Si tenéis curiosidad Julio Llamazares tiene un libro que se llama «El entierro de Genarín: Evangelio apócrifo del último heterodoxo español», que casi es más largo el título que el libro, pero que es un buen resumen y no es difícil de encontrar, pero mi versión favorita siempre ha sido la de Merino en «Cuentos del reino secreto».
En «Genarín y el gobernador», que es una ficción sobre lo que pudo pasar cuando se prohibió la fiesta en los cincuenta. Medio me gusta y os pego el comienzo de la historia.
(edito, me colé, está ambientado cuando se recuperó abiertamente la cosa en los 70, después de la Transición)
«Este Genarín era un pellejero vagabundo, muy popular entre el golferío modesto de la capital, que repartía prensa cuando no estaba fuera de combate por el delirio del aguardiente de orujo. La madrugada del viernes santo del año 1929, mientras regresaba a su cubil a lo largo de la calle Carreras, junto a las murallas, después de las habituales libaciones, debió de tener un retortijón y, sin pensárselo dos veces, se bajó los pantalones».
(Jose María Merino, académico de la Real Academia Española con el sillón eme minúscula, un aplauso, gente, que se oiga)
«Entonces estrenaba el municipio camión de recogida de basuras. Sumido en los esfuerzos de su necesidad y abrumado por la modorra del alcohol, Genarín no vio el camión. Por su parte, sin duda el conductor confundió los pardos harapos de Genarín con el color de las murallas. El caso es que se lo llevó por delante.
—Lo mató, vamos —dijo el gobernador.
—Lo dejó seco —repuso el secretario».
«Quienes primeramente se acercaron al cadáver de Genarín fueron unas rameras que tenían establecimiento en las cercanías. Una de ellas le tapó la cara con un periódico.
Aquella coincidencia extraña de fechas, situaciones, agentes y testigos, le dio a la muerte de Genarín un significado especial, doblemente escatológico, entre la comparsa tabernaria».
«El caso es que, en la madrugada que se cumplía el primer aniversario del óbito, se celebró ante el lugar de autos una grotesca ceremonia funeral, que se fue repitiendo ya todos los años, en la misma fecha y hora, dando origen a una especie de cofradía, la de «nuestro padre Genarín», que dirigían cuatro hermanos mayores, «los cuatro evangelistas»,