Aunque comprendo y respeto el interés y el componente folclórico de la Semana Santa incluso para mucha gente atea, a mí nunca me ha entusiasmado, nunca ha existido en mi familia un gran interés por ella. De niña salí en procesiones del pueblo para repartir e intercambiar caramelos con trajes prestados de la cofradía que fuera y que siempre nos venían grandes o chicos y tuve que comerme muchas procesiones, en Alhama y Cartagena, tocando con la banda.


