EL EXPERIMENTO DE MILGRAM DEMOSTRÓ QUE EL MAL PUEDE SER COTIDIANO ⚡
En 1961, un psicólogo de Yale se hizo la siguiente pregunta: ¿puede una persona común, sin historial violento, sin odio declarado, cometer actos de brutalidad simplemente porque alguien con autoridad se lo pide? La respuesta que obtuvo Stanley Milgram cambió para siempre la forma en que la ciencia, la filosofía y la teología entienden el comportamiento humano.
Milgram nació en Nueva York en 1933, en el seno de una familia judía. Creció con el peso del Holocausto como telón de fondo, y esa herida colectiva se convirtió en el motor de su carrera. La pregunta que lo obsesionaba no era académica, era existencial: ¿cómo fue posible que millones de personas participaran del exterminio masivo? ¿Eran todos monstruos? ¿O había algo mucho más perturbador en juego?
Para averiguarlo, diseñó uno de los experimentos más célebres y controvertidos de la historia de la psicología. Puso un aviso en el diario local de New Haven buscando voluntarios varones para participar en un estudio sobre el aprendizaje. Les ofrecía una pequeña compensación económica. Lo que no les decía, claro, era cuál era el verdadero objeto de estudio.
Al llegar al laboratorio, cada participante era emparejado con otra persona. Los roles parecían asignarse al azar, uno sería el "profesor" y el otro el "alumno". Lo que el profesor ignoraba era que el alumno era en realidad un actor contratado por Milgram. No había azar. Todo estaba calculado.
La tarea era simple, el alumno debía memorizar pares de palabras. Ante cada error, el profesor debía aplicarle una descarga eléctrica. Las descargas, según indicaba el aparato frente al profesor, comenzaban en 15 voltios y llegaban hasta los 450 voltios, una cantidad equivalente a la que alimenta dos hogares completos. Los rótulos del panel no dejaban espacio para la ambigüedad: "descarga severa", "peligro, descarga extrema", "XXX".
Por supuesto, no había descargas reales. El actor simplemente gritaba con dolor creciente desde la habitación contigua. Primero quejidos leves. Luego protestas. Más tarde súplicas desesperadas. Finalmente, silencio total, lo cual era quizás lo más aterrador de todo.
Ante cada señal de duda del profesor, Milgram o su asistente intervenían con frases calculadas: "Por favor, continúe", "El experimento requiere que siga", "No tiene otra opción, debe continuar". Sin gritos. Sin amenazas. Solo la voz tranquila de una figura con guardapolvo blanco que representaba la ciencia y la autoridad institucional.
Los resultados fueron demoledores. Más del 65% de los participantes llegó al nivel máximo de 450 voltios. Personas comunes, de distintos oficios y edades, que horas antes tomaban el colectivo y compraban el pan. No sádicos. No extremistas. Ciudadanos corrientes que aplicaron lo que creían eran descargas letales porque un hombre con guardapolvo les dijo que estaba bien hacerlo.
Milgram publicó sus hallazgos en el libro Obediencia a la autoridad (1974), obra que sacudió los cimientos de las ciencias sociales. Su conclusión central era perturbadora, la capacidad para el mal no reside exclusivamente en personas perturbadas o ideológicamente adoctrinadas. Reside, latente, en la estructura misma de la obediencia ciega.
A este respecto Hannah Arendt, al cubrir el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, había llegado a una conclusión similar poco antes, el mal más grande no siempre tiene cara de monstruo. Tiene cara de burócrata. De funcionario. De alguien que simplemente cumple órdenes. Ella lo llamó "la banalidad del mal", y Milgram lo demostró en un laboratorio.
Desde una mirada bíblica, esto no sorprende. La Escritura no tiene una visión ingenua del corazón humano. Jeremías 17:9 lo dice sin rodeos: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso". El ser humano sin anclaje moral y espiritual es profundamente susceptible a la presión del entorno, a la delegación de la conciencia en figuras de poder y a la trampa de la responsabilidad difusa. Cuando alguien dice "yo solo seguía órdenes", no está mintiendo sobre lo que hizo, está revelando algo sobre su estado interior.
Julio César Cháves
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