
En algunas formaciones sobre discapacidad se aborda la infantilización como una de las muchas actitudes que hay hacia nosotros, aunque se suele tocar de refilón, explicando el concepto teórico y sin… | José Manuel Delicado Alcolea
En algunas formaciones sobre discapacidad se aborda la infantilización como una de las muchas actitudes que hay hacia nosotros, aunque se suele tocar de refilón, explicando el concepto teórico y sin profundizar demasiado. No pasa nada, ya profundizo yo con ejemplos prácticos, porque los vivo de primera mano y hay mucho que contar. Como sabéis, soy ciego de nacimiento. Eso significa que, incluso mirando en dirección a quien me habla, no tengo mirada. Esto activa algún tipo de mecanismo oculto en el cerebro de quienes infantilizan. Dejo de ser una persona, un ser humano, alguien con dignidad, y me convierto en algo parecido a un animalito, un mueble o, en el mejor de los casos, un angelito asexual y asexuado que ve con los ojos del alma, y cuya edad mental no superará los 3 años. Ostras, suena duro, ¿verdad? Os voy a contar un par de historias, que siempre se puede poner peor. 1. Ayer, por segunda vez en poco tiempo, vino una vecina a visitarme. Este año me toca ser presidente de la comunidad, y la gente viene a contar problemas que tienen y que podemos arreglar nosotros. Al abrir la puerta, la primera pregunta que le salió por la boca es "¿Dónde están tus padres?". El problema, que según supe después era grave, dejó de importarle. Mis padres fueron a verla tras transmitirles el recado, y ella reaccionó diciendo: "¿Os ha dicho que he ido? ¡Qué inteligente es!". Sí, es gilipollas, no hace falta que lo penséis porque ya lo digo yo. 2. El año pasado, a finales de julio, falleció mi abuela. En el funeral tuve que aguantar, atónito, cómo había gente que presentaba respetos a mis padres, pero a mí no. Algunos, si acaso, me abrazaban o me daban la mano, pero se quedaban mudos. Llegó a haber un caso de alguien que preguntó si yo era consciente de lo que estaba ocurriendo. Y por supuesto, no se dirigió a mí. Esta segunda historia me afectó hasta tal punto que la compartí con otros compañeros ciegos, que me aconsejaron que aguantara, que era normal y que no se puede hacer nada para cambiarlo. Dependiendo del día, lo aguanto y lo dejo pasar mientras pienso "sí, soy un objeto, acaba lo que vienes a hacer y vete a tomar por culo, imbécil". ¿Que por qué no los pongo en su sitio cada vez que vivo un episodio de estos? Porque es nadar contracorriente, pan para hoy y hambre para mañana, y al final, mi salud mental paga el precio. Así lo paga también, pero un poquito menos. No obstante, a veces me armo de paciencia y lo hago, de forma más o menos diplomática y amable, y mis familiares y amigos también, pero perjudica más que ayuda. Así que sí, amigos: la infantilización de la discapacidad nos afecta, siempre. Puede parecer que no nos damos cuenta, pero suele ser otra cosa muy distinta. He puesto un par de situaciones complicadas del día a día, pero en el mundo profesional también ocurre (aunque por ese lado he tenido suerte). Para reflexionar: ¿cómo reaccionarías si te infantilizaran una vez? ¿Y cómo reaccionarías si fuese la norma más que la excepción? ¡Os leo!