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Milo y Kanon X - Libro 1

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Milo y Kanon X - Libro 1 - Lemmy.World

> Advertencia: Esta trama es una sátira, y la forma de escritura es al estilo escrito de ese tiempo (años 2000 aproximadamente), se sostendrá el estilo entre sus 5 sagas para mantener su esencia de escenas directas (sí, tiene cinco libros escritos de esta manera), con la finalidad que no pierda la esencia el dicho manuscrito. También se adjuntarán imágenes que coordinarán con dicha dinámica. Y por último, la trama fue escrita en msn, (el cual cerró en 2014), de ahí el estilo que se le proporciona dicha obra que fue escrita (al menos su primera parte) en conjunto con un amigo llamado Jonathan. ## Capítulo1: Dos chicos estaban discutiendo sobre una amiga que tenían en común, y mientras tanto, estaban sentados al lado del templo de géminis; este par de chicos eran Cristian y Jonathan, en donde unos segundos más tarde, uno de ellos hizo una exclamación interesante, por lo que de esta situación surge una gran aventura. —Oye, ¿no serás tú el que rasguñó a la niña? —¿Qué? —Sí, tiene un rasguño en medio de sus pechos. —¿Y por qué crees que fui yo D=? —Porque eres Milo de Escorpio (?) ¡He descubierto tu verdadera identidad! —No entendí XD —se rio. —xD Milo es uno de los caballeros del zodiaco; es ese el caballero de Escorpio y tiene una uña larga roja. xD —Sí, yo sé quién es. —¡Sé que fuiste tú Milo! ¬¬ Ya sé para qué usas esa uña. xD —¿Cómo sabias que me gustaba Milo de los caballeros del zodiaco? D= —¿Uh?, no sabía xD, soy adivino. LOL —¿Qué me depara el mañana querido Cristian-kun? —su amigo se estremeció ante sus palabras. —¿Por qué me dices así?… ¡Milo! —Porqué… no sé. xD —¿En realidad eras gay? xD —>w> No, no soy gay. —Lo digo por la uña larga. xD —Jamás. >-> ¡No! —¿Para qué la tienes entonces? —Es para arrancar ojos. —De seguro te haces un agujero cada vez que te rascas. xD —Para eso tengo las otras. xD —¡Uhhhh!, yo pensé que solo tenías uñas largas. xD —No, las otras me sirven para rascarme. —Ahhh, ya lo capté. ¿Y cómo es qué evitas meterle veneno a las chicas cuando vas a estar con ellas?, seguro que sí les clavas la uña las envenenas. LOL —Eso es secreto. xD —Creo que te he descubierto de nuevo, las drogas cuando les clavas tu uña. xD —No —rio nuevamente. —Pero así te resulta más fácil, ¿no? —Ya he contado las chicas cuantas hice hentai y han sido unas 20, pero ya dejé esa vida. —¡Uhhh Milo!, ¿dejaste todo eso por tu amigo Camus? ¡Faaa!, y yo pensaba que eras más macho. —¿Camus?, naaah, lo dejé porque detrás de todo soy Apolo. -w- —¿Enserio? Wow, ¿y qué te dijo Camus? —¿Por qué tendría algo que decirme Camus? —lo miró. —No sé, él tiene su opinión, aparte es tu mejor amigo —el Escorpiano se rio de nuevo y le contestó: —¿Y tú quién eres? —¿Cómo qué quién soy? —lo miró también, y volteó a ambos lados disimulando. —Sí, ¿quién eres? ¿Cuál es tu nombre y rango? —¡Yo soy Kanon de géminis, me tienes que hacer tu discípulo Milo! —OK —y así, Cristian se arrodilló. —Me tienes que enseñar cómo usar la aguja escarlata, así puedo saber cómo drogar a las chicas xD —Milo volvió a carcajearse. —Ellas caen por mi belleza muchacho, tienes que aprender a usar la tuya nada más. —Podría pensar que tú eres nuestro hermano perdido, te nos pareces bastante, pero serias nuestro hermano menor —Kanon cambió su expresión a una de curiosidad. —Sí, yo también he pensado lo mismo —Milo se puso a meditar—. Sí, la verdad es que a veces no sabía quién era quién. XD —Enserio te pareces a nosotros, a mi hermano Saga y a mí. Por cierto, ¿sabías que Shun es gay? xD, no me refiero al maestro de Mu, sino a Andrómeda. —¡Ahhh!, sí, a ese se le nota a leguas. XD —¿Vos viste el episodio ese donde revive a Hyoga? xD —No me acuerdo. xD —¡Uhhh!, parecemos mujeres diciendo los chismes de los otros caballeros, Milo. xD —¿Yo por qué? —Claro, aunque a estas alturas todo el mundo sabe de la relación que tienen Shun y Hyoga. Escuché decir que estaban en el baño haciendo sus necesidades y que Atenea los vio. xD —¡OMG!, ¿enserio?, no creo. Si Hyoga era el discípulo de Camus, sería raro que sucediera eso. —¿Tú cómo crees? Tú porque no viste cómo estaba Shun pegado a Hyoga cuando lo estaba reviviendo. Y el muy cursi de Hyoga cuando se despertó lo llevaba en brazos a Shun; parecía en sí una chica. xD ¡Yo soy el gran Kanon! recuerda que fui… no me acuerdo como se llamaba lo que fui. xD —Jajajaja lol —Bueno, yo gobernaba los 12 templos, por lo tanto, ¡lo veía todo! —¿El papa? —¿Qué papa? —El que llevaba esa mascara roja, era el papa. —¡Ahhh!, no era el papa, tenía otro nombre, pero no me acuerdo cómo se llamaba, digo, cómo me hacía llamar. xD —Bueno, era el papa, ahí soy Apolo. owo —¡Yo soy el gran Kanon! ¡El gobernante de los 12 templos! ¡Me jodió Atenea, pero he vuelto más vivo que nunca! —¿Qué, deliras? —se burló de él entre risas. —¡No! Mira Milo, ¡no me provoques! ¿O qué? ¿Me desafías con la uñita? ¡Dale qué yo te mando a otra dimensión! —No puedes, mi cosmos es más fuerte. —¿Cómo sabes? ¡Ni siquiera te has opuesto a mí! ¡Encima sé que trataste de violar a Camus!, aunque no me acuerdo si fue al revés… como sea. ¡Te voy a demandar con la policía! —No, porque mis nekitas no te dejarán —el caballero de Escorpio le señaló a unas chicas disfrazadas de gato detrás de él. —¡Uhhhh!, me las violo y luego seguimos xD —el ex-papa se fue a violar a las nekitas. —¡Pervertido, ahora te demandaré y te mandaré a la cárcel! D: —¿Cómo es qué en nuestra época hay abogados? ¿Existen? ¿En qué momento se vio un capítulo de nuestra serie teniendo una vida diaria común? xD —Pues… según se supone vivimos en el siglo 21. xD —Vos sabes que no me percaté; viví tanto tiempo controlando a Saga hasta que lo cagaron matando, luego me revivieron, y pues… se me fue el tiempo. —Sí, qué pendejo vos —se volvió a reír. —Jajajaja aún conservo parte de mi maldad ¡Muahahaha! —Hahaha ¿Qué es eso?; es una boludez. xD —Jajaja es Sonic, por eso va tan rápido. —Ah, por eso va tan rápido. Che, que boludo. lol —¡Ya Milo, estamos con un tema super serio! —¿Cuál? ¿En el cuantas veces más rápido se da Sonic en la madre lol? —¡No, era sobre la homosexualidad que hay entre los caballeros! ¡Por si no viste esto es grave! Se expande como una enfermedad, encima… ¡te tengo malas noticias Milo! Dx, me ha llegado una carta. —¿Cual carta? —¡Es de tu mejor amigo Camus! —¿Esa cosa de dónde salió? —¡Aquí se encuentra la verdad de las verdades! —¿Cuál verdad? ¿Qué dice la carta? —Sí, la carta que me dio Camus, va a tu nombre. —¿Por qué a mi nombre? Entonces no debía llegar a tus manos, choro de cartas. ¬¬ —No, bueno, sí; se la chorifique al cartero esta mañana, tenía curiosidad por saber lo que decía, pero luego te la iba a devolver con buenas intenciones. —¡Por eso, choro!  —Ya déjale de dar de madres a Sonic, ¡esto es importante! xD Mira lo que te puso Camus, tu fiel amigo —le mostró la parte de delante del sobre, el cual estaba marcado con un beso. — O_O xD ¡Ya suelta el rollo! —¿Estás listo? —Síiiii      —Ya, demasiado suspenso. Aquí vamos… —tosió y se puso a leer la carta en voz alta. Para Milo, con amor de Camus: (Estimado lector, aquí puede imitar la voz de Camus en un tono exagerado.) ¡Querido amigo, me he dado cuenta de que algo importante está pasando en los doce templos de los caballeros! Seiya y sus amigos, han estado merodeando mucho por aquí últimamente, ¡y he descubierto algo horrendo! Cuando paseaba por los doce templos, me pasé cerca de la habitación de Atenea, y escuché unas risas muy peculiares; no eran risas comunes, eran de los caballeros de Atenea; tú sabes a quienes me refiero: Shun, Hyoga, Shiryu, Ikki y Seiya. Estaban con ella; pensé que tenían una reunión normal, pero no lo era, porque apenas me asomé para verificar su charla me encontré con lo inimaginable. ¡Vi a los caballeros jugando con muñecas! ¡Todas de porcelana Dx! Entonces cuando di un paso hacia atrás para salir huyendo, Shun me atrapó con su puta cadena D=, ¡y me arrastro al infierno! —Hahaha por chismoso xD —interrumpió Milo, luego Kanon siguió leyendo: ¡Y me he dado cuenta desde ese incidente de algo muy importante Milo! ¡Me han lavado el cerebro! ¡Estoy loco por ti! Pero Milo no dejó que terminará de leer, y le quitó la carta a Kanon para prenderla fuego. —Ahhh que se joda. —Nosotros somos los únicos que quedamos Milo, hay que escapar antes de que sea demasiado tarde; el que se quiere salvar, ¡síganme, vamos todos los machos! xD —¿Por qué me suena a trampa? —¿Cómo crees? Nos vamos a violar a Atenea y luego nos vamos. xD —Yo primero a las enmascaradas. —OK, ¡a darles duro! —ambos rieron y quisieron ponerse en marcha, pero justo en ese momento aparecieron Mu y Aioria —. ¡Mira, ahí están Mu y Aioria! —Sí, los veo —siguió a Kanon pensando que se iba a esconder, pero no era ese su plan, es por eso que no se ocultó, y cuando Mu y Aioria los vieron, ellos les gritaron “contaminados” al mismo tiempo que huían de ellos—. ¡Uhh! ¿Y a estos trogloditas qué les pasa? —y entonces Aioria tanto como Mu se detuvieron en su carrera. —¿Ustedes acaso no están contaminados? ¡Todos los caballeros se están volviendo gays por culpa de Atenea que les está dando una pócima! —les advirtió Aioria. —¡Sí! ¡Y ahora nos quieren violar! ¡Ahhhh, Aioria, ahí vienen correeeeee! —Mu tomó del brazo a Aioria, y los chicos nuevamente huyen. —¡OMG!, entonces tenemos que re violar a Atenea XD —concluyo Milo. —Seee, y se fueron rajando Mu y Aioria —Kanon ya no podía ver a los otros dos dorados. —Yo no vi a nadie, pero mejor que corran. —Para mí, que a la velocidad que van ya habrán salido de los templos. ¿En qué casa estamos?, yo me perdí —Milo miró a su alrededor y notó las caras en las paredes. —Es cáncer. —¿Y dónde carajos está máscara de la muerte? —NPI, amigo mío. XD Nota del autor: NPI= ni puta idea (Sigamos xD) —Dale Milo, ¿no hay un pasadizo secreto o algo para llegar más rápido? —¿Por qué crees que yo lo sé todo? D= —Milo se acercó a la pared, y luego de decir esto, abrió un pasadizo tal cual. —xDDDD ¡Joya! ¡Vamos! —enseguida atravesaron la puerta secreta, y al traspasarla se encontraron con una escena grotesca. Shion, el maestro de Mu, se está violando a Hyoga. —¡OMG, NOOOOOOOOOOOOOOOO! —Milo gritó y se tapó los ojos —. Hay que ir por Atenea. ¡Rápido! —así fue cómo Kanon tomó del brazo a Milo para luego pasar corriendo al lado de esa pareja amorosa; bueno, si es que se podría llamarse de esa manera a lo que llegaron a ver. —Llegamos a salvo… pero ya no veo un joto. —¡Dónde está la zorra de Atenea! D= —¡Qué no veo nada Milo, JODER! —¿Cómo qué no ves nada? —el caballero de Escorpio le dio un putazo en la cara—. Pues abre los ojos animal. —Ahhh, ahora sí veo xD —se terminó por frotar los ojos por el golpe que el otro le dio—. ¿No está Atenea en la habitación? ¿Qué jodio está haciendo? —Seguramente filmando todos sus actos perversos —le respondió Milo entre cerrando sus ojos. —Oye, ¿no estará controlando a Shun y a Hyoga y los estará filmando? ¿No será una fanática del yaoi? —¡Sí! D= ¡Qué enferma! —Mejor nos vamos, se me fueron las ganas, aparte no quiero correr el riesgo de que me violen -.-U —después de decir esto Kanon, se tiró por la ventana—. ¡Dale Milo xD! —a diferencia de él, Milo bajó por un ascensor; quién sabe de dónde lo sacó. —Estamos muy altos para saltar -w-U —así fue cómo corrió Kanon con la suerte de caer sobre las rosas de Afrodita. —¡Ay la puta madre, me llene de espinas! —después de aterrizar, salió de entre las rosas con miles de espinas en su trasero, y en lo que llegaba Milo riendo, se trataba de sacar las espinas. —Ahh estás envenenado. xD —O_O Uhhh, eso jode -.-U; espera que mato a afrodita. ¡Uh!, ahora hay que bajar todos los otros escalones. En la serie se la pasaban corriendo más que peleando —ante ese comentario, Milo siguió riendo—. Bueno, a ver, vamos a bajarle xD y terminamos con el primer capítulo de Milo y Kanon xD —Hahaha cada vez que dices Kanon, me acuerdo de K-on. lol —¿Qué jodio es? xD —Es una serie de anime que está viendo mi prima. Lol Y así, nuestros héroes se precipitaron a una aventura para salvar sus vidas de un grotesco destino. ¿Podrán sobrevivir a las muñecas de porcelana? ¿Lograremos ver a Camus, el mejor amigo íntimo de Milo? ¡No se lo pierdan! ¡Todo aquí en Milo y Kanon X! ¡Nos vemos en el segundo capítulo!.. …" –Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ [https://fictograma.com/] . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–

Opinión de borrador de primer capitulo

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Opinión de borrador de primer capitulo - Lemmy.World

