"Mientras tanto, Occidente ha optado en demasiadas ocasiones por una estrategia mucho más cómoda políticamente: proteger al incumbente, retrasar el veredicto del mercado y presentar como defensa industrial lo que no es más que miedo a competir. La Unión Europea impuso derechos compensatorios de hasta el 35.3% a los vehículos eléctricos chinos, además del arancel base del 10%, con vigencia de cinco años. Estados Unidos, por su parte, consolidó en 2024 aranceles del 100% sobre los vehículos eléctricos procedentes de China. Se puede discutir la justificación geopolítica, comercial o estratégica de ambas medidas, pero lo que no conviene disfrazar es su significado práctico: en lugar de responder a un rival tecnológicamente más agresivo innovando más deprisa, se levanta una barrera para ganar tiempo.
Ese «ganar tiempo», sin embargo, es una trampa. La historia económica está llena de sectores que utilizaron la protección no para transformarse, sino para retrasar la transformación. Y la diferencia entre ambas cosas es enorme. Si el tiempo comprado con aranceles se invierte en rediseñar procesos, abaratar plataformas, mejorar baterías, convertir el software en prioridad, repensar la relación con el cliente y asumir que un coche ya no compite solo en caballos, chasis y acabado, entonces quizá tenga sentido. Pero si ese tiempo se dedica a seguir vendiendo una versión cosmética del pasado, el resultado será peor: al final, el muro caerá o será rodeado, y la distancia tecnológica será aún mayor.
Xiaomi resulta especialmente incómoda porque pone el dedo en el punto exacto: su ventaja no parece limitarse al coste, sino al concepto mismo de producto. Su dirección ha insistido en que el automóvil europeo sigue teniendo fortalezas evidentes en ingeniería, pero carece de la «smartness» del vehículo entendido como nodo de un ecosistema digital más amplio."
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