Las malas hierbas: Fréwaka, de Aislinn Clarke
Desde su paso por el festival de Sitges, Fréwaka ha sido relacionada una y otra vez con Midsommar, de Ari Aster (2019). En realidad, la comparación es estimulante tanto por lo que une a ambas cintas como por lo que las separa. Por una parte, ambas se encuadran con nitidez en el género del folk horror: hunden sus raíces en la tradición, se adentran en una comunidad específica y juegan con el extrañamiento de sus protagonistas ante una mitología y unas costumbres que les son, a priori, ajenas. Pero, más que una influencia directa, da la sensación de que en realidad lo que sucede es que ambas películas beben de las mismas fuentes.
En Fréwaka, Shoo (Clare Monnelly) es una estudiante de enfermería que trata de lidiar con la reciente pérdida de su madre al tiempo que recala en un pequeño pueblo para cuidar a una anciana, Peig (Bríd Ní Neachtain). El trabajo, evidentemente, no va a ser fácil, sobre todo porque Peig dice ser acosada por los sidhe (o sith, en escocés), seres de la tradición irlandesa similares a las hadas. Con esta premisa, es natural que el film de Aislinn Clarke tenga más en común con el gran clásico del género: El hombre de mimbre (The Wicker Man), filmado en 1973 por Robin Hardy, y donde el evento catalizador también era la llegada de un individuo a un pueblo de las islas británicas. En otras palabras: a un lugar que debería resultar familiar geográfica y culturalmente, pero donde algo no acaba de encajar. Ciertamente, la atmósfera malsana que construye Clarke tiene mucho más que ver con esa comunidad rural de Hardy, inquietante precisamente por su cercanía, que con el abierto y luminoso paisaje campestre de Aster, situado ya de entrada en un entorno exótico para sus protagonistas.
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