> Hola soy nuevo aquí y quería compartir el borrador del primer capítulo de una historia que estoy escribiendo. Está ambientada en una isla de fantasía, en una época tardío medieval más cercana al renacimiento. La historia seguirá a dos hermanos y su mentor que se ven obligados a huir de su hogar cuando una poderosa duquesa ordena a un grupo de sectarios que los encuentren. — ### CAPÍTULO 1: UN TRABAJO MÁS Una suave brisa de viento mecía las hojas de los pinos. Un silencio inundaba el bosque, un silencio extraño. El canto de algún jilguero y el movimiento de algún pequeño roedor eran los pocos sonidos distinguibles en aquel voto de silencio que el bosque había realizado aquella tarde. Un estrecho camino de tierra, apenas visible, se internaba en aquel paisaje tan único del sur de la isla. Allí, se encontraban de pie, parados como pasmarotes, tres hombres armados observando un cartel de madera arrancado a la derecha del camino. —¡Y una mierda! —vociferó la figura más alta mientras se agarraba el cinturón. —¿No me dirás que estás acojonado, hermano? —preguntó con sarcasmo el más bajo de ellos. —No es eso, ¡joder! —El alto elevó su tono de voz buscando la intervención del último hombre, un anciano que no había dejado de observar la entrada. Ante la indiferencia del hombre, prosiguió con la discusión—: Pero ya sabes lo que opino de los putos lobos, nunca van solos, coño, van en manada, lo sabe todo el mundo. —Vale, estás acojonado —respondió vacilante el bajo, mientras que su hermano fruncía el ceño dispuesto a responder con la respuesta más ingeniosa que había podido pensar en ese momento. —¡Gilipollas! —vociferó el grandullón sosteniendo la camisa blanca de su hermano por el cuello mientras este no dejaba de sonreír. —¡Basta los dos! Gonzalo, tú delante; Alonso, tú detrás. —Instantáneamente ambos hermanos se callaron y obedecieron la orden sin vacilar ni un momento. El bajo se puso al frente mientras el alto se posicionó en la retaguardia del trío. Mientras los hermanos obedecían, el anciano no apartó la vista de aquella entrada ni un solo segundo. Lo cierto es que aquel hombre era bastante reconocible: piel rugosa, áspera, pelo de color ceniciento, barba descuidada y una gran cicatriz en su labio. No era muy alto, pero contaba con una barriga prominente cultivada a lo largo de los años. Su aspecto era más propio al de los filósofos borrachos de las tabernas que al de un buscavidas. —Entonces… —Gonzalo se dio la vuelta para mirar al anciano antes de emprender el camino dentro del bosque—. ¿Se supone que tenemos que confiar en la palabra de un concejal corrupto? No es por ir en tu contra, Martín, pero llevas toda nuestra vida repitiendo que debemos ser más listos que los demás y esto no es algo muy inteligente, digo yo. Lo cierto es que Gonzalo tenía parte de razón; aceptar un contrato para cazar un lobo solitario por una cantidad grande era una señal de que aquello era más bien una estafa que podía terminar o en un robo o en algo peor. Gonzalo siempre había sabido suplir su poca altura y fuerza con una inteligencia y curiosidad enormes. Las diferencias con su mellizo eran tan significantes que se podría afirmar que no se parecían en casi nada. Uno era un gigante de pelo largo y castaño oscuro, ojos color miel; el otro, de estatura baja, pelo negro carbón y corto y unos ojos verdes heredados de su padre. —Llevamos una semana comiendo pan duro y nos quedamos sin dinero hace tres días. Sé que no es lo mejor, pero hace meses que no encuentro un contrato de verdad, así que esto es lo mejor que tenemos por ahora. —La preocupación en el rostro de Gonzalo se acentuaba a más palabras salían de la boca de Martín, así que tenía que hacer algo para calmar la situación; suspiró y buscó en su cabeza qué palabras serían las más adecuadas. —Es una trampa, lo sé —dijo finalmente mientras se frotaba la barbilla—. Si el lobo no existe, que probablemente así sea, volveremos a la aldea y obligaremos a ese cabrón a que nos pague lo que nos debe; si existe, lo cazamos y hacemos lo mismo. La expresión de falsa confianza de Martín solo logró convencer a Alonso, que asintiendo animó a su hermano para que echara a andar de una vez. Gonzalo, a regañadientes, empezó la caminata hacia la boca del bosque siguiendo el camino en un inicio hasta que los cantos de los pájaros cesaron y el silencio más absoluto se adueñó de la escena. Martín hizo señas con las manos a los hermanos para que los tres abandonaran el camino y se adentraran entre los árboles. Guiando el grupo esta vez el anciano, los tres hombres desenvainaron sus armas: Alonso un mandoble viejo de aspecto endeble, Gonzalo una pequeña espada y una pequeña rodela que portaba en su espalda; finalmente Martín cargó su ballesta y preparó un puñal que colgaba de su cintura. Una siniestra niebla comenzó a inundar el bosque al mismo tiempo que el sol comenzaba a desaparecer. Ante la escasa visión, Alonso se tropezó con una raíz que sobresalía del suelo cayendo sobre su hermano, que logró esquivarlo por centímetros y esbozó una leve sonrisa. Martín alzó su mano izquierda cerrando el puño para indicar silencio. La brisa del viento emitía un pequeño silbido que erizó la piel de los tres hombres mientras la oscuridad se cernía cada vez más sobre sus ojos. Avanzaron durante un rato tratando de evitar los obstáculos que la propia naturaleza había dispuesto a lo largo de aquel bosque. Evitaron en todo momento la tentación de encender algo de fuego para dotarlos de la bendición que hubiera sido una luz, incluso tenue, en aquel lugar. Sus plegarias fueron atendidas cuando divisaron a la lejanía lo que parecía ser una hoguera o algo parecido; la verdad es que no lograban distinguir nada, pero era lo único que podían distinguir en aquel lugar. Los tres pararon en seco y entrecruzaron una serie de miradas cargadas de curiosidad y cierto terror, como un sentimiento de peligro que despertó en lo más profundo de su ser. Al final fue Alonso el que decidió dar el paso y acercarse para descubrir de dónde procedía aquella luz; Martín trató de agarrarle el brazo para retenerlo, pero el gigante se deshizo fácil de las manos de su mentor. Alonso esperaba encontrar un campamento de bandidos, los mismos a los que pertenecía el cabrón del concejal que les había mandado hacia aquella trampa. De hecho, cuanto más se acercaba, incluso pasó por su cabeza la posibilidad de que fuera el campamento de un vendedor ambulante que les invitaría a cenar e incluso a un buen vino. Pensamientos que rápidamente desaparecieron cuando, tras asomarse de un arbusto, tuvo enfrente de sí la hoguera de la que provenía la luz. Aquella expresión de curiosidad desapareció enseguida. Enfrente de él yacían lo que a ojo parecían ser cuatro cadáveres. Ciertamente, lo que le sorprendió a Alonso no fueron los muertos en sí; había trabajado junto a Martín y su hermano durante años y aquellos bosques eran igualmente venerados y temidos. Lo que cambió el rostro de Alonso fue que la cabeza de uno de ellos estaba justo en sus pies. Aunque se mantuvo en silencio, el pánico se adueñó de su cuerpo dando un mal paso hacia atrás y cayendo. Martín y Gonzalo se acercaron deprisa pero silenciosamente para asegurarse de que estaba bien. Mientras Martín intentaba hacer que Alonso hablara, Gonzalo se adelantó en la explicación que el anciano pretendía sacar de la boca de su hermano. —Creo que ya no nos tenemos que preocupar porque nos vayan a robar. —Gonzalo se giró lentamente hacia Martín, que le miraba extrañado. —Ahora solo nos tenemos que preocupar de que no nos coman. —Hizo una leve pausa—. Joder —sentenció. Martín apartó a un lado a Gonzalo, salió de la penumbra y se quedó observando la cabeza cortada. Más que una cabeza podría decirse que era una masa de carne pegada a un cráneo, estaba destrozada. —Por la Dama —fue la única frase que salió de su boca. Tras observar la misma durante un instante, alzó la vista hacia el resto del campamento: ocho cuerpos contó, ni uno más, ni uno menos. El anciano ordenó a los hermanos que le cubrieran mientras descargaba su ballesta y la volvía a colocar en su espalda. Ambos obedecieron, al menos lo hicieron cuando Gonzalo logró que su hermano se incorporara de nuevo para buscar su mandoble. Martín se acercó al primero de los muertos y se agachó para observar de cerca. Había sido asesinado, o más bien dicho, destrozado. Le faltaban la pierna izquierda al completo y el brazo derecho entero, tenía una enorme herida de garra en su estómago y en su cráneo Martín se quedó extrañado por las dos grandes incisiones de colmillos que lo atravesaban. Entonces Gonzalo se acercó al segundo cuerpo. A este le faltaba la cabeza, así que asumió que había desenmascarado bastante rápido el misterio. Por la forma que tenía lo poco de cuello que le quedaba, pudo deducir que la muerte tuvo que ser rápida; posiblemente a la bestia le bastó un solo zarpazo para arrancarle la cabeza. Alzó de nuevo la vista y se dio cuenta de que aquel campamento, por llamarlo de alguna forma, estaba compuesto por algún saco de dormir, una cacerola y una cuchara de metal encima de la hoguera y, bueno, ahora un montón de cuerpos desmembrados. Lo que más inquietaba a Gonzalo no era aquella escena macabra, era el silencio; silencio absoluto del bosque, un bosque que normalmente rebosaba de vida, aquella noche había muerto. Entonces comenzó a analizar más de cerca lo que parecía una huella, una huella extrañamente grande para ser de un lobo, pensamiento que guardó en sus adentros. Se agachó para analizarla de cerca y pudo deducir que, por lo menos, aquello existía; si dejaba huellas es que era real y si era real se podría matar, o de eso quería convencerse. El chisporroteo de la hoguera fue lo único que lo sacó de sus pensamientos. Así fueron los tres uno a uno hasta llegar a la conclusión de que no habían sido ocho muertos, sino doce, solo que los últimos cuatro estaban esparcidos a lo largo del campamento. —Esto lo ha hecho un lobo por los cojones —comenzó a maldecir Alonso—. ¡Ves!, son una puta manada, Gonzalo, una ma-na-da, serán veinte o, qué coño, ¡treinta! —Esto no lo ha podido hacer un lobo, es imposible… —Gonzalo se quedó observando a uno de los muertos que se encontraba tendido en el suelo, con los brazos extendidos y los dedos de las manos clavados en la tierra, tratando de huir de la cosa que lo mató; volvió a pensar en la huella de antes y comenzó a repasar el amplio bestiario que Martín les había obligado a memorizar—. ¿Puede que un cajún? —Los cajún no habrían dejado los cuerpos, se los habrían llevado a su madriguera, aunque el tamaño de las heridas es… —Martín hizo una leve pausa mientras los hermanos le observaban impacientes— …es posible, esos monstruos son los únicos capaces en esta zona de hacer algo así. —De repente a Alonso le comenzaron a rugir las tripas y el anciano se acordó del porqué se habían adentrado en aquel infierno—. Coged lo que veáis de valor, rápido, yo encenderé las antorchas. Martín corrió hacia la hoguera que comenzaba a apagarse, agarró algunas ramas gordas y lió unos trapos a su alrededor. Roció los trapos con algo de aguardiente que tenía guardado en la cantimplora de piel de su cintura. Bastó acercar aquellas antorchas improvisadas al fuego para que ardieran. Mientras, los hermanos buscaban en las bolsas, cofres y sacos de dormir del campamento, apenas haciéndose con algunas monedas. Resulta que los saqueadores estaban más necesitados que ellos. Toda la preparación quedó en nada cuando una ráfaga de viento apagó la hoguera y las tres ramas, quedando aquel triste cementerio totalmente a oscuras. Se comenzaron a escuchar algunos crujidos de ramas seguidos por unas leves pisadas, casi indistibles del sonido que emitía el propio viento. La niebla se encargó de separar a los hermanos de su maestro. Ambos se quedaron inmóviles durante un instante, instante que fue precedido por un grito seguido a su vez por un fuerte golpe. Esto puso en alerta total a los hermanos que lentamente se acercaron hacia donde se suponía que estaba Martín. Ninguno de ellos se atrevió a decir nada, ni una sola palabra; aunque deseaban gritar para que el anciano respondiera, no podían dejar que aquello tuviera aún más fácil localizarlos. Ambos prepararon sus armas, espalda con espalda, decidieron comenzar a moverse poco a poco hacia la hoguera extinguida. La niebla no les dejaba ver demasiado, aquello era tanto una maldición como una bendición, eso pensaba Alonso, pero su hermano tenía la sensación de que lo que fuera que moraba aquella niebla los podía ver sin mucho problema. Gonzalo vislumbró a Martín tirado en el suelo, justo debajo de un enorme pino; abandonando la pequeña formación, se acercó rápidamente hacia el anciano que no parecía tener ninguna herida en su cuerpo. Al comprobar que respiraba, se giró a ver a su hermano para comunicarle la buena noticia, aunque Alonso estaba más preocupado por otra cosa. —El puto lobo —fueron las palabras que Gonzalo escuchó antes de buscar con sus propios ojos aquello que había dejado perplejo a su hermano. Unos ojos amarillos emitían una luz casi sobrenatural y estos poco a poco iban acercándose. En apenas unos instantes se encontraba frente a ellos. El animal era un lobo, o algo parecido a un lobo. Una bestia blanca de dos metros de alto y otros tantos de largo. Tenía un aspecto canino pero con ciertas peculiaridades: de su boca sobresalían dos grandes colmillos; de su cabeza, encima de sus ojos, dos pequeños cuernos coronaban su cráneo dotando a aquel animal de un espectro demoníaco. A Gonzalo le sonaba de algo, creía haber leído sobre un animal parecido en algún lado, pero no tuvo mucho tiempo para pensar ya que aquella criatura se abalanzó sobre Alonso. Su hermano trató de defenderse como pudo, esgrimió su mandoble y, con una velocidad impropia para una arma de semejante tamaño, comenzó a lanzar cortes sin parar; sin embargo, la criatura esquivaba cada uno de los golpes con una agilidad que causó un terror aún más grande a los hermanos. Gonzalo no se quedó quieto; dispuesto a ayudar, alzó su espada lanzándose hacia él con el único objetivo de acabar con la bestia. Poco pudo hacer cuando la niebla, una lo suficientemente espesa para privarle de la visión de aquel enfrentamiento, le impidió seguir con su heroica carga. El joven se perdió por un momento. Con la espada en posición, se internó en la bruma, guiado por un instinto primitivo que le empujaba a ayudar a su hermano. Los ruidos de pisadas, los gruñidos de la bestia y del propio Alonso lo iban conduciendo hacia el combate. Las maldiciones que gritaba Alonso fueron desapareciendo poco a poco. Un aullido de dolor seguido de los crujidos de varias ramas le provocaron un vuelco en el corazón a Gonzalo. —¿Alonso? —preguntó—. ¡¿ALONSO?! —El pánico se apoderó de su cuerpo—. Hermano, por favor. Siguió avanzando, esta vez con más cautela. Cuando se quiso dar cuenta, Gonzalo tenía a sus pies aquello que más temía: Alonso. Sin duda era él, ninguno de los bandidos podía igualar el tamaño de su hermano; estaba malherido, en el suelo, con unas marcas de garras en la espalda. El pánico nubló el juicio de Gonzalo, que perplejo apenas pudo reaccionar cuando la bestia se abalanzó contra él. Como pudo, adoptó una posición defensiva. Mantuvo la espada a la altura de su hombro derecho mientras agarraba la misma como un estoque, postura defensiva que aprendió de un libro de esgrima. Era la única forma de defensa que conocía; sabía que la misma estaba destinada a defenderse de otros hombres, pero no tenía ni idea de qué hacer contra un monstruo como aquel. Lo cierto es que habían cazado otras veces, pero habían sido presas fáciles y la mayoría de veces era Martín el que se encargaba de los trabajos más duros. La bestia paró su carga de golpe para observar a Gonzalo. Le sudaban las manos, le temblaban las piernas, pero su mirada era desafiante. El joven creyó ver una leve sonrisa o algo parecido en el rostro de la bestia, aunque pronto alejó ese pensamiento de su cabeza. En ese momento, el animal comenzó a dar vueltas alrededor de Gonzalo, el cual comenzó a hacer lo mismo iniciando un duelo bastante curioso. Poco duró aquello; cuando la bestia creyó ver un punto débil, se dispuso a atacar. Gonzalo lanzó una estocada con la esperanza de atravesar o el corazón o la boca de la bestia. El animal lo esquivó, ese y los otros tantos intentos que realizó el joven. Gonzalo decidió cambiar de estilo. Las estocadas no funcionaban, ahora había que pasar a los tajos y cortes. Cambió la postura: esta vez posicionó la espada a su derecha, en una posición abierta que dejaba descubierto su cuerpo pero le permitía dar tajos rápidos de abajo arriba seguidamente. El animal observó confundido al joven, bajando la guardia un leve instante, suficiente para que Gonzalo lanzara un falso tajo a la derecha, con lo cual el animal saltó a la izquierda para esquivarlo. Rápidamente cambió la dirección de la espada hacia el animal consiguiendo herirle en su rostro. El tajo le recorría desde uno de sus cuernos hasta uno de sus dientes, prácticamente todo su rostro. La sangre emanaba de la herida, pero el animal no aulló, no se enfadó; puede que incluso le sorprendiera, y le dio la impresión a Gonzalo de que incluso le hizo una pequeña reverencia. Trató de repetir la misma técnica sin mucho éxito y fue demasiado tarde cuando Gonzalo comprendió que la bestia lo había estado cansando, jugando con él. Intentó volver a la postura inicial, pero el animal lanzó un mordisco que Gonzalo paró con la espada. Esta se partió y, conforme los pedazos caían al suelo, la mirada de desafío que había lanzado en un inicio a aquel animal desapareció, dando paso a una mirada de horror absoluto. El joven fue poco a poco andando hacia atrás hasta que tropezó con uno de los saqueadores muertos. Allí, en el suelo, rezando a la Dama tanto por su alma como por la de su mentor y su hermano, una ráfaga de viento le erizó la piel. Aquella situación era demasiado irreal. Ese pequeño pensamiento se incrementó cuando recordó de dónde le sonaba aquel animal. —No puede ser —susurró. La bestia no compartía su entusiasmo. Se acercó poco a poco, colocó sus enormes patas encima de los brazos de Gonzalo asegurando que este no se moviera. Acercó su boca a la cara del joven, lo miró, gruñó, y se dispuso a clavar esos enormes colmillos en su cráneo. Gonzalo se había hecho a la idea de que ese era el final, aunque se negó a cerrar los ojos; no porque no quisiera, sino porque no podía creer que una criatura como lo era un lobo de Myr, que se creía extinto desde hacía por lo menos mil años, fuera la causante de su muerte. Algo cambió entonces en el ambiente: el viento cesó y con él lo hizo el frío de la noche. Una sensación cálida inundó a Gonzalo, una sensación de calma. El lobo dio varios pasos hacia atrás y desapareció entre la niebla. El joven se quedó quieto, no entendía nada, no sabía si atribuir aquello a la Dama o a alguna bestia aún mayor que había logrado asustarlo. Se incorporó un poco aunque una gota de sangre le brotó de su nariz cayendo al suelo. La cabeza pesaba y las piernas le comenzaron a fallar. Alzó la vista al frente, por donde había desaparecido el lobo. Apenas pudo distinguir nada, pero sabía que algo le observaba. Centró más su vista y lo vio. Allí estaba el lobo, pero no estaba solo. Una gran figura femenina se alzaba al fondo, entre los árboles, acariciando a la bestia que a su lado parecía mucho más pequeña. No pudo distinguir ningún detalle de la mujer, solo que desprendía un brillo blanco que impedía observar su rostro. Gonzalo intentó acercarse, pero cuando dio el primer paso se desplomó en el suelo; antes de cerrar los ojos pudo ver a la mujer acercándose a él. En ese momento la oscuridad se adueñó de sus ojos… …" –Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ [https://fictograma.com/] . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–

