Hablo tanto por acá que temo parecer extrovertido. Como suele pasar -revelemos que hay truco- me guardo para mí, o para los privados, intimidades. Está en la bio: performo. Fíjense que jamás he comentado nada sobre las canciones de mi vida, y tengo una lista porque soy cuadriculada. Lo mismo ocurre con mi escena favorita de la historia del cine (de una película de animación). Y está bien porque ahora quizá sea otra.
En 2009, entre las estrellas de Los abrazos rotos estaba Ángela Molina. Sus escasos minutos en pantalla como madre -de Penélope- amatísima merecieron el Goya. Ni siquiera se la nominó. En 2024, se ha repetido el despropósito con el musical Polvo serán.
Carlos Marques-Marcet (La mort de Guillem, 2020) canta y baila, atención a la preposición, con la Parca como lo que es: lo más normal del mundo. La infalible María Arnal le marca compases y melodías; también un cuerpo de bailarines que entrega unas coreografías modernas con más de expresión física que de baile que incluso podrían parecer improvisadas de no ser por el contexto y la pasión.
Resulta que desde la pasión es como mejor se habla de la muerte. Está hasta el cierre del filme (la mirada póstuma de Claudia mortaja). Tanto aparece que a veces se derrama y Carlos pierde el control (la pataleta -egoísta- de la hija en la comida, ¡para qué ese giro tan gratuito! O cada hije con personalidades tan marcadas cuando apenas aparecen juntos); o hay sexo pre mortem. Un gran -y bello- Alfredo Castro y su familiar desnudo.
<<No sé cómo puedes renunciar a todo esto. [...] Si yo pudiera... yo seguiría viviendo, mi amor.>>
Justo Alfredo prende chispa a una escena eximia. Clausurando el segundo acto, en un soberbio ejercicio de cine, manejando con maestría el lenguaje visual, Flavio se reconcilia sin palabras con su hijo y se deja sostener por él, ambos abrazados por un bolero.
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