Mierda que, no contenta con su liberación, ayudada por la camiseta se había extendido más allá.
Concretamente, hasta la nuca.
Hasta
la
maldita
nuca
Sin demora, el maestro comenzó a buscar las toallitas en la bolsa de la ropa.
Y buscó.
Con ahínco.
Desesperación incluso.
Hasta que acepto la realidad. Las toallitas no estaban.
Sin toallitas. Sin cambiador. Y con el olor extendiéndose como mayonesa caducada en el suelo de un tarro roto.
Aquella aprendiz no podía tener midiclorianos. Tenían que ser mierdiclorianos.
Raudos y veloces, maestro y aprendiz se metieron en las duchas.
Con habilidad digna de un maestro del consejo, el maestro vertió el jabón en sus manos y se dispuso a frotar… aquello.
- ¿A la piscina hoy a entrenar el combate acuático ido tú has, joven padawan?
- No, poque me cagado.
Yoda miró al maestro. El maestro miro al infinito, conteniendo la risa.
Parecía que, después de todo, la joven padawan sí que había aprendido algo aquel día.>