Restos de Almas Rotas: Capítulo 12

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Restos de Almas Rotas: Capítulo 12 - Lemmy.World

## Capítulo 12 # Diferente Amanecer   —¿Crees que alguien nos vio? —Bueno, ojalá, así sabríamos que hay alguien vivo. —Me refiero a que si algún— —Lo sé, solo estaba jugando. —Ah, ¿sí?, pues juega con la madera que tienes que cortar antes de que se haga de noche. —Bueno, perdón. —Tú te lo buscaste, yo haré la cena con lo que encontramos mientras. —Espera, ¿Por qué no me acompañas? —¿Para qué? —Conversar, ¿Qué más? —Bueno, pero la cena saldrá más tarde. —No importa, revisa en mi mochila, hay unas donas envasadas que pude traer, las comemos mientras. —¿Donas?, qué rico, a-aunque deberías priorizar lo esencial… —No hay nada de malo en algo dulce de vez en cuando. —B-bien, te lo paso por esta vez —dice Erina mientras mira las donas con ojos brillantes. Son las 6 de la tarde, el viento helado barre las hojas del campo y agita suavemente la ropa de ambos. Aiden respira profundamente cuando salen de la cabaña, llenando sus pulmones de ese aire fresco, un poco de la humedad de los árboles y de las astillas de la madera cortada con anterioridad. El suelo se siente suave bajo sus pies debido a la lluvia del día anterior, y algunas de las hojas secas que cayeron hoy de las ramas crujen a su paso. Erina se sienta sobre un tronco cortado, mientras Aiden quita la espada de su funda y la empuña con ambas manos. —Un segundo, ¿Ayer estabas cortando troncos con esa cosa? —Sí, ¿Qué tiene? —¿No la vas a partir?, creí que era una espada de decoración. —Hmm, pues no —dice mientras apoya la espada en su hombro —. Fue un encargo que hice hace tiempo a una herrería, especifiqué que quería que fuese completamente funcional aún si no fuera práctica de usar. —Ay, eso debió costar bastante. —Pues, sí, me costó casi toda la paga de un mes, pero valió la pena, aunque no está hecha para usarla realmente, por los 2 o 3 kilos que pesa. —¿Sí?, pues si lo dices así, no se ve tan pesada. —¿No?, ven y haz la prueba —dice clavando la punta de la espada en el suelo y ofreciéndosela a Erina. Ella se levanta del tronco y se aferra a la empuñadura. —Se supone que una espada normal debería pesar mucho menos de la mitad que esta, pero es una réplica exacta, por lo que es mucho más gruesa y pesada. Erina intenta levantar la espada con mucha dificultad. —Adelante, ataca con ella —dice con una ligera sonrisa en su rostro. —¡Khg!, ¿por qué cuesta tanto levantarla? Sus muñecas luchan por mantener levantada su hoja, Erina la intenta balancear de lado a lado, pero la espada parece tener vida propia. —Uf, bien, ya… ya terminé… —dice mientras apoya el arma en el suelo ofreciéndosela a Aiden y vuelve al tronco en el que estaba. —Tengo que admitir que tampoco era capaz de empuñarla bien —Recupera su agarre, levantando el filo y apoyándolo sobre su hombro derecho —. Pero cuando la fui a buscar, no la recordaba tan ligera, menos ahora, no sé bien por qué, no es como que haya hecho ejercicio. Aiden toma nuevamente la espada con ambas manos y se planta frente al árbol. —¿Tendrá algo que ver con…? Un golpe horizontal al árbol hace que la madera se abra y rompa, soltando algunas astillas, las cuales caen a sus pies. —No parece que te cueste mucho. Aiden retira el arma. —Si, bueno, no es como que sea ligera como una pluma, no puedo usarla con una mano, pero con dos —dice mientras da un par de cortes al aire —. La clave está en mover los pies también, así no pierdes el equilibrio. Una vez terminada la demostración, Aiden enfrenta al árbol otra vez, cortándolo otra vez y explotando en astillas de madera saltando por todos lados. —Oye Aiden, ¿Eso que tienes en el pecho ya lo tenías antes? La embestida de la espada termina por incrustarla en el árbol, dejándola fija. Aiden voltea a verla. —¿Qué cosa? —Este, pues… hace unos días, cuando te estaba curando, en tu pecho, cerca del corazón, noté una especie de punto o círculo raro. —¿En serio? —dice Aiden mientras estira el cuello de su camiseta hacia abajo para descubrir su pecho, notando que, efectivamente, hay una marca ahí. —¿Qué mierda…? Pues si que tengo algo aquí. Hay un pequeño círculo del tamaño de una moneda de poco valor en su pecho, es de color negro con un poco de rojo, no parece ser de un color sólido por completo, y tiene un pequeño relieve que se siente cuando pasa sus dedos sobre él. —¿Entonces no lo tenías antes? —N-no, o sea, eso creo. —No te dije nada porque creía que era alguna marca de nacimiento o algo. —Pues no, aquí no tenía nada, aunque… —¿Qué cosa? —Cuando estábamos en el restaurante, antes de que todo explotara, sentí una punzada muy fuerte en mi pecho, justo en esta zona, no sé si tenga algo que ver. —Es posible. —Y de hecho… de hecho… Aiden da una pequeña pausa y desvía la mirada, para justo después volver a tomar su espada y seguir cortando el árbol. —Cuando los vi, tirados en el suelo, y a esas cosas encima, me sentí… no sé cómo describirlo bien. Los estruendosos golpes al árbol hacen que las astillas salten por los aires además de callar su voz. —Mi cuerpo se sentía caliente, algo se abría paso dentro de mí, como miles de serpientes recorriendo justo desde aquí —Señala su pecho mientras detiene los cortes — arrastrándose y cubriendo toda la parte izquierda de mi rostro. —Y… ¿Q-qué más recuerdas? Su respiración está algo agitada, por el esfuerzo físico, o por lo que está por decir, aún así, vuelve a extraer la espada. —Sentí… o más bien escuché una voz en mi cabeza, me daba la bienvenida y— Aprieta la empuñadura con sus manos y con una fuerza que no estaba usando antes, corta el tronco, los retazos de madera saltan violentamente en todas direcciones. —No recuerdo nada más que un profundo odio, no sabía que podía sentirme así, solo quería saltar y partirlos a la mitad… Como si intentara callar sus pensamientos, corta una y otra vez el tronco, queda muy poco para que el árbol caiga, y este tiembla estáticamente con cada golpe brutal. —¡Los…!, yo… no recuerdo mucho más, solo el olor desagradable de esas cosas, la rabia y después, el dolor… desperté un momento y vi a esa criatura delante de mí, no sabía bien que me estaba haciendo, pero sé que me dolía, nunca antes había… Su respiración se agita, aprieta los dientes, y continúa una vez más con los cortes, hasta que con un grito de rabia, atraviesa con un solo movimiento la poca madera que le quedaba al tronco. Como si se tratara de una explosión, la madera estalla con ese último golpe, las hojas caen descontroladas y las ramas se agitan de lado a lado produciendo un susurro al chocar entre sí. Mientras el árbol cede ante la gravedad y su propio peso, Aiden se mueve lejos de este, esquivando la dirección de la caída. El tronco emite un ruido ensordecedor y seco al impactar contra la tierra, haciéndola temblar con violencia mientras las hojas saltan por todos lados y las ramas se parten. —Fue como un destello, un dolor tan intenso como nunca lo había sentido, para luego simplemente apagarse hasta la noche, como si mi cuerpo me hubiera guardado ese dolor para cuando estuviera consciente… Erina se pone de pie, nota la rabia y frustración en la mirada de Aiden, quien también se encuentra respirando agitado por el esfuerzo físico provocado por terminar de destrozar el tronco de un solo tajo. —¿E-estás bien?, siento haber tocado ese tema, es solo que desde hace rato que quería preguntarte sobre esa marca… —No te preocupes, es solo que… —dice da un gran suspiro —Es solo que me cuesta controlar un poco lo que siento cuando me pongo a recordar, no sé por qué. Aiden toma otra vez la espada con una sola mano, la levanta y con algo de fuerza y el propio peso del arma, clava la espada en el tronco caído, quedando sujeta con firmeza. —¿Puedes traerme la sierra?, creo que la dejé junto a la chimenea. —S-sí, ya voy —dice mientras entra a la cabaña a paso acelerado. Erina, lo siento, yo soy quien quería conversar, y volví incómoda la situación, sé que quizás te sientas culpable por sacar el tema y haberme molestado, pero no miento al decirte que no termino de entender que… No sé por qué me cuesta tanto controlarme… Erina sale de la cabaña nuevamente con la herramienta en la mano, la hoja de sierra ondula de lado a lado produciendo un cimbreo ligero. —Mira cómo hace —dice Erina mientras se planta frente a Aiden y agita la hoja de la sierra horizontalmente, produciendo sonidos ondulantes más fuertes y graciosos. Aiden ríe —Bien, dámela, solo voy a cortar lo suficiente, podrías entrar y hacer la cena mientras —dice mientras le quita la herramienta de las manos. —Sí, lo siento, e-este… volveré a la cabañita… —dice mientras se aleja con lentitud. ¿Está incómoda?, mierda, esto… Que puedo hacer… —Ah, sí, ¿Erina? —¿S-sí? —Te encontré un regalo antes, cuando cenemos te lo entregaré. —¡¿Un regalo?! —dice con sus ojos iluminados. —Sí, aunque ya que te comiste las donas no debería darte nada. —¿Q-qué?, pero eso no fue mi culpa, solo desaparecieron de la caja… —No importa, iba a dártelas de todas formas, vamos, ve, intentaré terminar rápido. —Muy bien —dice mientras corre emocionada de vuelta a la cabaña. Genial, eso funcionó. Terminemos de una vez.       Luego de una hora, el ruido de fuera al fin acabó, todo el olor a madera cortada y aserrada desaparece poco a poco, el viento ya casi no sopla y el sol se está poniendo en el horizonte, son casi las 8 de la noche. Aiden entra cargando con un pequeño montón de leña en sus brazos, pero antes de dejarlos en la chimenea, un delicioso olor a carne de pollo asada llena por completo la cabaña. Deja la leña junto al lugar para hacer el fuego, manejando su peso con suma facilidad, como si cargara un par de almohadas. Con cuidado, se acerca a Erina— —¿Qué haces? —¡Ahh!, dios, no me asustes. —¿No me escuchaste entrar? —Si, no, bueno, da igual, estoy haciendo algo del pollito que encontramos, acompañado de arroz. —Luce bien. —Obvio que luce bien, lo estoy haciendo yo, anda, haz el fuego mientras termino. Siguiendo la indicación de Erina, Aiden camina hacia la chimenea. El calor repentino que emanó de la tierra luego de esta abrirse, secó aún más la corteza de los árboles, por lo que debería encender fácil. Toma una porción de astillas de madera pequeñas y las acumula como base, para luego dejar trozos más gruesos encima. Chispas saltan del mechero, para abrirle paso al fuego, el cual comienza a quemar los bordes de las astillas, soltando un ligero olor a quemado, aún así, no tardan en encenderse y envolverse en las llamas, consumiéndose poco a poco. Todo el humo comienza a subir por la chimenea, y el calor que emana se hace más presente. Aiden toma el atizador que se encontraba apoyado en la pared y ajusta un poco la madera antes de comenzar a ayudar a Erina con la mesa. Pero… La mesa ya está ordenada, pero aún falta que Erina termine la comida, mierda, el olor solo hace que mi estómago ruga aún más… Tengo mucha hambre, me da a mí que no bastará con repetirme, espero que haya hecho de sobra. Últimamente mi cabeza da vueltas cada vez que tengo hambre, como si tuviera un vacío en el estómago, nunca me había pasado. No puedo decírselo a Erina, volverme un problema más es lo que menos quiero. Aiden se sienta en la mesa y acerca su mochila hacia él, hurgando en ella unos segundos hasta encontrar lo que busca. —Aquí están. —¿Qué cosa? —Interrumpe Erina junto al ruido de los platos siendo acomodados sobre la mesa. —Esto… —Aiden sigue con su mirada la comida que Erina está dejando frente a el. —¿Es mi regalo?, déjame ver, anda —dice mientras intenta meter la mano en el bolso. —Primero comamos, estoy muriéndome de hambre. —Buu, está bien. Aiden observa con atención a Erina mientras ella se enfoca en dar el primer bocado, y una vez lo da, se sumerge en el suyo, comiendo como si no lo hubiera hecho hace días. Carajo, que rico está esto. Devora la comida como si fuera un animal, Erina no le presta demasiada atención, solo pasan un par de minutos hasta que se le ocurre mirar hacia el frente y— —¡¿Te lo comiste todo ya?! —Oh, sí —dice mientras se saborea los labios —¿Queda un poco más? Erina suelta una pequeña carcajada —Sí, sabía que querrías más, te rellenaré más el plato esta vez. Y así lo hace, rellena el plato con una pequeña montaña de arroz junto a un par de pechugas de pollo. —Aquí tienes —dice mientras le acerca el plato nuevamente. —Genial, gracias, eres la mejor —dice mientras se sumerge en su plato, esta vez sin esperar. Erina solo sonríe mientras lo mira comer. —Oye, ¿Siempre has comido así? Eso es una barbaridad. —Pues no —dice con la boca llena, para luego tragar —. No sé por qué últimamente tengo muchísima hambre, generalmente cuando volvemos de una excursión, o hago algo de ejercicio. —Entiendo, ¿Y tu brazo izquierdo ya no te duele? Aiden para de comer un momento, pensando en que responder. —Sí, no, no lo sé bien, solo se siente incómodo, no sé cómo debería estar, nunca me han empalado antes —dice mientras esboza una pequeña sonrisa. —¿Seguro?, ¿No quieres que te lo re—? —No te preocupes, toma. Toma con rapidez algo de la mochila, y lo acerca a Erina. —Este es tu regalo… —¿Esto?, ¿Es una memoria? —Sip, es una memoria USB, cuando pasamos junto a esa tienda de electrónica, tomé un par, son de la mejor calidad que había ahí, deberían costar bastante, pero no había nadie en el lugar, así que me atendí solo —dice mientras continúa comiendo. —Oh, comprendo, pero ¿Por qué una memoria? Aiden da un último bocado, apenas queda arroz en su plato y no hay rastro del pollo. —¿Cuánto tiempo ha pasado desde que todo comenzó? —Hmm, pues déjame pensar —Erina se lleva una mano a la barbilla —. Creo que casi unas dos semanas. —Entonces queda poco tiempo. Esta ciudad tiene la suerte de tener una red eléctrica posiblemente automatizada, no lo sé muy bien, pero es lo que nos ha mantenido con energía hasta ahora. —Oh, sin gente que se haga cargo, no tardarán en fallar, ¿No? —Sí, nos quedaremos sin luz tarde o temprano, sé que intentamos buscar señales telefónicas sin éxito, pero llegará un punto en el que deberemos dejar los celulares atrás. —Lo sé… pero, ¿Qué tiene que ver la memoria que me diste con todo eso? —Esa memoria es tu oportunidad para guardar todos tus recuerdos más preciados, y así en un futuro, si es que todo esto termina, no tengas que depender de tu memoria, y puedas revivir lo que querías conservar. Erina abre bien los ojos. —Ya veo, asumí que eran para otra cosa, ya que tampoco tenemos computadoras, me siento algo tonta. —No te preocupes, yo tampoco me había dado cuenta, es solo que cuando estábamos fuera mencionaste sobre el por qué no se ha ido la luz aún. —No, no, a ti se te ocurrió primero… gracias Aiden, te juro que no sabía el valor de lo que me estabas dando, pero ahora sí. Pero, ¿Cómo lo cone—? —Con esto —dice Aiden mientras que, con los ojos cerrados y una sonrisa, le extiende un pequeño aparato —. Es un adaptador, así puedes guardar todo lo que quieras, más aún considerando que tomé las memorias con más capacidad que había en la tienda… ¡Bah!, no las extrañarán. —¿Memorias?, ¿Tomaste una para ti también? —Sí, pero no tengo nada que guardar en ella, solo la tomé por… avaricia supongo. —Oh, ¿En serio?, eso es algo triste. —No te burles. —No me burlo, o sea, vivíamos una época en la que podías registrar todo lo que quisieras en un par de segundos, ¿Y tú no tienes nada? —Bueno, debí aclararlo mejor, quería decir que no tengo nada que valga la pena guardar, no me gusta tomar demasiadas fotos, o nunca sentí la necesidad de preservar algo… —¿Qué hay de tu familia?, ¿tus padres?, ¿alguna n-novia? —Creo que… no soy alguien a quien le guste recordar, más bien siento que es una carga. Nunca me han gustado los recuerdos, fotos pasadas, o cosas así, me ponen… incómodo. Así que no tengo a nadie que quiera conservar realmente. —Entiendo… —dice Erina mientras baja la mirada. —Siento ponerte triste, eso es lo que pasa al rebuscar demasiado en mí. —Pero eso es algo bueno, no deberías guardarte cosas así. —Sí, lo sé. Suelo enfrentar lo que está delante de mí, pero no sé cómo luchar contra aquello que no puedo ver. No tengo demasiadas opciones. —Pues, yo creo que hablar sobre lo que sientes es una forma de luchar, pero a veces, no todo puede resolverse así… a veces solo puedes aceptarlo. Aiden baja la mirada ante la afirmación de Erina. —Creo que tienes razón… pero por ahora no se me antoja seguir luchando —Bosteza—. Estoy muy cansado y ya se hizo algo tarde, debería ir a la cama. —Bueno, sí, yo también tengo algo de sueño. No te preocupes, ve a dormir, yo me ocupo de los platos. —¿De verdad?, entonces gracias, así me pagas mis donas. Aiden se retira de la mesa y camina con tranquilidad a su habitación, dejando a Erina sola tras de él. Los pasos resuenan en la madera rechinante hasta desaparecer por completo. Aiden… No me imagino toda la soledad por la que has pasado, tanta, que ni siquiera quieres que tu familia forme parte de tus recuerdos. Pero no tienes que huir de lo que sientes, ni tampoco tienes que luchar solo. Estoy aquí… …" –Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ [https://fictograma.com/] . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–

Libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica - Parte VI

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Libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica - Parte VI - Lemmy.World

## CONJUNCIONES - Cambio de y por e y o por u. La conjunción y pasa a e y la conjunción o pasa a u ante voces que comienzan, respectivamente, por /i/ y /o/: simpática e inteligente y uno u otro. El cambio de estas conjunciones se da por razones fónicas, no gráficas. Por tanto, se produce el cambio también en estos casos: - Ante i y o, respectivamente, precedidas de h muda: aguja e hilo, mujeres u hombres. - Ante voces de otras lenguas que se lean con /i/ y /o/ iniciales aunque estén escritas con secuencias que se leerían de otra manera en español: carta e e-mail, perfume u eau de parfum. - Ante signos y otros elementos gráficos que se lean con /i/ y /o/ iniciales: los signos > e = (‘mayor e igual’); 70 u 80 personas. - Cuando se usa la fórmula y/o (➤ G-180) ante /o/: constructores y/u obreros. - En la construcción o… o…: o cucarachas u hormigas, u hormigas o cucarachas, u osos u orangutanes. 178. Por el contrario, no se produce cambio alguno en los siguientes casos: 1) Ante i y o precedidas de h aspirada: Franco y Hitler, Watson o Holmes. 2) Ante diptongos: madera y hierro (pero diptongo e hiato si el segmento hia- de hiato se pronuncia en dos sílabas). 3) Ante i- y o- en palabras de otras lenguas en las que i y o no se pronuncian /i/ y /o/: iPad y iPhone; Jonas Brothers o One Direction. 4) Cuando se usa la fórmula y/o (➤ G-180) ante /i/: arquitecto y/o ingeniero. 5) Cuando la conjunción encabeza un fragmento discursivo y expresa un significado similar a ‘¿Dónde está?’ o ‘¿Qué hay de?’, como en ¿Y Ignacio? 6) y/o. En español la conjunción o puede tener el valor inclusivo de y, por lo que, en principio, sería innecesario el uso de y/o. Aun así, no se considera incorrecta esta fórmula, especialmente cuando se usa en textos administrativos, jurídicos o científicos, en particular en los casos en los que pudiera caber alguna duda del valor inclusivo de la conjunción o. 7) Coordinación de elementos: 1. bi- y tridimensionales. Es válido coordinar prefijos: bi- y tridimensionales (➤ O-181). 2. los y las representantes. No es recomendable la coordinación de artículos: los y las representantes. Si fuera necesario desdoblar (➤ G-3), lo más aconsejable es repetir el nombre: los representantes y las representantes. 3. la actriz y cantante. Es más normal que dos nombres compartan artículo cuando se refieren a la misma entidad, como en la actriz y cantante o el alcalde y boticario, pero es posible que se refieran a entidades distintas, como en los libros y discos. Aun así, en estos últimos casos, suele ser más normal repetir el determinante: la madre y la hija, mi cartera y mis llaves. También es posible prescindir de ambos artículos en algunos casos: Madre e hija aparecieron finalmente sanas y salvas. 4. lenta y progresivamente. Es posible, aunque no obligatorio, prescindir de la secuencia -mente en los adverbios de este tipo que no aparezcan en último lugar en una estructura coordinada: lenta, calmada y progresivamente; tanto interna como externamente. 5. con cuchillo y tenedor. Con los nombres precedidos de preposición, se puede optar por coordinar solo los nombres (con cuchillo y tenedor, fanático del cine y el teatro) o los nombres con las preposiciones (con cuchillo y con tenedor, fanático del cine y del teatro). No obstante, la elección de una u otra construcción puede cambiar el sentido en determinadas circunstancias. Así, en los amigos de Ana y Luis es más normal entender que se habla de amigos comunes, mientras que en los amigos de Ana y de Luis es más normal interpretar que se habla de los de cada uno. 6. personas que juegan y bailan. Aunque puede haber cambios en la interpretación, es posible omitir el segundo relativo en casos como personas que juegan y bailan, que alternaría con personas que juegan y que bailan. 7. la entrada y salida de camiones. Es válido coordinar elementos que tienen un mismo complemento precedido de la misma preposición: la entrada y salida de camiones; Opto y voto por hacerlo. Cuando la preposición que rige cada nombre es distinta, se mantiene a menudo solo la que corresponde al último elemento en la lengua coloquial. Así, se dice Son cientos los aviones que llegan y salen de este aeropuerto cada día a pesar de que el verbo llegar se combina con a y el verbo salir con de. En la lengua cuidada se recomienda repetir el complemento en cada miembro de la coordinación: Son cientos los aviones que llegan a este aeropuerto y salen de él cada día. 8. estudia y trabaja. Es posible coordinar dos o más verbos con un mismo sujeto (María estudia y trabaja) y también varios grupos verbales: María escribió la carta, la metió en el sobre y la llevó al correo. En casos como María la escribió y la metió en un sobre, se recomienda repetir el pronombre y no prescindir de uno, como en María la escribió y metió en un sobre, salvo en los casos en los que existe gran afinidad conceptual entre los verbos, o se desea enfatizar alguna acción: Lo había leído y anotado escrupulosamente; La leyó y releyó cien veces. 9. ha diseñado y construido. Es posible y válido coordinar participios que forman parte, por ejemplo, de tiempos compuestos: El arquitecto ha diseñado y construido ese edificio. 8) Van a cantar y bailar. Es válido coordinar verbos auxiliados en perífrasis sin repetir el verbo auxiliar ni otros posibles elementos intermedios: Van a cantar y bailar en la actuación; Tengo que estudiar y trabajar. En estos casos también se podrían mantener los otros elementos: Van a cantar y a bailar en la actuación; Tengo que estudiar y que trabajar. 9) La obligó a estudiar y quedarse en casa. En la coordinación de complementos con verbos precedidos de preposición, como La obligó a estudiar y a quedarse en casa, es posible omitir la preposición en el segundo caso, como en La obligó a estudiar y quedarse en casa. Lo mismo ocurre con la conjunción en casos como Quiero que vengas y (que) veas lo que he preparado. 10) Uso de y, o y pero a principio de enunciado. Las conjunciones y, o y pero pueden emplearse a principio de enunciado. Se entiende en ese caso que unen el nuevo enunciado con el anterior. Pueden, además, adquirir valores expresivos que justifican su uso a principio de oración: Y a mí qué me importa; ¿O es que ya no me quieres?; ¡Pero qué dices! 11) ¡Que te vayas! La conjunción que puede encabezar enunciados de muy diversa naturaleza: ¡Que te vayas!; ¡Que viene Juan!; ¿¡Que no va a venir!?; Que dice María que la esperemos; ¡Que no estoy sordo!; ¿Que te ha dicho qué? A pesar de que, como se ve, pueda aparecer en contextos interrogativos y exclamativos, que es aquí una conjunción átona y no se debe tildar (➤ O-66). 12) mejor que lo que imaginas, frente a mejor de lo que imaginas. En algunas construcciones comparativas con oraciones de relativo, puede usarse que o de para introducir el segundo término dependiendo de lo que se compare: Eso será mejor que/de lo que imaginas. En Eso será mejor que lo que imaginas se comparan dos entidades: eso y lo que imaginas; en cambio, en Eso será mejor de lo que imaginas, el segundo término, lo que imaginas, no denota una entidad distinta de eso, sino el grado o cantidad en que imagina el interlocutor que eso será bueno. Esto explica por qué en los casos en que el segundo término denota una entidad distinta debe usarse que (Tienes más posibilidades que Juan) y cuando denota grado o cantidad debe usarse de (Tienes más posibilidades de las que crees). 13) mejor que, no Umejor a. No se debe emplear la preposición a en lugar de que en casos como El futuro que nos espera será mejor que aquel que imaginamos. Sobre el uso de a y que con preferir, ➤ GLOSARIO. 14) que que. En las oraciones comparativas es posible encontrar la secuencia que que en casos como Es mejor que vayas tú que que vengan ellos. Esta construcción es válida. Aun así, para evitar la cacofonía, es posible insertar el elemento no entre las dos conjunciones: Es mejor que vayas tú que no que vengan ellos. No es posible, en cambio, solapar las dos conjunciones usando una sola: UEs mejor que vayas tú que vengan ellos. Tampoco se recomienda como solución la sustitución de la conjunción que comparativa por a: Es mejor que vayas tú que (mejor que a) que vengan ellos (➤ G-185). 15) ¡Qué listo (que) eres! Es propio del registro conversacional, pero no incorrecto, el uso superfluo de la conjunción que en las exclamativas del tipo de ¡Qué listo (que) eres!; ¡Qué rápido (que) va!; ¡Vaya tonterías (que) dices!; ¡Menuda pinta (que) tiene! Es asimismo correcto el uso, también opcional, de la conjunción que tras ojalá: ¡Ojalá (que) todo salga bien! Sobre la posibilidad de omitir la conjunción que en casos como Espero te sirva, ➤ G-71. ## LA NEGACIÓN - No vino nadie, frente a UVino nadie. En español, la doble negación no cancela el sentido negativo. Así, No vino nadie no equivale a Vino alguien, sino a Nadie vino. El uso de la doble negación se debe a que en español las expresiones negativas no pueden aparecer después del verbo sin que otra palabra negativa, como no (o tampoco, nunca, ninguno, sin…), preceda al verbo: UVino nadie. - Nadie vino, frente a UNadie no vino. Cuando nada, nadie, ninguno, nunca, etc., preceden al verbo, no deben combinarse con no en la lengua actual: Nadie vino ~ UNadie no vino; Tampoco lo hizo Juan ~ UTampoco no lo hizo Juan. Esta última opción solo se registra en zonas hispanohablantes lindantes con áreas francófonas y de habla catalana, así como en Paraguay por influencia del guaraní. - No creo que venga ~ Creo que no vendrá. En algunos casos se puede adelantar la posición del adverbio no sin que por ello pase a modificar verdaderamente al verbo al que precede en su nueva posición. Así, el significado de No creo que venga está próximo al de Creo que no vendrá. Algo similar ocurre en No quiero que venga ~ Quiero que no venga. En ambos casos, no obstante, se niega de manera más rotunda con la segunda opción. - No lo creeré hasta que no lo haya visto. En español hay algunos casos en los que la negación no aporta ningún significado, pero no por ello se considera incorrecta: No lo creeré hasta que no lo haya visto; ¡Cuántas veces no lo habré dicho!; Es mejor que vayas tú que no que vengan ellos; Por poco no se cae… # Cuestiones ortográficas ## LETRAS Y GRAFÍAS 1. Las letras del abecedario. El abecedario o alfabeto español está compuesto por veintisiete letras: a, b, c, d, e, f, g, h, i, j, k, l, m, n, ñ, o, p, q, r, s, t, u, v, w, x, y, z. Los nombres recomendados de las letras son los siguientes: a: a b: be c: ce d: de e: e f: efe g: ge h: hache i: i j: jota k: ka l: ele m: eme n: ene ñ: eñe o: o p: pe q: cu r: erre s: ese t: te u: u v: uve w: uve doble x: equis y: ye z: zeta 2. Otros nombres. Aunque estos son los nombres recomendados, también se aceptan otros, como i griega para la y o i latina para la i. Se desaconsejan, en cambio, el nombre ere para la r y los nombres ceta, ceda o zeda para la z. En algunos países de América se utiliza ve para la v, nombre que suele ir acompañado de adjetivos como corta, chica o baja para distinguirlo del nombre de la b, al cual se le añade normalmente el adjetivo opuesto larga, grande o alta. Asimismo, en algunas zonas se usan doble ve, ve doble, doble uve o doble u para la w. 3. ch, ll, rr, gu, qu. Además de las veintisiete letras, el español cuenta con cinco dígrafos (o secuencias de dos letras que representan un solo sonido): ch, ll, rr, gu, qu. Para los tres primeros son válidos, respectivamente, los nombres che, elle (también doble ele) y erre doble o doble erre. En P-1 y ss. se explica la pronunciación de las letras y los dígrafos. ## PALABRAS CON B Y V 4. En general, se escribe b: Ante consonante: abdicar, abnegación, absolver, abyecto, amable, hablar, hebra, objeto, obtener, obvio, pobre, subterfugio. Excepciones: ovni, grivna y algunos nombres propios extranjeros, como Vladimir, Vladivostok… A final de palabra: baobab, kebab… Excepciones: lev, molotov y ciertos nombres propios eslavos, como Kiev, Prokófiev, Romanov. En la terminación -bilidad, como en habilidad o amabilidad (con la excepción de civilidad y movilidad). En las terminaciones -buir y -bir de los verbos, como distribuir o escribir (salvo hervir, servir y vivir, y sus derivados). En la terminación -ba- del imperfecto (➤ G-43): cantaba, ibas, íbamos, rezabais, lloraban… En las formas verbales que conservan la b del infinitivo: absorbes, absorbía… (de absorber), cabes, cabías… (de caber), había, hubo… (de haber), recabáis, recabábamos… (de recabar), etc. 5. En general, se escribe v: En las terminaciones -avo, -ave, -eve, -evo, -ivo de los adjetivos: octavo, dieciseisavo, grave, suave, breve, leve, longevo, nuevo, intuitivo, activo… En las formas verbales que no contienen en su infinitivo, salvo en el imperfecto en -ba-: tuvo, estuve, vaya, voy, ve, vamos, anduvimos, pero andaba, andábamos… En las formas verbales que mantienen la v del infinitivo: volvemos, volvía, vuelve o volviéramos (de volver); cavo, cavabas, cavasteis, caváramos (de cavar); vendo, vendabas, vendó (de vendar)… PALABRAS CON C, Z Y S 5. cerilla, zapato. Para representar el sonido [z] se pueden utilizar en español las letras c y z (para el seseo, ➤ P-7). En general, se escribe c ante e, i y z ante a, o, u y a final de sílaba: cerilla, felicidad, calcetín, incienso, frente a zapato, pozo, anzuelo, capaz, pez, regaliz, atroz, luz. 6. kamikaze, nazi. No obstante, hay casos en los que se escribe z ante e, i: 1. Algunos préstamos: askenazi o askenazí, azeuxis, dazibao, enzima (‘fermento’), kamikaze, majzén, nazi, razia, zéjel, zen, zepelín, zeugma, zigurat, zigzag, zíper. 