🌞 Hoy decido abrir los ojos de verdad y el sol me da en toda la cara; me parece la mejor invitación del mundo.
Sin dramas, solo con unas ganas locas de dejar de ir en modo automático y empezar a estar presente.
Siento un subidón de energía, como cuando salía de casa de pequeña sin plan y con todo por descubrir.
Me cae la ficha: la vida no me pide que sea perfecta, solo que participe.
Llamo a alguien con quien no hablo hace mil años.
No lo hace el compromiso, lo hace el deseo de escuchar su voz.
Oigo su risa y algo se me reinicia por dentro.
Qué cosa más simple y qué fuerza tiene cuando conecto de verdad.
Salgo a la calle sin el móvil.
Camino sin prisa, fijándome en los árboles que llevo viendo toda la vida pero que nunca he mirado en serio.
Respiro hondo y me pregunto: ¿cuándo ha sido la última vez que he andado por la calle sin esa urgencia de llegar pronto a otro sitio?
Empieza a llover y, en vez de salir corriendo a esconderme, levanto la cara.
Me río sola.
Me siento libre de la imagen, de las prisas y de esa tensión absurda de querer tenerlo todo bajo control.
Me subo a un árbol, sí, tal cual.
Y desde aquí arriba lo veo clarísimo: todo cambia cuando me atrevo a moverme un poco y cambiar la perspectiva.
No es un día de locos, soy yo la que decide estar despierta.
Lloro cuando me sale, sonrío sin dar explicaciones y sueño un poco en voz alta.
Me pregunto qué es lo peor que puede pasar.
¿Equivocarme?
¿Que me juzguen?
¿Pegarme un castañazo?
Pues vale.
Pero también puede pasar lo mejor: conectar, querer de verdad y sentir que estoy viva.
Hoy elijo no tensarme, no cerrarme y, sobre todo, no dejar lo importante para mañana.
Elijo vivir con los ojos abiertos.
La vida no necesita darme un palo para que aprenda; solo necesita que esté aquí, entera y despierta.
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