En la ría se sabe que el mar no regala nada, pero a veces permite que el orgullo regrese intacto a casa. Mi tío Juan Manso vino al mundo en Celeiro, la Catedral de la Merluza de Pincho, y pasó la vida en el Gran Sol, en esas mareas de tres meses que convertían a los hombres en extranjeros en su propia tierra y en extraños en su propia casa. De su barco no solo venía el sustento, sino un botín que nunca llegaba a la lonja: las merluzas de "propios" que terminaban en el fregadero de aluminio de mi abuela.
Yo era un niño y me asomaba a aquel metal frío para descubrir un prodigio: las merluzas me miraban. Tenían los ojos tan cristalinos y la piel tan irisada que el aire de la cocina parecía todavía agua profunda. Eran piezas subidas una a una, con el respeto que solo el anzuelo y el palangre otorgan al animal. En el petate de Juan, entre el olor a salitre, aparecían también las cintas de vídeo que mataban la soledad del abismo: lo mismo daba una de Rambo que alguna película "picante"; eran los tesoros de unos hombres que necesitaban cualquier rastro de vida para engañar al aislamiento.
Hoy Juan vive en tierra, jubilado tras dejar la movilidad de un brazo en un generador eléctrico en mitad del océano. Ya no hay cintas de VHS ni travesías de noventa días, pero queda la memoria de aquel privilegio. Porque la mejor merluza del pincho no es una etiqueta de mercado; es el sabor de una carne blanca y firme que solo se conoce cuando te la entrega alguien que ha arriesgado el cuerpo para arrancarla del fondo del mar.
¿Os gusta la merluza?