2. Algunos nombres propios: Azerbaiyán (y azerbaiyano y azerí), Nueva Zelanda (y neozelandés), Suazilandia (y suazi), Zimbabue (y zimbabuense), Elzevir (apellido de una célebre familia de impresores holandeses, y sus derivados elzevir o elzevirio y elzeviriano), Ezequiel, Zenón, Zeus. 7. cigoto, eccema. Hay otras voces en las que alternan las dos grafías, pero, salvo en el caso de zinc, que es preferible a cinc, se recomienda el uso de c en todos los casos: ácimo, acimut, bencina, cigoto, cíngaro, circonio, eccema, magacín… 8. discreción, objeción. En general, se escribe una sola c en las palabras terminadas en -ción que no tienen ninguna palabra con -ct- en su familia, pero sí suelen tener un nombre o adjetivo terminado en vocal seguido de -to: concreción (concreto), contrición (contrito), discreción (discreto), erudición (erudito), sujeción (sujeto), objeción (objeto). También se escriben con -ción palabras como aclamación, adición ‘suma’, afición, evaluación, inflación, rendición, secreción, traición… 9. adicción, lección. Se escribe -cc- en las palabras terminadas en -ción que tienen alguna palabra con -ct- en su familia: acción (activo, acto), adicción (adicto), calefacción (calefactor), conducción (conductor), construcción (constructor), dirección (directo), elección (electo, elector), ficción (ficticio), infección (infectar), infracción (infractor), lección (lectivo), perfección (perfecto), putrefacción (putrefacto), reacción (reactor), satisfacción (satisfactorio), succión (suctor), traducción (traductor). También terminan en -cción palabras como cocción, confección, fricción y micción. 10. En el español general, pero sobre todo en las zonas con seseo (➤ P-7), hay algunos casos en los que se duda a la hora de escribir s, c o z: 1. arroces, felices. Se escribe con c el plural de las palabras terminadas en -z: arroces (de arroz), audaces (de audaz), felices (de feliz), lombrices (de lombriz)… 5. bebecito, huesito, huesecito. Cuando se añade el diminutivo -ecito (➤ G-37), este se escribirá con c, como en bebecito o panecito. Si la palabra tiene -s en su raíz y solo se añade -ito, se mantendrá la s: pasito (de paso), huesito (de hueso). En estos últimos casos, si se añade -ecito, se escribirá primero s (de la raíz) y luego c (de la terminación): huesecito (frente a huesito). 6. comprensión, atención, impresión, repetición. Se escribe -sión y no -ción: en derivados de verbos en -der, -dir, -ter, -tir que no conservan la d o la t, como en comprensión (de comprender), agresión (de agredir) o diversión (de divertir), con alguna excepción, como atención; en derivados de verbos en -sar que no conservan la secuencia -sa-, como en precisión (de precisar), progresión de (progresar); en derivados de verbos en -primir o -cluir, como en impresión (de imprimir) o conclusión (de concluir); así como en palabras terminadas en -visión, como previsión (excepto movición), y otras como pasión. 5. has frente a haz, quiso, pusieron. Se escribe s en formas verbales como has (presente de haber: ¿Has hecho eso?) frente a haz (imperativo de hacer: ¡Haz eso!), quiso (de querer), pusieron (de poner), ves (de ver), vais (de ir). ## PALABRAS CON C, QU Y K 12. cuenco, quedar, kebab. Para representar el sonido [k], en español se utiliza c ante a, o y u (también a final de palabra o ante consonante, como en crac), y el dígrafo qu- solo ante e, i: capitán, color, cubo, máscara, cuenco o escuálido y quedar, tanque o tranquilo. Además, hay casos en los que se utiliza k en contextos similares: bakalao (tipo de música), kart, kebab, kilo-, okupa, kril… Dada la variación, se recomienda consultar el diccionario ante la duda. 13. folclore, póquer, bikini, euskera. Se prefiere c o qu (según el contexto) a k en caqui (color y fruta), Corea, cuáquero, folclore, neoyorquino, póquer, polca, queroseno, quiosco, telequinesia, valquiria. Se prefiere k en alaskeño, bikini, euskera, harakiri, kamikaze, karst, kilo, kimono, kinesiología, kurdo, Marrakech, moka, musaka, okapi, pakistaní, pekinés, troika, uzbeko, vodka. A final de sílaba también alternan c y k: aeróbic (o aerobic), bistec, bloc, chic, clic, cómic, coñac, crac, frac, pícnic, tac, tic, tictac, vivac, zinc, zódiac, pero anorak, brik, cuark, folk, kayak, punk, tetrabrik, turkmeno, yak… 14. cuórum, no Uquórum. Hoy no se acepta el uso de q fuera del dígrafo qu. De ahí que en español se deba escribir cuark, cuásar o cuórum, no Uquark, Uquásar o Uquórum. También se recomienda escribir Catar e Irak en lugar de Qatar e Iraq. ## G Y J 15 jersey, jirafa, cónyuge, guerra. En español, el sonido [j] se puede representar con las letras j en cualquier posición (barajar, jersey, jirafa, joroba, juego, eje, lejía, rejuvenecer, reloj…) y g ante e, i (gestor, girar, imagen, cónyuge, región, higiene, congelar…). El sonido [g] (➤ P-1) se representa con la letra g (ante a, o, u, ante consonante y a final de sílaba o palabra) o el dígrafo gu (ante e, i ): gato, guerra, águila, agosto, gustar, ogro, zigzag. 16. garaje, trajiste, complejidad. En general, se escribe j ante e, i: 1. En la terminación -aje(s): bricolaje, garaje, golaveraje, homenaje, menaje, tatuaje, triaje… Excepciones: ambages, enálage, hipálage. 2. En la raíz de formas verbales que no tienen el sonido [j] en el infinitivo, como trajiste (de traer), condujimos (de conducir) o dedujeras (de deducir). 3. En las palabras formadas sobre raíces terminadas en j: complejidad, esponjita, relojes, rejilla, ojeras, quejido… 17. coger, crujir, filología. En general, se escribe g ante e, i en los siguientes casos: 1. Los verbos terminados en -ger, -gir y sus formas: coger, coges, corregimos, elegí, eligieron, proteger, protegemos, dirigís. En estos verbos sí se escribe j ante a y o: cojo, cojas, elijo, elijan, protejamos, dirijáis… Son excepciones tejer y crujir y sus derivados (tejió, tejiéramos, destejen, cruje, crujía…), y algunos otros verbos menos usuales, como mejer o grujir. 2. Palabras que terminan en -logía, -rragia, -fagia, -algia: filología, hemorragia, onicofagia (‘costumbre de comerse las uñas’), lumbalgia… 18. México, Texas. En algunos nombres propios y sus derivados, la x puede representar el sonido [j]: México, Texas, Ximénez, Mexía… En estos casos la x se pronuncia como [j] y se prefiere a la j en la escritura (por ejemplo, mexicano, mejor que mejicano)… …" --Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ [https://fictograma.com/] . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–

La montaña mágica: Capítulo 4 / 5 - Thomas Mann

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Mutantes - Lemmy.World

EN EL PRESENTE. Jack estaba acostado en la cama, sacó el collar de su hermano y lo observó en silencio. Podía recordar cada momento con él como si hubiera ocurrido ayer. En ese instante, Rick entró en la habitación. —¿Ya estás mejor? Jack asintió con la cabeza. —Bien. Entonces sígueme, hay algo que hacer. Jack se levantó y lo siguió hasta la sala principal de la base. Allí se encontraba todo el grupo. Cuando lo vieron, le dieron una cálida bienvenida, Jack sonrió, pero al instante un flashback de sus antiguos amigos cruzó por su mente, provocándole un punzante dolor de cabeza. Intentó que nadie lo notara. Rick comenzó a hablar, explicó que habían aparecido nuevos tipos de mutantes, en ese momento, Jack sacó un libro de su mochila. Todos lo miraron. —Este libro me lo dio una amiga —dijo—. Se dedicó a estudiar a los mutantes. Logró clasificarlos y describir sus habilidades. —Genial. Deberías leernos ese libro —expresó Tom. —Está bien, aquí voy. Jack abrió el libro. —Primero está el mutante normal. El que todos conocemos. El más común. Hizo una pausa. —Pero también existen mutantes anormales. Hasta ahora, hay cinco registrados. El grupo escuchaba en absoluto silencio. Uno: “Thief”. Más rápido y sigiloso que los mutantes normales. Su debilidad: es físicamente más débil. Dos: “Grandulón”. El grandulón que casi mata a Violet, Michael y a mí. Es enorme, posee una fuerza y resistencia brutales, pero es torpe. Si pierde de vista a su presa, le cuesta recuperarla. Tres: “El Ciego”. No puede ver, pero oye absolutamente todo. Hasta el más mínimo sonido. Su rostro está cubierto. Solo se distingue su boca. Cuatro: “Bestia”. Se mueve en cuatro patas. Eso le da velocidad y una tenacidad salvaje. No tiene un punto débil claro, pero igual que el grandulón no es muy listo. Jack respiró profundo antes de continuar. Cinco, “El Alfa”. Un poco más grande que los mutantes normales. No es el más fuerte, pero es el más peligroso. Es inteligente. Organiza a los mutantes. Aprende de sus presas. Las estudia. Y nunca está solo. Jack cerró el libro lentamente. —Si te topas con uno de esos, tienes un noventa por ciento de probabilidades de no sobrevivir. El grupo quedó en silencio. —Ese libro sí que es genial, hermanito —dijo Michael. Jack lo miró en silencio. Hermanito… —¿Estás bien? —preguntó Michael. —No es nada. Estoy bien. Todos agradecieron a Jack por la información. Él levantó la mirada hacia el cielo y pensó: Gracias. Rick dio una palmada. —Bien, muchachos. Ahora estamos mejor informados, y da la casualidad de que tenemos algo que hacer. —¡Al fin una misión! Ya estaba aburrido de estar acá —protestó Tom. —En esta misión iremos en Cherry. Pero ustedes esperarán aquí por si acaso. Solo Aoi, Jack, Michael y yo iremos. —Eso es totalmente injusto—se quejó Tom. —¿Qué es Cherry? —preguntó Jack. —Claro, tú no lo sabes. Sígueme. Rick lo condujo hasta una sección de la base que parecía un taller, allí estaba, una Ford Transit completamente modificada: ventanas blindadas, parachoques reforzados, placas metálicas y neumáticos preparados para el caos. —Esta es Cherry. Un miembro más de la familia —dijo Rick, mirándola con orgullo. —Wow, sí que está linda esta máquina —opinó Jack. —Es hermosa —añadió Rick—. Bueno, es hora de movernos. El grupo comenzó a prepararse, armas. Mochilas. Municiones. Silencio, minutos después, todo estaba listo, subieron a Cherry y emprendieron el viaje hacia su nueva misión. Ya en el viaje, Jack observaba a Rick y preguntó: —¿Qué tenemos que hacer? —Hace unas semanas fuimos en busca de comida y cruzamos por una especie de base militar —explicó Rick—. Podría haber cosas interesantes y muy útiles allí dentro, pero no sé lo que nos espera. Por eso dejé a los demás en la base. Una base militar… pensó Jack. De pronto, un dolor le punzó la cabeza. No otra vez… Jack comenzó a temblar, sintiendo que perdía el control. Aoi lo tocó suavemente en el hombro. —¿Estás bien? —preguntó. Jack respiró hondo, reincorporándose: —Sí, perdón, me perdí en mis pensamientos. Tras un largo viaje, el grupo entró por un caminito de tierra, pero Cherry avanzaba sin dificultad, totalmente modificada para cualquier terreno. Finalmente, llegaron a la base militar. Estacionaron, y Rick ordenó a Michael que esperara allí por precaución. Todos observaron la estructura, y Michael murmuró: —Podría ser nuestra nueva base. —No es mala idea —opinó Rick—. Bueno, entremos. El grupo se infiltró. La base parecía haber estado habitada no hace mucho. Por ahora, parecía desierta, pero ninguno bajaba la guardia. En este mundo no podías relajarte ni un segundo. —Miren, hay alguien —dijo Aoi. Se acercaron y encontraron a una persona que parecía normal. Rick comprobó su pulso. —¡Sigue vivo! Debemos llevarlo urgente a nuestra base —ordenó—. Más tarde volveremos a inspeccionar este lugar. Rick lo cargó sobre su espalda mientras Aoi y Jack lo seguían. De pronto, Jack escuchó un sonido. Giró la cabeza y percibió una presencia fugaz. La vio un instante y desapareció. Drake, pensó. En un instante, Jack corrió hacia la figura. Gritaba, cegado por el odio, parecía que el mismo era un mutante. Rick ordenó a Aoi detenerlo, y ella se interpuso. Jack esquivó su ataque y contraatacó con un gancho derecho. Aoi apenas logró esquivarlo, pero en ese instante Jack aprovecho y siguió corriendo, ignorando todo. Entonces apareció Michael y disparó con un taser. Jack intentó esquivar, pero fue demasiado tarde: los dardos impactaron y cayó al suelo paralizado. Levantó la cabeza y vio que la figura se había esfumado. Cerró los ojos, y antes de perder el conocimiento pensó: Te prometo que te mataré. De vuelta en la base, Jack fue trasladado a su habitación. Rick les dijo a los demás que estaba bien, sin mencionar a Tom ni Violet que había perdido el control nuevamente. Lo importante ahora era el hombre que habían encontrado. Lo llevaron a la sala de hospital improvisada, y Violet, con los conocimientos que su padre le enseñó, hizo todo lo posible para estabilizarlo. Todo el grupo colaboraba como si fuera una operación quirúrgica: cada segundo contaba. Tras un arduo trabajo, lograron estabilizar al paciente. El grupo celebró, y Tom fue a ver a Jack, esperando que hubiera despertado para festejar con ellos, pero al llegar a su habitación, notó que la puerta estaba abierta. Algo no andaba bien. Corrió y vio la cama vacía. Alarmado, corrió junto con el grupo y dio la noticia: Jack había desaparecido. El grupo guardó silencio. Rick pensó un momento antes de decir: —Volvió a la base. Debemos ir a buscarlo. —¿Estás seguro? Ese chico nos está trayendo problemas últimamente —dijo Michael. En ese instante, Violet arremetió: —Si no fuera por él, no habríamos contado con ayuda el otro día. —Ya no peleen —interrumpió Rick—. No abandonaré a nadie nunca. Está decidido: iremos por él. Lejos de la base, Jack encontró una motocicleta y se dirigió hacia la base militar, decidido a cumplir su promesa. No dejaría que su familia fuera arrebatada de nuevo… …" –Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ [https://fictograma.com/] . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–

