Uno de los grandes mitos es que el sistema de asilo se jodió por la cantidad de gente que abusa de él para realizar una migración puramente económica.
Pues bien, déjenme que les cuente algo que viví en la España de los 80.

Por aquel entonces, México o Venezuela tenían un PIB per cápita superior al de España; a Argentina o Perú les quedaban todavía muchas devaluaciones por sufrir (por tanto, su clase media no estaba aún tan jodida), pero lo que marcaba al continente eran la violencia y las dictaduras.

Con esto quiero decir que la migración económica a España era todavía pequeña; sobre todo veíamos gente de la elite (presentadores de televisión, profes de universidad) y pequeños burgueses.

De hecho, todavía era frecuente que se hablara de los emigrados españoles que, tras 10 años de democracia en España, seguían volviendo a cuentagotas.

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#asilo #migración

Entre 1983 (cuando volví a Madrid) y 1990 mis padres fueron clientes habituales de La Querencia, un restaurante argentino.

Ya había pasado la dictadura de Videla, pero no sé si recuerdan la tensión que se vivía.
Un día salió el tema de los exiliados, y la dueña del restaurante nos dijo: "por aquí vienen muchos pidiendo empleo, pero no puedo arriesgarme a contratarlos sin papeles".

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Eso en un momento en que los tentáculos del Plan Cóndor todavía apretaban muchos países de América.

En un momento en que España venía de la Reconversión Industrial y tenía mucho desempleo, sí, pero no era "la puerta a la Unión Europea", porque el tratado de Schengen no estaba ni se le esperaba.

En un momento en que el secular racismo español todavía se dirigía exclusivamente contra gitanos y mercheros, y los latinoamericanos se veían como "hermanos".

No, las reticencias contra el asilo no tienen raíz económica. Su raíz es el temor a que el asilado suponga la misma peligrosidad política aquí que en su país de origen.