A ver qué día se dan cuenta los twitteros, instagrameros, facebookeros, tiktokeros y demás de que la existencia de algoritmos privativos en las redes sociales comerciales ha convertido el espacio digital en un territorio de control y dependencia. Los que vivimos la Internet de finales de los 90 y principios de los 2000, tenemos facilidad para vislumbrar esa gran diferencia respecto a la actualidad.
Las actuales redes sociales, opacas ellas, no buscan favorecer el diálogo ni la pluralidad, sino maximizar la atención y la rentabilidad. El resultado es una comunicación distorsionada que solo responde a criterios de mercado. Se prioriza lo polarizante y lo rentable. La consecuencia social es una lenta decadencia, la erosión del pensamiento crítico, la fragmentación de las comunidades y la reducción de la persona a un simple recurso explotable.
Frente a este panorama surge la alternativa de las redes libres, como por ejemplo Mastodon. Su arquitectura descentralizada rompe con el paradigma de concentración de poder y devuelve a las comunidades el control sobre su propio espacio digital, o por o menos lo intenta. En estas redes no existe un único centro que vigile ni un algoritmo que manipule en secreto. Las que ganan son la transparencia, la cooperación y la diversidad (conceptos que comienzan a estar prohibidos, dada la deriva ultraliberal de nuestras sociedades).
No se trata solo de una cuestión técnica, sino de una apuesta política y cultural: elegir entre la decadencia de un ecosistema dominado por intereses comerciales o la posibilidad de un futuro en el que la red vuelva a ser un BIEN COMÚN.
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