Relato de Oscar «El discurso Atascado»
El reloj ya daba las once y media de la noche cuando Clara cerró el último temario para estudiar sus Oposiciones. Clara no temía las preguntas del examen, temía las palabras. Esas que, algunas veces, se le quedaban atascadas en su garganta como coches detenidos en un túnel sin salida.
Frente al espejo del pasillo de su casa practicó una vez más: nombre, tema, exposición. En su boca, cada frase era como una cuesta rocosa que tenía que escalar. Pensó en aquellos largos meses de preparación, en tantas madrugadas de estudio y en sus sesiones con su logopeda que la había enseñado a respirar antes de hablar. Pero también le vino a su mente en el autobús de aquella tarde, cuando un conductor imitó su habla y todo el autobús, ella humillada, se volvió para mirarla. Olvidó aquella lamentable escena durante años, y sin embargo aquella noche, antes del gran día, aquella escena regresó sin aviso.
No durmió aquella noche.
En la mañana del examen, sus pasos resonaron en el aula del tribunal. Cuatro personas detrás de una mesa; papeles, cronómetro, agua. El primer miembro del jurado le sonrió.
- Por favor, comience. El tema de exposición es inclusión comunicativa.
Clara sintió como el aire se tornaba espeso. La primera silaba se le quedó en su lengua. Quiso continuar, pero la voz no salía. Un tic del juez al centrar sus gafas la asfixió más. Silencio. El medio rugía desde dentro.
Entonces, el segundo examinador levantó levemente la mano. No dijo nada. Solo la miró con serenidad, dándole permiso para detenerse, para respirar.
Y ella respiró.
Cuando volvió a hablar, no habló del temario, sino de ella misma.
Yo..t-ta-tarto -se detuvo, luego sonrió- .Tartamudeo. Desde niña. Y cada h-hablo, siento que…que el mundo me mide por lo que tardo y no por lo que digo. Pero la comunicación no es solo fluidez. Es c-c correaje…coraje, empatía y esc…cucha.
Las palabras, torcidas y llenas de pausas, se volverían sus aliadas. Hablo del significado de escuchar la diversidad en las voces ajenas, del derecho a expresarse sin miedo, de la paciencia como acto revolucionario.
Cuando terminó, el silencio fue distinto: cálido, lleno.
Al salir del aula, Clara no sabía si aprobaría o no. Pero sí sabía que por primera vez había hablado sin pedir perdón por hablar. Su discurso no fue perfecto, fue auténtico y verdadero.
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