Tengo un nosotros clavado en la punta de los ojos,
una imagen bucólica de todo lo que pudimos haber sido
escondido
en la garganta
deseando ser el pasto de las llamas
del fuego de este corazón que arde
intensamente
cada vez que veo tu sonrisa.

Nosotros.
Se me caen las palabras como hojas
de libros que no escribiremos,
de historias que no viviremos,
de sueños que quedarán
en eso:
sueños.

(Sigue debajo👇).

Tengo un tú y yo metido en la entraña
esperando escaparse en un suspiro
al sentir el roce de tu mano sobre la piel de mi brazo,
la escena de una película que nunca veremos juntos
atrapada como agua entre los dedos,
queriendo quedarse
en este viaje
que es la huída del miedo a lo imposible.

(Sigue👇).

Tú y yo.
Como si pudiéramos cazarnos,
víctimas inocentes de un cruel destino
al que aspiro
y que tú no quieres ni imaginar.
¿Quién soy yo para decidir la muerte
ajena, propia, interna, externa?
¿Quién soy yo para decidir la vida?
Esta caza debería estar prohibida.

(Sigue👇).

Tengo un nosotros clavado en la punta de los ojos,
una imagen bucólica de todo lo que pudimos haber sido
Tengo un quizás anhelante
inspirado en una nada fantasiosa
que aletea entre la bruma etérea de lo ajeno.
Veo a otros, y quizá tú y yo: nosotros.
Les escucho y tal vez nosotros: tú y yo.
Les entiendo y ya no sé, porque no comprendo.
No atisbo en tu mirada nada claro.
Nada.

(Sigue👇).

Quizás.
Quizás viva un sueño que es la vida cada vez que te veo
y lo imposible se hace fuego y llama,
hielo y miedo,
no ser nada mejor que ser cualquier cosa que no quiero.
Soy sincero.
Soy tu cero
a la izquierda.

Ya no tengo ni el nosotros
el tú y yo,
el quizás
ni lo imposible ansiado
acumulado en este cuerpo.
Solo tengo una extraña luz,
una esperanza de algo incierto.
No lo sé:
no sé qué tengo.
O sí:
tengo miedo.

Enrique Díaz-Barceló