
Cómo el cerebro le roba volumen al tiempo
Cuando eras niña, el tiempo se estiraba en horas que parecían días. Había tardes que parecían hechas de una materia más espesa que la de ahora, una sustancia ligeramente pegajosa en la que cabían una merienda, una pelea ridícula, una siesta involuntaria en el sofá, un dibujo, un aburrimiento monumental y todavía quedaba día por delante, como si la luz no tuviera ninguna prisa en gastarse. Esperar era una experiencia completa.