Rey David : Cap 13-16

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Rey David : Cap 13-16 - Lemmy.World

Capítulo Trece — La Línea que No Ves Pasó en la escalera. Nada dramático. Nada ruidoso. Solo… mal, de una forma que me retorció el estómago antes de que mi mente lo entendiera. Estaba cruzando el ala sur, tratando de evitar a Jones, tratando de no ser visto en absoluto, cuando escuché una voz quebrarse—aguda, desesperada, rompiéndose. —Por favor… por favor no… Me quedé congelado. Dos hombres estaban medio ocultos cerca de las escaleras de emergencia. Uno era joven, quizá de mi edad, con una pulsera de hospital colgando de la muñeca. El otro era mayor, de mirada afilada, furioso. Tenía la mano apretando el cuello de la camisa del chico. —¿Crees que puedes simplemente huir? —escupió el hombre—. ¿Después de lo que hiciste? —No lo robé —dijo el chico, con la voz temblando—. Lo juro. Solo… lo necesitaba. El hombre lo empujó. Fuerte. El chico golpeó la pared y se deslizó hacia abajo, jadeando. Mis manos ardieron al instante. Calientes. Urgentes. Como si supieran antes que yo. Di un paso adelante… y me detuve. Esto no era una herida. Aún no. Esto no era enfermedad, ni edad, ni accidente. Era crueldad. Elección. Intención. Las reglas cambiaron bajo mis pies. El hombre levantó el puño. —Alto —dije. Mi voz sonó pequeña. Aun así, cortó el aire. Ambos se volvieron. El hombre sonrió con desprecio. —Lárgate, chico. Debería haber corrido. En cambio, lo sentí—ese tirón, ese calor, ese deseo terrible en mis manos. No alcancé al chico. Alcancé al hombre. No para sanar. Para quitar. En el momento en que mis dedos rozaron su manga, el calor desapareció. Él se tambaleó. Su respiración se entrecortó. Su rostro se puso pálido—no enfermo, no muriendo, solo… vacío. Como si algo se hubiera drenado de él. —¿Q-qué hiciste? —susurró. Nada sanó. Nada se rompió. Pero algo se detuvo. El hombre soltó al chico. Retrocedió, con los ojos abiertos de par en par, de pronto inseguro. Luego se dio la vuelta y huyó escaleras abajo, sus pasos resonando como culpa. El chico me miró, temblando. —Tú… tú no lo lastimaste —dijo. —No quise —susurré. Morales apareció al final del pasillo, con la mirada afilada, entendiendo ya demasiado. Detrás de ella, más atrás, el sacerdote estaba en silencio, con las manos juntas, observándome como si este momento siempre hubiera estado destinado a ocurrir. —Cruzaste una línea —dijo Morales con suavidad. —Lo sé —respondí. El sacerdote dio un paso al frente. —La pregunta no es si la cruzaste —dijo—. Sino si la cruzaste para proteger… o para juzgar. Miré mis manos. Estaban frías. Por primera vez desde la paloma, desde el anciano, desde Wanita, estaban completamente quietas. —No lo sané —dije—. No lo lastimé. Solo… le quité lo que lo hacía cruel. La expresión del sacerdote se suavizó. No aprobación. Comprensión. —Entonces ahora lo sabes —dijo—. Tu don no es solo misericordia. Es contención. Morales se agachó junto al chico, ya pidiendo ayuda. Yo me quedé donde estaba. Porque finalmente entendí la regla que había estado rodeando todo este tiempo: Mi poder no arregla lo roto. Responde a quien está dispuesto. Y rechaza a los crueles. Y eso me asustó más que cualquier otra cosa. Porque ahora lo sabía— No era solo un sanador. Era una línea. Y una vez que ves la línea, ya no puedes dejar de verla. Capítulo Catorce — Lo que No Responde Jones estaba sentado solo en su coche, con las manos apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su cojera había vuelto. Completamente. Aguda y castigadora con cada paso que había dado al salir del hospital. No lo había notado al principio. Nunca lo hacía. El dolor solo le importaba cuando lo ralentizaba. Pero ahora, sentado allí, mirando la entrada del hospital, lo sentía. El dolor en la pierna. El dolor más profundo en el pecho. David no la había sanado. Esa era la verdad que no podía dejar de rodear. No es que no pudiera. No quiso. Jones repasó cada momento. La iglesia. El agarre. La forma en que la fuerza lo había abandonado como aire escapando de una llanta. La forma en que el sacerdote lo había mirado—no enojado. No asustado. Solo… decepcionado. Golpeó el tablero con el puño. —Sanó a una maldita paloma —murmuró—. Me sanó a mí. Entonces, ¿por qué no a ella? La respuesta llegó sin ser invitada. Porque no se trataba de necesidad. Se trataba de él. Jones tragó saliva. Pensó en cómo había agarrado al chico. Cómo había exigido. Cómo había visto a David no como un niño, no como una persona, sino como una herramienta. Una solución. Algo que le debía. Su hija yacía arriba, rota e inocente. Y él había sido el equivocado. La realización le revolvió el estómago. No culpa. Miedo. Porque si el poder de David elegía… entonces también podía negarse. Y Jones había sido considerado indigno. Al otro lado de la ciudad, en un lugar que no pertenecía a hospitales ni iglesias, un hombre leía un informe que no debería tener. Sin nombres. Sin milagros. Solo anomalías. Remisión espontánea. Estabilización repentina. Un cese inexplicable de comportamiento violento en un incidente en una escalera que terminó sin cargos. Y un paciente en coma que no mejoró, a pesar de la proximidad. El hombre sonrió levemente. No era religioso. No era sentimental. No creía en ángeles ni santos. Pero creía en patrones. Y este patrón era selectivo. Golpeó la página con un dedo. —Interesante —murmuró. No todos sanaban. No todos eran tocados. Lo que significaba que había una regla. Y las reglas podían ponerse a prueba. Se reclinó, entrelazando las manos. —Encuentren al chico —dijo en voz baja a la habitación vacía—. Y no lo asusten. Aún no. Porque los depredadores no se apresuran. Esperan hasta que la línea está clara— Y luego cruzan lo justo para ver qué ocurre. Esa noche, en el sótano de la iglesia, me desperté con las manos frías. No ardían. Frías. Como si algo me hubiera mirado y hubiera decidido no llamar. Aún. Me apreté la manta contra los hombros, con el corazón acelerado, sin saber por qué. Solo sabiendo que en algún lugar, alguien había notado las veces en que no sanaba. Y eso me asustaba más que ser visto. Capítulo Quince — La Forma del Valor Jones permaneció en el baño del hospital mucho después de terminar su turno, mirando su reflejo. Se veía igual. Los mismos hombros anchos. Los mismos ojos cansados. La misma cicatriz cerca de la sien. La misma cojera tirando de su pierna como un recordatorio de que estaba incompleto. Se lavó las manos otra vez. Y otra vez. —No soy un mal hombre —dijo en voz alta. El espejo no respondió. Pensó en la habitación de su hija. Las máquinas. La forma en que yacía tan quieta que dolía mirarla. Inocente. Intacta de las decisiones que arruinan a las personas. Y luego pensó en David. El chico no la había sanado. No porque no pudiera. Porque no quiso. La mandíbula de Jones se tensó. Si el poder elegía según el valor… entonces tal vez el valor podía ganarse. Se ofreció como voluntario para turnos extra. Donó sangre. Se sentó en sermones en los que no creía. Incluso volvió a la iglesia una vez, deslizándose en un banco trasero, con las manos apretadas, tratando de sentir algo que no fuera rabia. Nada cambió. Su cojera siguió. Y peor aún—empezó a notar cosas. La forma en que los médicos susurraban. La forma en que un hombre con abrigo gris hacía demasiadas preguntas cerca del archivo. La forma en que Morales lo observaba ahora, cautelosa, reservada. Estaban rodeando al chico. Así que quizá ser bueno no era suficiente. Quizá la única forma de volver a importar… era intercambiar. El sacerdote encendió una vela en la sacristía y esperó a que la llama se estabilizara antes de hablar. —No estás en peligro por poder sanar —dijo. Yo estaba sentado frente a él, con las manos apretadas en el regazo. —Entonces, ¿por qué se siente así? —Porque alguien intentará usarte —respondió—. Y no con desesperación. Con intención. Esa palabra otra vez. Deslizó un pequeño libro sobre la mesa. Viejo. Gastado. No era una Biblia—algo más delgado. Notas en los márgenes. Preguntas en lugar de respuestas. —Esto no es doctrina —dijo—. Es práctica. Lo abrí. La primera página decía: El poder sin base se convierte en hambre. —No quiero ser esto —dije en voz baja. No discutió. —Bien. Quererlo ya sería el primer fracaso. Se levantó y caminó hacia la ventana, observando la ciudad más allá del vidrio. —Lo que viene no es fe contra maldad. Es claridad contra manipulación. Alguien intentará forzar tu mano. Hacer que te pruebes. Tragué saliva. —¿Y Jones? El sacerdote no se giró. —Está decidiendo si el arrepentimiento lo hace más pequeño… o más poderoso. Eso me asustó más que si hubiera dicho que Jones era malvado. —Entonces, ¿qué hago? —pregunté. Se giró, con los ojos suaves, firmes. —Aprendes a decir no sin odio. Aprendes a soportar ser malinterpretado. Y aprendes esto por encima de todo— Colocó dos dedos suavemente sobre mis manos cerradas. Sin tocar mi piel. —Tu don responde a lo que una persona es, no a lo que pretende ser cuando tiene miedo. La vela titiló. En algún lugar de la ciudad, Jones hizo una llamada que se dijo a sí mismo que era inofensiva. Solo información. Solo preocupación. Solo una pregunta hecha en el oído equivocado. Y en otro lugar, un hombre que creía en patrones sonrió cuando un nuevo nombre entró en sus archivos. Esa noche, mis manos volvieron a arder. No con calor. Con advertencia. Capítulo Dieciséis — Lo que Estaba Dispuesto a Hacer Jones se quedó sentado en su coche afuera del hospital mucho después de que terminaran las horas de visita. Su hija no se había movido. No había despertado. No había sanado. Apoyó la frente contra el volante y se permitió creer la mentira una vez más: Lo hago por ella. Sacó el teléfono. El número del hombre ya estaba guardado. Abrigo Gris. Sin nombre. Sin título. Solo una promesa, dicha en voz baja en un pasillo que olía a desinfectante y secretos. Jones dudó. Luego pensó en el chico de la iglesia. Tranquilo. Intacto. Intocable. Pensó en los ojos del sacerdote. En la desaprobación silenciosa de Morales. Y en sus propias manos inútiles. Hizo la llamada. —Sé dónde se queda —dijo Jones—. La iglesia. El sótano. Un silencio. Respiración al otro lado. —Por mi hija —añadió rápido, como si eso lo hiciera limpio. El hombre no discutió. —Claro —dijo—. Así es como siempre empieza. Jones colgó y se quedó completamente quieto. Su cojera cedió. Solo un poco. Al otro lado de la ciudad, en un sótano prestado de iglesia que olía a café y a alfombra vieja, Wanita estaba sentada en una silla plegable, con un vaso de espuma entre las manos. —Me llamo Wanita —dijo con la voz ronca—, y llevo tres semanas limpia. Algunas personas aplaudieron. No fuerte. Con respeto. Ella no sonrió. Bajó la mirada hacia su pierna. La herida había desaparecido. Sin cicatriz. Sin cierre mal hecho. Desaparecida, como si nunca hubiera estado allí. No se dio cuenta de cuándo ocurrió. Solo una mañana, despertando con la mente clara, temblando, con miedo… y entendiendo que el dolor que había cargado durante años ya no estaba. No solo en su cuerpo. En su pecho. —Antes pensaba que alguien más tenía que salvarme —dijo en voz baja—. Resulta que… primero tenía que dejar de pelear conmigo misma. No sabía por qué las manos del chico no habían funcionado entonces. No sabía su nombre. Pero sabía esto: Lo que la arregló no vino de afuera. Esa noche, en el sótano de la iglesia, me desperté antes de que llegara el golpe en la puerta. Mis manos ardían—no calientes, no frías—alertas. Morales ya estaba allí, de pie en la entrada, con el rostro pálido. El sacerdote se levantó lentamente de su silla. —Ya decidieron —dijo. —¿Quién? —pregunté, aunque ya lo sabía. —Alguien que cree que el valor se puede negociar —respondió. Me encogí, abrazando mis rodillas. En algún lugar, Jones se decía a sí mismo que era un buen padre. En algún lugar, Wanita estaba completa por primera vez en años. ¿Y yo? Yo seguía siendo la línea. Y mañana— Alguien iba a cruzarla a propósito.

