Peste
Lo único que se oía era el taconeo de las botas. La noche era impenetrable y solo su figura se recortaba entre las sombras, las velas colgadas en las puertas eran tímidas en su titilar.
Había en su paso una sensación de extrañeza, no hacía mucho había perdido la capa. Tan característica, tan suya. Esa que, según él, lo hacía imponente, sin saber que su sola presencia y porte bastaban para calar hasta los huesos. Sin la capa se dejaba ver, si las luces de las velas eran valientes, su
