar letras formando palabras me costó una paliza.


































