El fraude de la doble función electoral
Durante la época dorada del cine, los grandes estudios idearon una estrategia comercial muy astuta para salvar sus ganancias en tiempos de crisis económica. El truco consistía en vender una entrada para ver dos películas seguidas en la misma sala. La primera era el plato fuerte, pero la segunda era una producción de bajo presupuesto, hecha a las prisas, con actuaciones lamentables y guiones absurdos. Esta segunda opción barata fue bautizada popularmente como el cine de serie B. Los empresarios del entretenimiento descubrieron que el público, motivado por la curiosidad o por la sensación de recibir más por su dinero, toleraba consumir un producto de pésima calidad con tal de completar la experiencia. Con el tiempo, la industria aprendió a emparejar dos historias mediocres en una misma cartelera, obligando a los asistentes a elegir cuál de los dos bodrios les parecía menos aburrido. El negocio no consistía en ofrecer arte de primer nivel, sino en acostumbrar al cliente a elegir entre opciones deficientes mientras la taquilla seguía registrando ingresos millonarios.
Esta vieja técnica de mercadeo saltó de las salas de proyección directo a las boletas electorales de los sistemas democráticos modernos. Las campañas políticas actuales operan bajo la misma lógica de la doble función, presentando una cartelera de candidatos donde la excelencia brilla por su ausencia. El ciudadano común acude a las urnas enfrentando una decisión muy similar a la de elegir entre comer una pizza rancia o una hamburguesa descompuesta. El aparato de propaganda se encarga de recordarle a la población los peligros mortales de la hamburguesa, exagerando sus defectos y sembrando el pánico colectivo, con el único objetivo de que la gente termine seleccionando la pizza por puro miedo. El engaño principal de este mecanismo radica en hacer creer al votante que está ejerciendo su libertad de elección, cuando en realidad solo está participando en un control de daños diseñado desde las cúpulas del poder. Sin importar cuál de los dos platillos termine ganando la contienda, el resultado para el estómago del país es exactamente el mismo: la estructura social se enferma y las promesas de bienestar quedan olvidadas.
La reducción de la democracia a la simple búsqueda del "mal menor" y el candidato "menos malo" representa una de las formas más efectivas de manipulación y adiestramiento de masas de la historia humana. Al convencer a una nación entera de que su única obligación consiste en evitar que llegue el peor aspirante, los partidos políticos logran que la sociedad baje sus estándares de exigencia. Ya no se debate sobre planes de gobierno reales, soluciones económicas viables o proyectos de justicia social auténticos; la discusión pública se estanca en el lodo de los insultos y el miedo mutuo. Los ciudadanos terminan agrupándose como un rebaño asustado, defendiendo a candidatos incompetentes simplemente porque el rival de enfrente parece más peligroso. Este conformismo programado le permite a la clase política y económica dominante mantener sus privilegios, desviar presupuestos y aprobar leyes injustas sin temor a reclamos serios, puesto que la población vive agradecida por haber "evitado una tragedia" supuestamente mayor. Romper con el círculo vicioso de la doble función electoral requiere que la sociedad deje de validar carteleras políticas mediocres y empiece a rechazar el consumo de comida política podrida en cualquiera de sus presentaciones.
— S.P. Filósofa Urbana
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