La Vecina - Lemmy.World

La bolsa de basura desapareció en la penumbra en completo silencio. El eco del impacto llegó débil a los oídos de Juan, que aún tenía la cabeza dentro del tubo. Inspiró hondo. Sacó la cabeza del tubo. En el pasillo, su mujer lo miraba con expectación.  —Huele mal, pero a lo mismo de siempre —le dijo Juan con la nariz arrugada—. El señor Elías va a tener razón al final. Es la vieja. —¿Pero cómo va a ser ella? Sé que es un bicho malo, pero no creo que pueda vivir con semejante peste. ¡Imagínate cómo olerá allá dentro! Juan se encogió de hombros y se encaminó hacia la puerta del apartamento, sabiendo que no llegaría a abrirla.  —Anda, sube —dijo la mujer. —Claudia, cariño. Hoy no tengo paciencia. Mejor llamamos a la policía. —La policía está harta de nosotros. Acuérdate de la última vez. Sube. O subo yo. ¡A ver quién tiene menos paciencia!  —Vale, vale —se rindió Juan con un suspiro—. Pero dame una máscara de esas del COVID. Las campanadas del timbre se ahogaron en un pastoso silencio. Juan esperó con los brazos en jarras, listo para el duelo de insultos y amenazas. Pero tan solo escuchó las inquietas chanclas de Claudia en el piso de abajo. Su respiración dentro del tapabocas.  Furioso, envió una ráfaga de campanadas y, cuando eso no funcionó, aporreó la puerta con el puño. De repente, la puerta cedió con un chasquido metálico y la cerradura cayó al suelo. La puerta se abrió y una ola casi sólida de pestilencia empujó a Juan hacia atrás.  —¡Madre de Dios! —¿Todo bien? —preguntó Claudia desde la escalera. —Sí, sí. Creo que no está. Voy a entrar. Dentro, las luces estaban encendidas. Juan avanzó con cautela. No sabía si era peor respirar por la boca o por la nariz. Se limpió las lágrimas. Frente a él, en la pared, había un tosco agujero; daba al canal de ventilación que también estaba perforado. En el suelo, esperaba una caja de herramientas aún abierta. Juan recogió un martillo y siguió lentamente hacia la cocina. Un penetrante olor químico se abrió paso entre la peste, y entonces, Juan la vio: Su piel era un mosaico de manchas moradas y negras. Estaba tendida sobre un burbujeante charco amarillo que había disuelto tela, piel y carne. La mano que le quedaba intacta aferraba una botella de algún químico y sobre su deforme rostro sin ojos había una máscara de gas mal puesta. … …" –Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ [https://fictograma.com/] . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–

Sueños bajo el agua - Libro 1

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Sueños bajo el agua - Libro 1 - Lemmy.World

Capítulo 1: “Hundimiento de un mundo” El verano suele traer consigo fuertes aventuras, pero este iba a ser un comienzo que acorralaría a un joven que ahora mismo se estaba preparando para su nuevo día en el instituto. Desde luego, había llegado el momento de vivir la pesada jornada que le deparaba, aunque contrario a lo que deseaba, antes de salir con su mochila sobre su hombro, se percató de que se olvidaba su computadora encendida, así que eso lo obligó a regresar a su cuarto para apagar ésta. ―Qué raro… pensé que había cerrado todos los programas, pero mi casilla de correo está abierta —revisó su reloj calculando el tiempo, y poco después, tuvo la paciencia necesaria como para abrir un email de su bandeja de entrada que no había visto. Antes de adentrarse en el interior del mensaje, se exaltó un poco, el porqué de esto era simple… todos los espacios de conocimiento básico estaban en blanco, no obstante, había algo peor que eso, y aún más misterioso: el contenido del correo. “Te estaré esperando entre las nubes esponjosas de aquella fuente blanquecina, la que destella con radiante fervor cada día. Llega después de tus clases del medio día, el tiempo camina, y todo termina.” Él joven se quedó mirando la pequeña poesía con asombro, y con los ojos tan igualmente redondos como un planeta, es así cómo parpadeó tantas veces como pudo regresando así a la realidad, y entonces decidió por fin apagar el ordenador, dando por hecho de que solo se trataba de una mala broma. Para cuando se dio cuenta de la hora, era muy tarde, por lo que tuvo que irse sin probar bocado de su almuerzo, el cual, él mismo había preparado. Centrándonos ahora en su salida, su carrera no fue ni muy llevadera, ni pasajera, y tan solo colocó el esmero que necesitaba en sus piernas para llegar a su anhelado objetivo. Al retirarse de su hogar fue directamente hacia su institución escolar, y una vez dentro, pasó a través de los angostos pasillos, dándole poca importancia a los reclamos de algunos profesores que lo regañaban por tomar semejante imprudencia, más solo les dedicaba unas ligeras disculpas al aire. Finalmente, sin pestañar un segundo, abrió la puerta de su aula atravesando aquel portal, llegando por fin a su destino, aunque era uno no muy deseado por él mismo, pues apenas ingresó al salón de clases, algunos de los que estaban ahí tomaron la iniciativa de ignorarlo, más otros la osadía de burlarlo. ―¡Justo a tiempo!, ¿eh Abel? ―le felicitó uno de sus conocidos con un ligero tono de ironía por su llegada a salvo al primer bloque de actividades. ―Sí, por poco y tengo que quedarme después de clases con el profesor ―se acomodó en su asiento habitual dejando su mochila en el respaldar de la silla; nadie se aproximaba a saludarle, ya que todos eran simples compañeros de clase. En cuanto a su vida… Abel no tenía amigos o parientes cercanos, después de todo, desde un principio fue obligado a estar solo. Contó por un tiempo con una familia adoptiva, la cual le dio su nombre actual, y como dato extra, no estaba muy a gusto con el significado de este mismo, pues su vida siempre fue difícil. A los 15 años de edad tuvo que independizarse súbitamente, ya que los que se hacían cargo de él habían sufrido un grave accidente en el cual todos fallecieron quedando nuevamente huérfano. Sin embargo, sus padrastros le habían dejado lo suficiente como para lograr que él avanzara, de ahí que gracias a sus grandes conocimientos y demás capacidades, llegó a donde él está ahora. No obstante, y a pesar de sus logros, su vida social era un completo desastre, no simpatizaba con nadie y casi siempre por su llamativo cabello rubio algo ondulado, era víctima de burlas por parte de sus compañeros, lo que cabe aclarar que… Abel no era un chico feo, solo era envidiado por parte de los varones de su clase por el simple hecho de ser popular con las mujeres, aun así, solía rechazar a todas las chicas sin ningún motivo aparente, por lo que se excusaba con un “No estoy preparado para el amor”. Si bien la existencia de este chico era más difícil que la de la media, aun con el peso que existía sobre sus hombros, no dejó caer su mirada, y decidió demostrarles a los demás que podía avanzar, y de algún modo, encontrar su felicidad en el momento menos esperado. Las campanas sonaron, y el comienzo de una nueva jornada empezó. ―¡Atención alumnos! ―entró el profesor interrumpiendo la conversación aparente de ambos chicos―. Abel, deja de dirigirle la palabra a Andy, solo se está burlando de ti —según parecía, el maestro había escuchado la corta conversación, pero ignorando el comentario de Abel. ―Sí señor ―respondió Abel tranquilamente, y desvío su vista hacia la ventana. “Otro día aburrido”; esa frase que pasó por su mente, ya había atravesado su sien reiteradas veces, por lo cual, se encontraba desgastada. Es así que, la clase avanzó hasta la mitad de la hora, y de repente sintió que su celular vibraba dentro de su pantalón, lo cual le extrañó un poco, ya que no era de recibir mensajes o llamadas, lo que lo llevó a pensar (o más bien, intuyó) que era algo importante lo que había en su contenido, por lo tanto, se aprovechó de que su maestro estaba distraído, y tomó su móvil para revisarlo. Efectivamente, era un mensaje, pero éste tenía un aura familiar, especialmente porque no tenía número de remitente, y al final entre nervios comenzó a sacar sus propias conclusiones llegando a la idea de que podría ser la misma persona que le escribió con anterioridad a su email. Así que, sin más remedio, prosiguió a abrirlo, notando que su contenido era diferente al de la última vez, aunque se experimentaba la misma intencionalidad: “No hay tiempo para las dudas, solo es esta la verdad. Por favor, no pienses, no marches hacia atrás; soy real.” Abel no podía entender bien lo que querría decir, no obstante, estaba decidido a averiguarlo, es por eso que se levantó de su asiento tomando de una sola vez su mochila. ―¡Profesor, tengo una emergencia; lamento tener que irme así! ―de pronto, se dirigió directamente a la puerta del salón para retirarse, pero al abrirla, su mentor le replicó. ―Aún no ha acabado mi clase, y que yo sepa, no tienes familiar alguno a quien atenderle alguna emergencia ―le dijo muy serio. Todos sabían su situación debido a su popularidad y a lo destacado que era también por sus notas, y desde luego, al grupo les extrañó ese comportamiento, cuestión que desató en Abel varios sentimientos desagradables, el cual describió como si un cuchillo lo atravesara, pues sabía que tenían razón, pero solo se le ocurrió una cosa para excusarse. Apartando ahora el dolor de su corazón, le dio más importancia a la situación que tenía que tratar. Miró al maestro por sobre su hombro mientras se inclinaba hacia la puerta para salir en cualquier momento por ésta, a su vez, observó rápidamente a aquel hombre con sus ojos esmeraldinos, dedicándole por última vez una amplia sonrisa. ―Mi novia me necesita ―sin esperar más, Abel salió corriendo del aula lo más rápido que pudo para evitar preguntas de sus compañeros de clase, e incluso, de su propio maestro. Una vez afuera, se puso a pensar en el lugar de encuentro que mencionaba el primer mensaje―. ¿Qué significado tendrá? ¿Quizás una fuente? Desde aquí caminó tranquilamente alejándose de la academia, pero de repente se detuvo, y recordó algo de su pasado: cuando él era un niño, más exactamente a la edad de 5 años, solía jugar cerca de una fuente que tenía unos leones albinos―. ¡Sí! Debe de ser allí ―ilusionado, puso marcha hacia el lugar de encuentro. Al llegar, miró a su alrededor, pero solo había mucha gente paseando, y no parecía que alguien lo estuviera esperando, entonces se sentó al borde de la fuente donde el agua apenas le salpicaba la vestimenta, no obstante, apenas lo hizo, se sintió un poco inseguro sobre el lugar de encuentro, por lo que sacó nuevamente su celular de su bolsillo, y leyó otra vez el mensaje soltando un largo suspiro. Ya algo angustiado, levantó entonces la mirada hacia el cielo para ver cómo recorrían las nubes su propio camino―. Tal vez… solo fue una broma ―musitó decepcionado, y se propuso ponerse de pie, en cambio, apenas hizo el ademán, sintió que alguien tomaba su brazo impidiéndole incorporarse. Al intentar mirar a la persona que lo había sometido, ésta apoyó su rostro contra su hombro. Y aunque no pudo ver su faz, observó lo demás más detenidamente, dando con su género, el cual era el de una chica; quizás no tuvo la oportunidad de ver su cara, aun así, destacaba su cabello: era hermosamente largo y astral, e igualmente, llegaba a rosar el agua de la fuente como el mismo suelo, y sus ropas estaban compuestas por un tono esmeraldino. Luego vinieron los detalles de su vestimenta: su amplio vestido de mangas largas con bordes negros, se explayaba perfectamente sobre su persona, sin dejar a un lado el detalle de que éste mismo le llegaba hasta las rodillas dejando entre ver su calzado blanco. ―Abel, eres tú, me alegra que hayas venido. Por favor, acepta esto ―dijo la muchacha casi en un leve murmullo, que ni siquiera llegó a contestar, pues el joven vio sorprendido cómo la chica le colocaba su dedo sobre la frente, y apenas sintió su toque, su cuerpo se estremeció de repente, pero no solo él, sino que la tierra a su alrededor también lo hacía, a esto le siguieron: gritos, miedo, y el ruido de los zapatos siendo golpeados fuertemente contra el suelo. Por alguna razón que él ignoraba, la gente estaba en desesperación; buscaban como escapar de algún mal que él en ese momento no podía captar, y en cuestión de segundos, todos esos acontecimientos que él escuchaba y veía, fueron perdiéndose poco a poco en la nada, tanto como su misma visión. Fue entonces cuando nuestro aventurero se adentró a un profundo sueño. Las sombras parecían eternas, sin embargo, no eran lo que aparentaban ser. Al abrir los ojos, descubrió que se encontraba dentro de una habitación ajena a él, e incluso, había una estantería llena de libros de física, historia, que incluía así también, otras temáticas que éste nunca había tocado en su escuela, aunque eso no era todo, pues vio que el cuarto tenía una ventana como las pequeñas escotillas de los barcos, y se percató de lo que había del otro lado del cristal, lo cual venían a ser pequeñas gotas. De repente, lentamente, notó cómo el nivel del agua que había afuera, comenzaba a subir hasta cubrir por completo el paisaje. ―¿Qué es esté lugar? ―exclamó con sorpresa retrocediendo unos pasos con cierto temor, para luego volver a mirar a su alrededor explorando una vez más el nuevo lugar, por lo que su vista se dirigió a su mochila que estaba en el suelo, la cual tomó, y sorpresivamente encontró prendas de vestimenta que solía usar. Lo extraño, no era la ropa en sí, sino que el motivo del porque estaban ahí. Nadie sabía dónde vivía a excepción de sus maestros, ¿pero entonces quién había irrumpido en su casa para hacer sus maletas? Sin poder dar con una respuesta lógica, nuevamente volvió a temblar la tierra bajo sus pies, o más bien, el metal grueso que se encontraba debajo de él, de ahí que perdió el equilibrio y cayó de cara a su nueva cama―. ¿Qué es lo que está pasando ahora? ¡Todo se está moviendo otra vez! ―era una situación realmente poco común, pero no podía quedarse en un mismo sitio, así que levantó la cabeza escuchando crujir el metal; el sonido que producía éste era como si se estuviera aventurando en las profundidades de algún mar. La extraña situación no duró mucho, y en cuanto pasó, alguien golpeó su puerta, acto seguido, se levantó para abrir ésta, sin embargo, hubo algo que lo detuvo. Entrecerrando los ojos y, a su vez frunciendo el ceño, intentaba comprender el complicado sistema que figuraba en la entrada de su ahora nuevo dormitorio. Al lado de la cerradura había un extraño panel de control, y al parecer necesitaba escribir algún tipo de código, por lo que, al no saber descifrarlo, se quedó en shock un momento, y se puso a mover sus manos con gran confusión cerca del panel, hasta que una voz femenina llegó a sus oídos desde el otro lado: ―Tienes que colocar la fecha de tu cumpleaños ―¿pero cómo es que sabía exactamente lo que debería poner? De igual forma no perdía nada con intentarlo, entonces, sin cuestionarla al respecto, transcribió su fecha de nacimiento: “09/07/1998”, cubrió los espacios necesarios y pronto la puerta se desplegó de su lugar, yendo, literalmente, hacia arriba como si fuera una escena de una película de ciencia ficción, en donde no faltó el vapor que se liberó luego de su desbloqueo. Vaya impresionante tecnología, pero especialmente, ¿qué era toda esta gran seguridad? Un poco después, de entre el humo, salió una figura que pronto tomó forma. Era una chica de cabellos largos hasta los hombros, con ojos ámbar, pelirroja con pestañas largas, y no se podía escapar el pormenor de que su figura era de una adolescente normal. ―¿Quién eres tú? ¿Dónde se supone que estamos? ―desde que nuestro joven rubio ha llegado aquí no ha dejado las incógnitas de lado. ―La verdad es que no lo sé con exactitud, pero puedo explicarte que esté lugar parece ser una especie de base. Claro, es una base que va por debajo de la superficie marina. ―Eso no puede ser, estamos en una época no muy avanzada… espera, ¿entonces nos han secuestrado? ―Es lo más probable. La última persona que vi antes de llegar aquí, era a una chica extraña con pelo blanco…" …" –Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ [https://fictograma.com/] . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–

