Declaración al pueblo de los Estados Unidos
En una nueva escalada de su política exterior, el gobierno de Estados Unidos ha decidido dar un paso que marca un peligroso precedente: designar al Gobierno de Venezuela como “organización terrorista extranjera” y ordenar un bloqueo total a su actividad petrolera.
No se trata de un hecho aislado. Es la continuidad de una estrategia que combina sanciones, cerco económico y construcción mediática del enemigo, con un objetivo claro: justificar mayores niveles de presión —y potencial intervención— sobre un país soberano.
Porque en la lógica de Washington, cuando las sanciones no logran doblegar la voluntad de un pueblo, se recurre a etiquetas más agresivas. “Terrorismo” deja de ser una categoría jurídica seria para convertirse en herramienta política al servicio de intereses geoestratégicos.
El guion repetido
La historia no es nueva.
Antes fueron Irak, Libia, Afganistán. Hoy, nuevamente, América Latina aparece en el tablero.
La designación como “organización terrorista extranjera” no es un simple calificativo:
abre las puertas a acciones más severas, desde persecuciones financieras globales hasta operaciones de carácter militar bajo el pretexto de la “seguridad nacional”.
En paralelo, se construye un relato:
Venezuela no es presentada como un país con conflictos internos o diferencias políticas, sino como una amenaza global que debe ser contenida.
¿El trasfondo?
El control de recursos estratégicos, en particular el petróleo, sigue siendo un factor determinante en la política exterior estadounidense.
Mientras tanto, dentro de Estados Unidos…
Mientras se destinan enormes recursos a sostener esta política de confrontación:
✔️Millones de ciudadanos enfrentan precariedad económica
✔️El sistema de salud sigue siendo inaccesible para amplios sectores
✔️La violencia armada continúa cobrando vidas
Veteranos de guerra quedan desatendidos tras servir en conflictos lejanos
Sin embargo, siempre hay presupuesto para nuevas operaciones en el exterior.
La contradicción es evidente:
se invoca la “defensa de la libertad” fuera de las fronteras, mientras esa misma libertad se erosiona en casa bajo el peso de desigualdades estructurales.
Un mensaje directo al pueblo estadounidense
Este no es un mensaje para las élites políticas ni para los centros de poder en Washington.
Es un mensaje para la gente común de Estados Unidos:
Ustedes no necesitan otra guerra.
No necesitan que el miedo sea utilizado como herramienta de movilización política.
No necesitan que sus hijos sean enviados a conflictos que no responden a sus intereses reales.
Lo que sí necesitan —y merecen— es:
🏷️Un gobierno que priorice la vida digna
🏷️Inversión en educación, salud y vivienda
🏷️Transparencia en la toma de decisiones
Respeto al derecho internacional y a la soberanía de los pueblos.
América Latina no es un tablero
Nuestra región no es una ficha geopolítica.
No es un laboratorio de presión ni un escenario para disputas de poder global.
La designación de Venezuela como “terrorista” ha sido denunciada como un acto arbitrario, unilateral y políticamente motivado, rechazado por diversos actores internacionales.
Y no es casual:
cada vez que se intenta imponer este tipo de narrativa, lo que está en juego no es la seguridad, sino la hegemonía.
Defender la libertad empieza en casa
Si de verdad se quiere defender la libertad, hay un primer paso imprescindible:
🔥Defender el derecho a no ser arrastrados a una nueva guerra
🔥Defender la verdad frente a la manipulación mediática
🔥Defender la soberanía de los pueblos, incluyendo la propia
Decir “no en mi nombre” no es un acto de rebeldía, sino de responsabilidad cívica.
Porque la paz no se impone
La paz no se construye con bloqueos.
No se garantiza con amenazas.
No nace de etiquetas ni de campañas de deslegitimación.
La paz —a diferencia del petróleo—
no se saquea, no se impone, no se decreta.
Se construye.
Y siempre comienza por casa.
