Lo que está pasando con la red del pajarito azul no deja de ser otro episodio dentro de toda una serie de debacles en el mundo de Silicon Valley que viene fraguándose desde hace más de una década. Una década de inversores arrojando montañas obscenas de dinero en proyectos de dudosa calidad convencidos de que, bajo ese montón de estiercol, se escondía el próximo unicornio.

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La cosa es que en los dosmiles varias startups (facebook, instagram, etc.) lo petaron e hicieron de oro a muchos inversores. Como el capitalismo es como es, se creó toda una cultura de financiar cualquier chorrada con ingentes cantidades de dinero porque a saber lo que podría ser the next big thing. No solo eso, sino que esto acabó convirtiéndose en una especie de pseudo-religión con sus profetas y sus dioses.

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Gente como Peter Thiel o Robert Mercer empezaron a convencer a todo el que tuviera dinero de sobra en invertir en sus movidas. Apareció gente como Musk vendiendo un futuro de coches automáticos e hyperloops y colonias en Marte que tocaban la fibra sensible de todo nerd criado al calor de los ochenta. La prensa los trataba como a estrellas del rock, como a genios visionarios que llevarían a la humanidad a su siguiente nivel.

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Por supuesto, nada de aquello era verdad. Pero el dinero seguía fluyendo. Primero los inversores de Silicon Valley, ansiosos por repetir el milagro de empresas como Facebook o Amazon. Luego los grandes fondos de inversión. Luego los dineritos saudíes, petrodólares manchados de sangre y carbono que los genios visionarios recibieron con los brazos abiertos, porque no hay nada que acalle tu conciencia mejor que dormir sobre millones de billetes.

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Y empezaron a regar de dinero cualquier chorrada, por surrealista que fuese. Los fiascos de #Juicero y #Theranos (este último, acabando con su creadora entre rejas) deberían haber servido como aviso a navegantes. ¿Qué estáis haciendo? ¿No veis que estáis incinerando vuestro dinero?

Pero no lo vieron, porque no lo querían ver. Porque estaban convencidos que al fondo de todo aquel montón de estiercol había un unicornio.

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Seguían lloviendo los billetes en proyectos que, año tras año, perdían miles de millones. Uber. Deliveroo. You name it. Tarde o temprano, decían, sería rentable.

Daba igual si la hoja de ruta presentada en la IPO implicaba, por ejemplo, acabar con todo el transporte público mundial para dar beneficios, como fue el caso de Uber. Más madera, que es la guerra.

Entonces llegó 2020.

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@Shine_McShine Alguno lo será. Los inversionistas ponen sus huevos en distintas canastas y conque uno de diez achunte, justifica la pérdida en los otros nueve.