En el mundo de los mercenarios no hay espacio para la moral. Los encargos llegan sin preguntas, los objetivos caen sin advertencias. Trafican información, poder y vidas como si fueran fichas en un tablero donde nadie juega limpio.
En medio del caos de la ciudad, encontraron su calma junto al mar. Mientras las olas rompían suavemente en la orilla, sus manos se cruzaron como si el ruido de la vida se detuviera por un momento.
No había promesas, solo miradas cómplices. El viento salado se llevó las palabras que nunca dijeron, pero ellos ya sabían. En un mundo lleno de prisas y problemas, esa playa fue su pequeño refugio.