El Armario - Lemmy.World

El bosque de Valdelumbre vestía de naranja y un viento que ya olía a nieve bajaba del norte. Mario se subió el cuello del abrigo y agitó las riendas de la carreta para apresurar un poco a su perezoso caballo. Había pasado el día recorriendo varias ferias y ventas de jardín en busca de un armario para su hija, Clara. El sol ya se retiraba del cielo, tiñéndolo de naranja y púrpura. —Creo que vamos a tener que ir a ver al carpintero mañana, amigo —dijo Mario, bostezando. El caballo respondió con un bufido y una nube de vapor. Entonces, lo vio. Un enorme armario. Su pintura amarilla resplandecía entre vetustos árboles y espinosos arbustos. Se veía fuera de lugar, como un espejismo. Mario apresuró al caballo con otro chasquido. El jardín pertenecía a una casona que había visto mejores días. Tiempo muerto chorreaba por sus muros y muchas de sus ventanas estaban cegadas por tablones mohosos. Había otros muebles entre la maleza, pero Mario no les prestó atención. Bajó de la carreta y atravesó el jardín. Mario nunca había visto semejante mueble. Sin embargo, su corazón latía con el ansia de quien se reencuentra con un viejo amigo. De cerca, el armario era más grande de lo que parecía. Tenía un árbol tallado de cada esquina y sus ramas se entrelazaban por encima de las puertas, que estaban decoradas con dos exquisitas pinturas. En la puerta derecha, una niña con una caperuza roja se detenía en un camino boscoso para mirar sobre su hombro. En la puerta izquierda, surgiendo de entre la vegetación, un enorme lobo de negro pelaje. Sus ojos amarillos parecían brillar bajo la luz del atardecer. El mueble era viejo. Su madera exhalaba un olor a olvido que delataba una larga estancia en algún rincón oscuro. Mario apoyó la mano en la vieja pintura y sintió una vaga nostalgia, como si hubiera tropezado con un eco lejano de su infancia. Escuchó las susurrantes hojas agitándose, tratando de gritar. Escuchó pasos a su espalda. —¿Le interesa? —La voz sonaba cansada. Desgastada por años de preocupación. —Sí, por supuesto —dijo Mario sin voltear. —Señor. ¡Señor! Mario se volteó por fin. Se encontró con un hombre tan anciano y deteriorado como la casa donde vivía. Lo miraba con ojos de párpados caídos. Sus dedos entrelazados sobre el vientre. Mario se aclaró la garganta. —Disculpe. Estaba admirando la pintura. ¿De qué año es? —antiguo. Pero no sabría decirle. Lo encontré hace años en el bosque. Me sirvió bien, pero ya es hora de dejarlo ir. —Las palabras del anciano sonaban huecas. —¿Cuánto pide por el? —Lo que pido no es dinero. Es un guardián. Este armario no debe estar cerca de ningún niño. Mario soltó una carcajada. —¿De qué habla, buen hombre? —Es muy antiguo y querido. No querría que algún mocoso lo dañara. Si me dice que no hay niños en su casa, es suyo. —Le juro con Dios como testigo que no hay un solo niño en mi casa —dijo Mario con una pícara sonrisa. El anciano lo observó por un momento. Mario notó el temblor en uno de sus párpados. —Sea. Traiga su carreta. El caballo relinchó nervioso. Bufaba y tiraba del arnés como queriendo soltarse. Oh oh. Tranquilo, chico, decía Mario. El armario, sin embargo, resultó ser mucho más ligero de lo que parecía. Mario y el anciano lo levantaron sin esfuerzo para subirlo a la carreta. —Es como si se quisiera ir conmigo —bromeó Mario. El anciano se limitó a sonreír con tristeza. Mario trató de tranquilizarlo. —Lo cuidaré bien. No se preocupe. La luna colgaba de cuando Mario llegó a casa. Le pagó a unos chicos de la zona para que lo ayudaran a subirlo al cuarto de Clara. De nuevo, el mueble se deslizó casi por sí solo escaleras arriba. La niña se quejó al verlo. Decía que no le gustaba el lobo en la puerta izquierda. Después de una larga discusión, Mario cedió. Llamaría al carpintero en unos días para darle unos retoques y quitar la pintura del lobo. También ese desagradable olor a tierra y moho. —Está bien, está bien… llamaremos al carpintero —dijo Mario. Abrió las puertas. Olía a tierra. A hojas muertas. —Huele feo —se quejó la niña—. Además, está roto. —donde? —Ahí. —Clara señaló unos profundos arañazos en el suelo del mueble. —Mmm. Se habrá quedado algún animal aquí encerrado. Nada que no se arregle con un buen repaso. El sábado traeré al carpintero. También quitaremos a ese lobo feo de la puerta. Ahora, a dormir. Aquella noche, Mario despertó con un sobresalto al sentir que una pequeña mano tironeaba de su pierna. Era Clara, al pie de su cama. —El armario hace ruidos, me da miedo. Después de encender una vela, Mario siguió a Clara de vuelta a su habitación, preparando en su cabeza las palabras que calmarían sus temores. Como era de esperar, no había nada. Solo restos de telarañas secas y un leve olor a humedad vieja. Sin embargo, no pudo evitar que su corazón diera un vuelco al cerrar la puerta y encontrarse cara a cara con el lobo. Sus ojos de ámbar no habían sido corroídos por el paso del tiempo… parecían brillar a la luz de la vela… parecían… —¿Papá? —susurró Clara, asustada. —Fue un mal sueño, Clara. Vuelve a la cama. Después de una tranquilizadora charla y no con poco pesar, Mario dejó a su temblorosa pequeña en la cama de rosado edredón y salió de la habitación llevándose consigo la única luz. Ya solo en el pasillo, Mario se sorprendió, lanzando miradas furtivas hacia la escalera que se abría a su izquierda. La temblorosa luz de la vela parecía agotarse, esforzándose por mantener a raya la oscuridad que lo rodeaba. El crujido de cada tabla bajo sus pies se sentía como una delación, como si llamara la atención de algo que acechaba más allá del círculo de luz. Se reprendió por dejarse influenciar por los miedos infantiles de Clara, pero aun así, apuró el paso hasta su cama, que lo recibió con una frialdad poco acogedora. Se despertó con el calor del sol filtrándose por la ventana y el fresco aroma de un nuevo día. Se incorporó y cruzó el pasillo para entrar en el cuarto de Clara. La encontró acurrucada junto al armario, cuya puerta permanecía entreabierta. Murmuraba algo entre sueños. Él la sacudió con delicadeza, luego más fuerte. Llamó su nombre, asustado. Entonces la niña abrió los ojos con visible esfuerzo. —Papá… fue horrible. No quiero ir al bosque. No quiero, no quiero—sollozó. Él la tomó en brazos. —Shh, tranquila. Solo fue una pesadilla. Hoy mismo pongo el armario en el pasillo, ¿de acuerdo? —Clara asintió sin mucho entusiasmo. Cuando miró la pintura del armario, notó que algo era distinto. La escena parecía la misma y, sin embargo, no lo era. La niña de rojo estaba más lejos, ¿o más cerca? En la otra puerta, el lobo seguía medio oculto entre los arbustos. Su mirada clavada en algún lugar fuera del cuadro. En Clara. Un golpe sordo hizo saltar a padre e hija. —Llegó la señorita Reyes. Vístete —dijo Mario con un suspiro. Después de dejarlas a ambas en el salón, Mario volvió a la habitación de Clara. La puerta del lobo seguía entreabierta. Exhalaba una fría brisa de cenagal. Mario se detuvo. Sintió su corazón palpitar nervioso. —¿Qué eres? ¿Un crío de cuatro años? —se reprendió. Dio un paso al frente y se plantó frente al lobo. No era más que pintura vieja—. Vas al pasillo, lobito. Se posicionó al lado del mueble y empujó. El armario no se movió. Sorprendido, Mario examinó el parquet, pero no había obstáculo alguno. Empujó de nuevo con más fuerza, sin mejor resultado. Mario estaba furioso. Apoyó el hombro, plantó los pies y embistió con fuerza. El piso gimió. La madera crujió. Mario se aferró al árbol tallado mientras pujaba entre dientes. El mueble cedió repentinamente con un crujido. Mario resbaló y cayó al suelo soltando una sonora maldición. Al levantarse, vio que las patas del armario habían abierto profundos surcos en el parquet. Sin pensarlo, descargó una patada contra la madera. El mueble gimió, y luego gruñó. Sus puertas vibraron con un gorgoteo profundo y denso que sofocó la rabia de Mario y lo hizo retroceder conmocionado. Con las piernas entumecidas por el miedo, Mario cojeó hasta el pasillo y cerró la puerta de la habitación con llave. El día llegó a su fin, y el ocaso trajo consigo de nuevo el hedor del miedo, ese olor denso y opresivo que la luz del sol había logrado disipar por unas horas. Clara y Mario organizaron una pequeña pijamada en la cama de este. Tomaron chocolate caliente con malvaviscos, y entre historias y risas, Mario logró que la pequeña se durmiera con una sonrisa en el rostro. Acompañado únicamente por la respiración pausada de Clara y el monótono tic-tac del reloj en el pasillo, Mario volvió a sentirse expuesto, como si algo invisible aguardara pacientemente en las sombras a que el sueño finalmente lo venciera. El viento traía consigo el susurro de hojas secas y el acre aroma de tierra húmeda. Plateados rayos lunares rasgaban la oscuridad aquí y allá, entre árboles milenarios que se alzaban apretujados y retorcidos, como dedos fracturados. Y más allá, desde la negra boca de una cueva, ojos amarillos como brasas ardían en la penumbra. Observaban, hambrientos… pero no lo observaban a él. —Clara… —Susurró la voz, profunda como la oscuridad del bosque, brotando de entre raíces húmedas y hojas podridas. Mario vio a Clara. Avanzaba delante de él, en dirección a la cueva. Trató de seguirla, pero sus piernas se tornaron pesadas como plomo, hundiéndose en la tierra con cada paso. Quiso gritar su nombre, detenerla, pero al intentarlo, descubrió que no sentía sus labios. No tenía boca. De entre las sombras, se asomó un hocico manchado de sangre reseca. —Clara… —llamó. Mario luchaba, pero un espasmo le detuvo los pulmones en seco. Ya no tenía nariz. El aire no llegaba. Se estaba ahogando. —Una nariz para olerte mejor… —dijo la bestia. Las sombras se volvieron espesas como el barro, y las ramas se cerraban a su alrededor. Clara estaba justo a su alcance. Estiró el brazo. La bestia sonrió. —¡Unos ojos para verte mejor! Mario sintió la frialdad de la madera bajo sus pies y abrió los ojos: estaba de pie en el pasillo oscuro, frente a la habitación de Clara, con la mano firmemente asida al brazo de su hija, rígida como una estatua. Esa misma mañana, Mario envió a Clara a casa de su hermana con la señorita Reyes. —Dígale que estaré ahí al anochecer. —Claro, no hay problema —accedió la mujer, con gesto preocupado—. ¿Todo bien, señor? —Sí, solo tengo que ocuparme de algo. Una vez solo, Mario se dirigió al cobertizo. Cogió su hacha y subió la escalera con paso decidido. Llegó al pasillo. El hacha pesaba cada vez más, y sus párpados también. Abrió la puerta de una patada. Ahí estaba el armario; parecía más alto. El lobo de la puerta estaba ahora de pie sobre el camino. Mario no se asustó. Levantó el hacha y atacó. El hacha se hundió en la madera de un árbol viejo. La madera herida vomitó savia rancia con gusanos que bajaron por el mango del hacha. Mario perdió el equilibrio y cayó chapoteando en el barro. ¡No, no! ¡Maldita sea! Gritó mientras los cañamos se doblaban sobre él. En un arbusto cercano, dos ojos amarillos se abrieron. Los cañamos serpenteaban en torno a Mario, envolviéndolo. Pudo liberar un brazo del barro y, sin pensarlo más, hundió el índice en su ojo. La luna desapareció con el latigazo de dolor, revelando el techo de la habitación y el armario con la puerta abierta. Los ojos de Mario se cerraron de nuevo y sintió el abrazo del barro. Las hojas cortando su piel. Y ya no se pudo mover. La presión cedió de repente. Mario respiró agitado. Estaba de pie. Olía a madera vieja. A carne podrida. Sus manos tocaron algo frente a él: una puerta. Empujó. La luz del sol lo cegó y cayó de rodillas sobre la hierba. Se giró sobresaltado. Tras él había un árbol de apariencia normal. No había gruñidos. No había pantano. Solo el trinar de los pájaros entre copas de intenso naranja. Mario no tenía tiempo que perder. Sabía que el bosque estaba al norte del pueblo, así que echó a andar manteniendo el sol a su izquierda. En otras circunstancias habría encontrado aquel largo paseo agradable. El aire era fresco y se respiraba con facilidad. Aun así, miraba con recelo entre los arbustos y se sobresaltaba con cualquier sonido. Encontró un arroyo y lo siguió hasta una cabaña de leñadores. Los hombres accedieron a llevarlo de vuelta al pueblo con ellos. Estaban a mediodía de viaje, le dijeron. La luna ya colgaba alta y pálida en el cielo cuando Mario por fin llegó a la casa de Lucila, su hermana. Aporreó la puerta con urgencia. Gritó su nombre y se asomó por las ventanas sin preocuparse de quién escuchara. —¿Don Mario? —llamó una cautelosa voz de mujer. —¿Sabe usted dónde está mi hermana? —preguntó Mario ahorrándose las cortesías. La mujer le extendió un papel doblado. El estómago de Mario dio un vuelco. —Soy la vecina, doña Lucila me encomendó esta nota ayer por la tarde. Mario desdobló el papel y reconoció la caligrafía de su hermana al instante: Querido hermano: Ya no puedo esperar más. Han pasado cuatro días y no apareces. Clara no para de llorar y de hablar de un lobo y un armario o algo así. Pasaré por tu casa a buscar ropa para la niña y luego iré a la comisaría. Con amor, Lucila. Mario echó a correr, empujado por una funesta certeza que le apretaba el pecho como una garra invisible. Corrió como poseso por callejones y por calles anegadas hasta que, sin darse cuenta, estaba de pie frente a la puerta abierta de su casa. Dejó caer la nota arrugada al suelo y entró. Hacía frío. El aire era una oscura melaza de silencio. En el sofá yacía Lucila. El ceño fruncido y los labios torcidos en una mueca de dolor. Movía la cabeza de un lado a otro y sus puños apretados sangraban sobre su pecho. —Qué orejas tan grandes tienes —murmuró. Mario ya no tenía fuerzas. Todo estaba perdido. Casi a gatas, se arrastró escaleras arriba. —¡Clara! —llamó. Con manos torpes y pesadas, empujó la puerta de la habitación. El aire estaba cargado de un olor a tierra húmeda y pelaje mojado. No había rastro de Clara. Las puertas del armario estaban abiertas de par en par, y en su interior, entre las sombras, dos ojos de ámbar brillaban… …" –Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ [https://fictograma.com/] . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–